domingo, 19 de enero de 2014

Orquesta Sinfónica de Minería: ¡Baile, mi niño!

Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional


Danzas sinfónicas. José Areán, director concertador. Ruby Tagle, coreógrafa / 19 de enero, 2014 /
 Función única / 1:40 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. – OSM. 

Fernando Figueroa
Al costado poniente del Auditorio Nacional se estaciona un auto compacto. De ahí desciende un joven que, al parecer, viene acompañado de su novia; sin embargo, él no le abre la puerta del copiloto sino la trasera, que se levanta para dar paso a un gran bulto de color negro. En el interior no viene una persona sino una tuba.

Héctor López, integrante de la Orquesta Sinfónica de Minería (OSM), se echa a la espalda el pesado instrumento y camina hacia la entrada de artistas. Llega puntual a la cita para el concierto titulado Danzas sinfónicas y espera divertirse tanto como lo hizo una semana antes, cuando esa misma agrupación ofreció aquí el espectáculo Broadway, con fragmentos de musicales exitosos.

A López le gustan todas las piezas de ambos programas, pero disfruta en especial los temas de West Side Story, de Leonard Bernstein. En la función de hoy habrá un grupo de bailarines en escena; a él le parece estupenda la idea y confiesa que le encanta el baile, lo practica en fiestas pero no es ningún virtuoso. Con una sonrisa sigue su camino, dispuesto a cumplir con la discreta pero importante misión de crear la base armónica del concierto.
Por su parte, Valentín Mirkov es un hombre maduro y fuerte, con abundante cabello blanco. No parece sufrir mucho para cargar el estuche donde guarda su violonchelo, instrumento que domina desde niño. Le gusta mucho participar en conciertos donde no se toca lo mismo de siempre, una experiencia que resulta enriquecedora para el público y los músicos.
Mirkov nació en Sofía, Bulgaria, llegó a México en 1979 y se quedó a vivir aquí para siempre; ya es mexicano legalmente. Recuerda con orgullo su participación, en 1994, en el estreno de Danzón No. 2 de Arturo Márquez, en la Sala Nezahualcóyotl. Esa composición forma parte del programa de esta tarde, y la OSM la ejecuta con maestría. En su butaca, un niño bien portado, como de cinco años, mueve los bracitos al ritmo de lo que oye extasiado.
Los bailarines aparecen en un vals de Shostakovich, una polka de Johann Strauss y en un fragmento de El amor brujo, de Manuel de Falla. Las coreografías de Ruby Tagle –ex integrante de la Compañía Nacional de Danza del Ecuador y ex directora del Ballet Impulso de Monterrey– destilan sensualidad, y los ejecutantes virtuosismo. A ritmo de country, con el torso desnudo, los varones se convierten en vaqueros de Rodeo (Copland) y causan exclamaciones de asombro entre las espectadoras, sin faltar algún silbidito.
“La danza de los siete velos” (Salomé) es el ritual de una dama en su necio afán de conquista. En La cumparsita, el tango es disfrutado por tres parejas convencionales y otra no tanto. El “Mambo” de West Side Story es el gozo desatado de los cuerpos. Más tarde, la música de Julián Orbón provoca una exhibición casi gimnástica, y la de Ginastera un delirio de testosterona en movimiento.
Fuera de programa, las notas del Huapango de Moncayo cimbran a los espectadores, lo mismo que la sutil coreografía que inicia con una bandera blanca en la que cada espectador puede agregar los elementos nacionalistas que desee. El público no cesa de aplaudir, quiere más, pero no puede haber un mejor final. Bañado en sudor, eufórico, el director José Areán recibe las ovaciones tomado de las manos de los bailarines, al tiempo que pide a sus músicos que se pongan de pie para fundirse con toda la gente.
 
Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional

De regreso a sus casas, Arturo Oliva y Estefanía Torres esperan un taxi sobre Paseo de la Reforma. Aún sienten la adrenalina por haber bailado en compañía de una orquesta sinfónica de tanto prestigio. Él, quien estudió danza en el Centro Nacional de las Artes, ya había trabajado en el Auditorio Nacional al lado de Gloria Trevi y en el musical Hoy no me puedo levantar. Para ella, egresada del sistema Royal Academy of Dance en México, sí es su primera vez en el Escenario de México y no tiene palabras para describir tal experiencia. Ambos coinciden en señalar que el trato con la OSM fue inolvidable “porque son personas muy talentosas y lindas”.
El niño bien portado de cinco años baila mientras baja las escalinatas del recinto. Todo parece indicar que aún trae el Huapango en su cabecita y en los pies.

La esencia del danzón
Arturo Márquez nació en Álamos, Sonora, en 1950. Durante la adolescencia estudió piano, tuba, violín y trombón en Los Ángeles; ya siendo adulto tomó clases de piano en el Conservatorio Nacional de Música de la ciudad de México.
Márquez estudió composición en el INBA con Joaquín Gutiérrez Heras, Héctor Quintanar y Federico Ibarra, y más tarde en París con Jacques Castérède. En 1988 fue becado por la Fundación Fulbright para asistir a The Art Institute of California. En 2009 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes.
Dentro de su amplia producción destacan varios danzones para diversas dotaciones de instrumentos. El Danzón No. 2 para orquesta le fue solicitado por la Dirección de Actividades Musicales de la UNAM. Acerca de esa composición, él mismo ha dicho: “La aparente ligereza del danzón es sólo una carta de presentación para una música llena de sensualidad y rigor cualitativo, que nuestros viejos mexicanos siguen viviendo con nostalgia y júbilo como escape hacia su mundo emocional, el cual afortunadamente aún podemos ver en el abrazo que se dan música y baile en Veracruz y en los salones de la ciudad de México. El Danzón No. 2 es un tributo a ese medio que lo nutre. Trata de acercarse lo más posible a la danza, a sus melodías nostálgicas, a sus ritmos montunos, y aun cuando profana su intimidad, su forma y su lenguaje armónico son una manera personal de expresar mi respeto y emotividad hacia la verdadera música popular”.

Programa
Georg Frideric Handel: Sarabanda, de la Suite para clave No. 9 (arreglo para cuerdas y timbales) / Dimitri Shostakovich: Vals, de la Suite de jazz No. 2 / Johann Strauss Jr. y Josef Strauss: Polka pizzicato / Johann Strauss Jr.: Por el bello Danubio azul / Arturo Márquez: Danzón No. 2 / Manuel de Falla: Danza ritual del fuego, de El amor brujo / Aaron Copland: Hoedown, de Rodeo / Richard Strauss: Danza de los siete velos, de Salomé / Gerardo Matos Rodríguez: La cumparsita / Carl Orff: Ronda y danza, de Carmina Burana / Julián Orbón: Xylophone (Congo), de Tres versiones sinfónicas / Leonard Bernstein: Mambo, de West Side Story / Alberto Ginastera: Malambo, de Estancia / José Pablo Moncayo: Huapango.


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