lunes, 20 de enero de 2014

Hamlet: La locura del poder

Foto: National Theatre de Londres

National Theatre de Londres presenta. Proyección digital con subtítulos en español / 20 y 21 de enero, 2014 / 
Dos funciones / 3:35 horas de duración / Promotor: FUAAN Financiera, S.N.C - Embajada Británica en México

Fernando Figueroa
A Nicholas Hytner le han preguntado con sarcasmo si, a estas alturas, era necesaria una versión moderna de Hamlet. La respuesta sería “no” para quien únicamente ve los trajes y corbatas del siglo XXI que utilizan Claudius o Polonius, la ropa casual y una juvenil mochila a la espalda del atormentado príncipe o los tacones altos de Gertrude. Sin embargo, Hytner ha conseguido algo más importante: comprobar la vigencia de la obra al enmarcarla en un contexto cercano al espectador, y modificar la visión tradicional que se tiene de ciertos personajes sin alterar el texto.

Si de origen son muchas las lecturas que surgen de leer las tragedias de Shakespeare, Hytner las multiplica. Hamlet no necesariamente es un joven perteneciente a la realeza, quien cambia su visión del mundo a partir de que comprueba que su padre ha sido asesinado; también puede ser cualquier hijo de vecino incapaz de soportar la realidad que lo rodea. El crítico David Lister (The Independent) ha creído ver en Claudius (Patrick Malahide) a una especie de Richard Nixon fisgoneando por todos lados, al frente de un Estado policiaco con la capacidad de observar cada movimiento de sus enemigos. Igualmente, la muerte de Ofelia puede verse no como un suicidio, tal como se desprende de la pluma del Cisne de Avon, sino como otro crimen del aparato gubernamental.

En el montaje del National Theatre los hechos no se desarrollan en el tradicional castillo de Elsinor sino en la casa de gobierno de algún mandatario contemporáneo o, ¿por qué no?, en el hogar de un empresario que acaba de apropiarse de una ex cuñada y de la presidencia de una compañía, tras la no esclarecida muerte de su hermano.
En Rory Kinnear recayó el compromiso de interpretar a un Hamlet actual. Cuando aparece por primera vez no es alguien que impresione por su galanura o presencia escénica; sin embargo, conforme avanza la trama demuestra sólidas cualidades histriónicas. Habría que destacar dos: naturalidad y una estupenda dicción que sirve de enlace entre parlamentos tan ricos en significado y con tantos matices. Su padre en la vida real, Roy Kinnear (1934-1988), estaría orgulloso de verlo.
Clare Higgins es una Gertrude aficionada al whisky, un tanto vulgar, sensual y echada para adelante, quien sólo muestra culpabilidad cuando su hijo ha descubierto la verdad. David Calder, como Polonius, muestra un casi tierno lado paternal cuando habla con Ofelia, y otro maquiavélico al interactuar con el nuevo rey. Michael Sheldon exhibe poderío y maldad como el embajador Lucianus. El resto del elenco cumple a cabalidad, sin que se destaque sobremanera alguien más. 
Siempre será bienvenido un montaje contemporáneo de Hamlet, sobre todo cuando sea capaz de hacernos sentir que algo está podrido no en una imaginaria Dinamarca sino dentro de un hogar, un país o un planeta. “La locura de los poderosos no debe quedar sin vigilancia”.

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