domingo, 20 de octubre de 2013

Las sílfides, Petrushka, Sherezada: Del cielo al harén

Ballet del Teatro Mariinsky. Grandes Ballets Rusos: Las sílfides, Petrushka, Sherezada / Del 20 al 22 de octubre, 2013 / 
Tres funciones / 2:50 hrs. de duración / Promotor: OCESA Promotora S.A. de C.V. 

Fernando Figueroa
Al ver Las sílfides, primera de tres partes del programa, se agradece que el ballet clásico ―ejecutado al máximo nivel― aún pueda apreciarse en los mejores escenarios del mundo, pese a las voces que desde hace décadas auguran su extinción. Y si a tales imágenes en movimiento se le agrega un fondo musical con temas de Federico Chopin, la experiencia resulta conmovedora.

Por eso no es extraño que una joven haya venido solitaria desde Campeche al Distrito Federal, exclusivamente para estar presente en esta gala del Ballet del Teatro Mariinsky, y que durante treinta minutos ―el tiempo que dura Las sílfides― gaste tres o cuatro pañuelos desechables para secar sus lágrimas. Ella misma ya había estado aquí un día antes, disfrutando de El corsario, coreografía que le “fascinó” pero sin llevarla al llanto.

Sin narrativa de por medio, Las sílfides ―original de Mikhail Fokine, en versión de Agripina Vaganova― tiene el don de transportar al espectador a un lugar sin tiempo ni espacio. La depurada técnica de las bailarinas, más las notas musicales de la Orquesta de las Américas (conducida por Alexei Repnikov), detonan un big bang en la mente cuya expansión puede durar minutos, días o una eternidad.
Siempre será placentero testificar el virtuosismo que inspiró la creación de obras maestras en otras áreas del arte, como algunos cuadros de Claude Monet y, sobre todo, Edgar Degas. Así como esos pintores plasmaron al óleo lo sublime del ballet, cada espectador se lleva a casa imágenes particulares que almacenará para siempre en el museo de Orsay de su memoria, sin importar si conoce o no ese espacio parisino.
Pero si alguien considera que su gusto no checa del todo con la concepción clásica del ballet, en el banquete hay dos platillos más de Fokine para dejar satisfecho a todo mundo: Petrushka y Sherezada, un par de coreografías en las que sí se cuentan historias, y el baile en puntas sólo se aprecia en ciertas pinceladas porque la base es la danza a secas; en ambos casos desaparecen los tutús y surgen riquísimos y coloridos vestuarios.
Si Las sílfides se desarrolla en una escenografía neutra, basada esencialmente en la iluminación, en Petrushka los hechos suceden durante un día de carnaval, en una alegre plaza de San Petersburgo, donde visualmente destacan un tiovivo y un teatrino. En este último sitio hay tres muñecos ―Petrushka, un Moro y una Bailarina―, quienes parecen cobrar vida, enfrascándose en una intensa historia de amor, celos y muerte.
Petrushka está enamorado de la Bailarina, pero el corazón de ella le pertenece al Moro. Al compás de la música de Stravinsky, el personaje principal hace lo imposible por conquistar a la dama en disputa, pero lo único que consigue es que el Moro lo mate en medio de la plaza pública. La gente piensa que realmente se ha cometido un asesinato y alguien llama a la policía; el Mago explica que sólo se trata de un muñeco y que el incidente carece de importancia. Sin embargo, en la última escena se observa al alma de Petrushka reclamando al Mago su falta de humanidad.
En Sherezada el tema central no es el amor sino el erotismo, elemento que permea en la acción y en la música de Rimsky-Korsakov. La historia se desarrolla en el harén del Sultán, quien está muy enojado porque le han dicho que sus esposas le son infieles. Para conocer la verdad, anuncia un largo viaje de cacería, a sabiendas de que regresará de manera intempestiva.
Efectivamente, en cuanto el Sultán abandona el palacio, sus mujeres se las ingenian para arrebatarle unas llaves al Eunuco que las vigila y liberar a sus amantes esclavos. Entonces, el lecho real deja de ser propiedad exclusiva del poderoso ausente y se convierte en el centro neurálgico de una orgía. Zobeida (Ekaterina Kondaurova), la esposa favorita, ejecuta sensuales danzas con el Esclavo Dorado (Vladimir Shklyarov). El Sultán regresa y asesina al Esclavo Dorado, mientras que Zobeida se suicida con la daga de su marido.
El público ―que hasta entonces había aplaudido a toda la compañía de manera democrática― estalla en una estruendosa ovación y vítores dirigidos a Shklyarov, quien, en un acto que lo engrandece aún más, cede todo el protagonismo a su pareja y se pierde entre los integrantes del cuerpo de baile.

La revolución de Fokine
Las tres coreografías de este programa retratan a cabalidad la propuesta estética de Mikhail Fokine (San Petersburgo, 1880 – Nueva York, 1942), quien luego de dominar el ballet tradicional como un destacado solista del Teatro Mariinsky en la época imperial, planteó una revolución coreográfica que tuvo gran influencia en Europa y Estados Unidos.
Para Fokine, la técnica no debía ser sólo un dechado de habilidades gimnásticas, sino un vehículo para expresar sentimientos. La pureza y aparente simplicidad de Las sílfides (originalmente Chopiniana) es un homenaje a la tradición rusa, pero al mismo tiempo incuba el germen del cambio radical que se observa en Petrushka y Sherezada.
Fokine trabajó como coreógrafo para el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, en París para la compañía de Sergei Diaghilev y, a partir de la Revolución Rusa, emigró a Nueva York. En su trabajo se percibe el anhelo de que el ballet sea una unidad armónica, compuesta por danza, música y artes plásticas.
De entre su vasta obra pueden mencionarse las coreografías Sueño de una noche de verano (Mendelssohn), La muerte del cisne (Saint-Saëns), Eros (Tchaikovsky), El aprendiz de brujo (Dukas) y, sobre todo, El pájaro de fuego (Stravinsky). (F.F.)

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