jueves, 17 de octubre de 2013

El corsario: La danza de la aventura

Foto: Guillerm Galindo / Colección Auditorio Nacional

Ballet del Teatro Mariinsky / Del 17 al 19 de octubre, 2013 / Tres funciones / 
2:30 hrs. de duración / Promotor: OCESA Promotora S.A. de C.V.

Alejandro González Castillo
Antes de la aparición del walkman, en 1979, para la gente común resultaba prácticamente imposible incrustarle música a la vida diaria. Ciertamente podían escucharse discos en casa, sin embargo, una vez lejos de la puerta del hogar, había que imaginar tonadas mientras las actividades cotidianas tenían lugar.
Ahora ubiquémonos en 1858, cuando la puesta en escena El corsario fue estrenada en San Petersburgo; entonces ni siquiera el cinematógrafo había sido inventado, así que, más allá de las butacas de los teatros, parecía un sueño empatar suspiros con compases para así sustituir los aburridos pasos del día a día por acrobáticas coreografías. 


Esta noche un dotado cuerpo de bailarines pone en marcha una colosal danza para acompañar aquella historia de calibre épico que hace siglo y medio recogió miles de aplausos. Y no hay necesidad de accionar las inmensas pantallas del foro, tampoco de subir el volumen de las bocinas a niveles alarmantes. De hecho, a pesar de que las partituras de la Orquesta Sinfónica de las Américas ―firmadas por Adolphe Adam, Cesare Pugni, Léo Delibes, Ricardo Drigo y Prince Oldenbourg― no dejan instrumento alguno descansar, es posible escuchar con claridad cómo los talones de los miembros del Ballet del Teatro Mariinsky chocan contra el suelo. Y aunque la iluminación ignora maniobras mecánicas colosales, las rojas mejillas de los protagonistas brillan como si el sol las alumbrara.

Mención aparte merece la escenografía diseñada por Teymuraz Murvanidze, la cual pasa de cavernas turcas a playas abandonadas con la misma prestancia que visita el plumaje de un pavo real o un racimo de flores forrado con encaje.
Dulces odaliscas, marineros infortunados, traficantes de esclavos y nutridos harems se dan cita en tres actos donde Medora y Conrad juegan roles protagónicos. Se trata de dos fugitivos que deben esquivar toda clase de vicisitudes con tal de que sus bocas se encuentren. Y son precisamente los movimientos de sus cuerpos los que más palmas se llevan, porque mientras la primera (encarnada por Ekaterina Kondaurova, Oxana Skorok y Anastasia Kolegova) consigue dar giros sobre sí misma a una velocidad inusitada; el segundo (interpretado por Danila Korsuntsev, Andrey Ermakov y Timur Askerov) traza circunferencias perfectas a lo ancho del escenario. Juntos, alcanzan un grado de sincronía absoluta al momento de tomarse las manos, pues el arpa coordina las flexiones de tobillos de uno, y el ir y venir de los arcos de los violines la holgura de las muñecas de la otra. Es la batuta de Alexei Repnikov, director huésped, la que decide a quién corresponde la voz líder, aquélla que va a otorgarles ritmo a los más de cien bailarines que ejecutan la coreografía de Piotr Gusev.
Una vez que la pareja protagónica alcanza la ansiada libertad, el telón es corrido y los aplausos finales desatados. Así, los asistentes desocupan sus lugares mientras los halagos hacia la puesta en escena dominan los pasillos del recinto, por una razón muy simple: hay una complicidad entre los espectadores y los bailarines. Sí, porque cada uno de los presentes está a punto de reintegrarse a la gran danza que ocurre a diario en la ciudad, un baile que, a diferencia del ideado originalmente por Marius Petipa, encuentra en el caos su única disciplina. 
 
Foto: Guillerm Galindo / Colección Auditorio Nacional

Ya en las calles, las cuevas se transformarán en andenes subterráneos y las naves marinas encalladas en la costa mutarán en autos varados sobre avenidas. Los más afortunados portarán audífonos, y agradecerán que sus vidas estén ligadas a la música gracias a sus teléfonos celulares y a la inmensa nube virtual que tienen a su disposición, cargada con millones de canciones listas para sonorizar sus aventuras cotidianas, historias fabulosas que el mismo Lord Byron jamás imaginó.

Lord Byron, el rockstar
La obra poética de George Gordon Byron (1788 - 1824) ―mejor conocido como Lord Byron― ha sido reconocida dentro de los parámetros estéticos del romanticismo; sin embargo, el autor de El corsario es una figura indispensable en la historia de la literatura gracias a su influencia en personajes tan distantes como Edgar Allan Poe, Víctor Hugo, Alejandro Dumas y Gustavo Adolfo Bécquer, por sólo mencionar unos cuantos.
La breve vida de Byron estuvo marcada por el escándalo y la insumisión, características que, aunadas a las de sus personajes de ficción, lo harían ganarse una especie de etiqueta a nivel literario, la del héroe byroniano; una clase de sujeto cuya arrogancia, imán sexual, espíritu disidente y profunda inteligencia trazarían una línea que a la fecha sigue resultando ejemplar no sólo para quienes escriben, sino como guía de vida para aquéllos que, lejos de la pluma, andan a diario por el carril de la heterodoxia y la denominada contracultura. 
En realidad, el escritor, sin pretenderlo, delineó la silueta inasible y enigmática que en el futuro repetirían muchos rockstars. Byronmanía llaman algunos a la fascinación que les producen los detalles de la vida y obra del inglés. (A.G.C.)

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Se ha producido un error en este gadget.