sábado, 31 de agosto de 2013

Óscar Chávez: El Caifán y su pandilla

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


Se vende mi país / 31 de agosto, 2012 / Función única / 
2:45 hrs. de duración / Promotor: Rosa Martha de Cea

Alejandro González Castillo
Se despiden como camaradas, chocando los puños. Son el Mazacote, el Azteca y el Gato, quienes observan cómo el Estilos levanta la mano derecha diciendo adiós al tiempo que sube escalones hasta entregar su boleto a las puertas del Auditorio Nacional. Juntos, son Los Caifanes, una pandilla de rufianes con el futuro garantizado; separados, no son más que siluetas extraviadas entre las gotas que el cielo le escupe a la ciudad.


Dentro del foro, miles aguardan expectantes el arribo de los sonidos que los alientan; boleros arrabaleros, sones irreverentes, poemas traicioneros, danzones acusantes, rancheras heridas y corridos inquisidores. Expectante ante tal entramado rítmico, el Estilos revisa que la llovizna no haya aplacado su engomado copete antes de ocupar el asiento once de la fila C. Y apenas está cruzando la pierna cuando aparece Óscar, quien se acomoda en su silla al centro del escenario para tomar las riendas de un huapango y luego hablar de una violencia nocturna, de naturaleza amorosa, que no lo deja descansar.

Aquél, el hombre bajo los reflectores, es un ejemplo para el Estilos. Por eso le arroja piropos ―“¡maestro!”, es el más frecuente―, a la hora de reconocerse en “Alta traición”, un puñado de rimas que hiere tanto como el amor desgarra. Y también se emociona con los poemas de José Gorostiza, Rafael Mendoza, Alfonso Esparza Otero, José Emilio Pacheco, Ramón López Velarde y, muy especialmente, del salvadoreño Roque Dalton, cuya afición mortuoria hace que recuerde, socarrón, a sus compinches de juerga; la ocasión en que hurtaron una carroza fúnebre para usarla como limusina y turistear toda la madrugada, entre brindis y carcajadas.
Así, cada aplauso es como una palmada en la espalda y cada palabra como una espina enterrada entre las costillas. La complicidad arriba toda vez que el Estilos soba su costado entre estrofas y el del micrófono acaricia sus viejas dolencias entre versos. Porque los pétalos de la “Flor de azalea” raspan tanto como cada una de las teclas oscuras de “El piano de Genoveva”. Y sí, quizá el que la hace de espectador tenga pinta de delincuente, pero más allá de esa facha ríspida sobreviven las “Cenizas” de un amante que ha aprendido a decir “Adiós golondrina”, aunque quien lo traiga de cabeza lleve por nombre Paloma.
Instalado en la oscuridad, el Estilos celebra la aparición del temario aguerrido de su ídolo, aquél donde, en unos cuantos compases, se señala al mezquino y se crucifica al ladrón. Porque la vida es dura allá fuera y Chávez está bien consciente de la situación. De esta forma, como de costumbre, “Se vende mi país” pasa lista y es cantada con la advertencia de que seguramente el año siguiente ocurrirá lo mismo; “ya veremos qué arreglo nuevo le hacemos ―explica su autor―, tal vez la convirtamos en una guaracha, o a ver en qué se transforma”.
Por su parte, Los Morales acompañan cada estrofa con guitarras, bajo, requinto jarocho, arpa, bajo sexto y acordeón. Todos tocan ataviados de negro, rodeando a quien esquiva las peticiones de siempre ―“Macondo” es la primera de todas― con un “si ustedes quieren les canto ‘El rey’”. En la decimosexta presentación anual consecutiva de Chávez en este recinto ―en homenaje al fallecido actor Enrique Lizalde―, también participa un exquisito grupo liderado por el pianista Rosino Serrano.

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
 
“Qué lindos. Gracias por su presencia. No se olviden de nosotros, que nosotros tampoco nos olvidaremos de ustedes”. De esta forma se despide el Caifán de México mientras el Estilos se levanta del asiento y busca su cajetilla de cigarros entre el forro de su chamarra. Ya en la calle, esquiva las gotas de lluvia que, como bien vaticinó el también actor, no han dejado de caer. Ninguna consigue apagar el fuego que aviva su boca con cada calada hasta que el Gato, el Mazacote y el Azteca lo sorprenden por la espalda. “¿Cómo estuvo el concierto?”, le inquieren entre empujones y risas. “De lujo”, contesta secamente. Y luego se limita a repartir “tubos de niebla” a sus compinches mientras se pregunta dónde estará Paloma y anda meditabundo, tarareando “Por ti” acompañado de su flota, de su raza. Y todos los miran pasar, son Los Caifanes y andan sin dirección, pero seguros de que si se mantienen juntos tienen un futuro garantizado. 

El estilo del caifán 
Óscar Chávez se ganó el mote de Caifán una vez que participó en el filme Los Caifanes, dirigido por Juan Ibáñez y estrenado en 1966 con una plantilla de actores que, además de Chávez (quien encarnó al Estilos), incluyó a Sergio Jiménez (el Gato), Ernesto Gómez Cruz (el Azteca) Eduardo López Rojas (el Mazacote) y Julissa, ésta haciendo el papel de Paloma, una cándida fémina fatal.
Con una historia basada en un argumento de Carlos Fuentes (“Fuera del mundo”), en la cinta también aparece Enrique Álvarez Félix (Jaime De Landa) como otro protagonista de una madrugada de juerga en la capital del país, una cita donde los límites fueron borrados del plan gracias al amasiato entre las clases altas y bajas. Cabe resaltar que la palabra caifán solían utilizarla los pachucos hace décadas para referirse a alguien con poder, aunque con el spanglish como medio: “cae fine”, decían; es decir, “cae bien”. (A.G.C.)

Programa
El huapango nuevo / Me duele el corazón / Alta traición / Visita al papa / Lamento minero / Las olas del mar / Desdén / Por ti / Nuestros veneros / Iza la flor su enseña (Muerte sin fin) / Alta hora de la noche / A la luna / Con el alma en un hilo / El siete soles / Yo canto para ti / Canción sefaradita / Alma querida / Qué triste estoy / El piano de Genoveva / Adiós golondrina / Ayer tarde yo cantaba / Señora Doña Fernanda / Cenizas / Se vende mi país / La guanábana / El pendejo / Macondo / Perdón / Flor de azalea.




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