martes, 6 de agosto de 2013

All That Remains: Ceniza al final de la batalla

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Eyescream presenta: All That Remains / 6 de agosto, 2013 / Función única /
 2:40 hrs. de duración / Promotor: Alejandro de la Cuesta

David Cortés
Seguramente, el frenesí que generan con su música provoca que el tiempo pase rápidamente; lo cierto es que cuando el quinteto de All That Remains (ATR) dice adiós y la última imagen es la de sus instrumentos, inmóviles, sobre el escenario, uno acepta que el fin llegó. No han quedado a deber, se entregaron al máximo, pero a oídos de sus insaciables fieles les hizo falta más carne triturada, más acero demolido, más lava ardiendo.


Hoy, el colectivo dirigido por el vocalista Philip Labonte, regresa a esta ciudad. Lo hacen más maduros, con más tablas y éstas se advierten en el desempeño del quinteto. Jason Costa (batería), Oli Herbert (guitarra), Jeanne Sagan (bajo) y Mike Martin (guitarra) suenan punzantes, hirientes, como una máquina de torturar bien aceitada; pero no es sólo la interacción entre los miembros de la banda la causa del esplendor de la música.
El toque que marca la diferencia entre ATR y otras agrupaciones, radica en las composiciones, un trabajo al cual el cantante le ha dedicado tiempo y asentado en lo que podría ser el leit motiv de la banda: “Sólo queremos escribir buenas canciones. No tratamos de ser la banda más pesada o la más técnica del planeta. No escribimos problemas de matemáticas. Buscamos el balance. No se trata de satisfacer a nadie o de encajar en una escena. Para nosotros siempre se ha tratado de hacer música memorable y disfrutable al escucharla. Ese es el punto”.
Luego de quince años, seis discos (A War You Cannot Win es el más reciente) y un millón de álbumes vendidos, los exponentes del metalcore suenan muy equilibrados. Su música es potente y energética, afincada en repetitivos patrones rítmicos que generan fugaces momentos hipnóticos; pero hay en ella una fuerte dosis de musicalidad, destellos melódicos que imprimen distinción a ese rock duro nacido en las calles y criado entre patinetas, hierba y tatuajes y que subrayan aún más con los solos de guitarra.
Hoy aflora el headbanging, también hay algo parecido al stage diving, y el slam está ausente; pero la comunión entre banda y público es total (“Si quieres escuchar bien, mejor vete para atrás; si quieres ser parte del show, estás en el lugar indicado”, dice Labonte, a quienes se apretujan en la primera fila), de manera que ahí, al frente, se crea un remolino humano que gira  y traga todo lo cercano.
 
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
No hay más, el cansancio entre los que han estado arriba y quienes han venido a verlos es total. Antes de acercarse al infierno y tocar a las mismísimas puertas de la morada de Behemot, las bandas locales Nunca Digas Muere y Matherya, pavimentaron el camino; pero el fuego emanado por los bárbaros oriundos de Massachusetts fue tal que calcinaron todo a su paso. Ceniza: eso fue todo lo que quedó.

Programa
Some of the People, All of the Time / Stand Up / The Last Time / Won’t Go Quietly / The Air that I Breath / Down Trough the Ages / Six / Asking Too Much / Now Let Them Tremble / For We Are Many / Forever in Your Hands / Hold On / Dead Wrong / Become the Catalyst / This Calling / Two Weeks.


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