martes, 2 de julio de 2013

Juan Gabriel: Jamás se cansarán de ti

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Celebrando 40 años de trayectoria / del 2 al 6 de julio, 2013 / Cinco funciones / 
2:20 hrs. de duración / Promotor: OAK Eventos S.A. de C.V.

David Cortés
Hace muchos años, cuando un joven Juan Gabriel daba sus primeros pasos en el mundo de la canción, él escuchaba de un consumado compositor, José Alfredo Jiménez, palabras de aliento. Hoy, ese debutante se ha convertido en un señor del espectáculo y celebra cuatro décadas de trayectoria en un lugar que lo ha recibido por trece años ya.


Esta noche el gesto es unánime, de absoluta aclamación. Y es que si algo caracteriza este concierto es la simbiosis entre público e intérprete. Muy temprano el cantante rompe la barrera entre él y sus devotos, pero cuando la cita ya se encuentra muy avanzada, ocurre el prodigio, la magia que sólo alguien que ha cauterizado heridas y abierto otras con sus composiciones, puede lograr.
El mariachi inicia las notas de “Se me olvidó otra vez” y antes de que Juanga comience a cantar, un murmullo se eleva lentamente; cuando el cantante se percata, la voz le ha sido arrebatada. La canción, esa que alguna vez fuera de su propiedad, es interpretada por diez mil voces y él, mudo, sólo escucha, ni siquiera dirige con las manos. Si esta celebración es por cuarenta años de trabajo continuo, tal vez el mejor homenaje que Juan Gabriel pueda recibir se lo están prodigando estas almas y él sólo atestigua, lleva la batuta con unos ojos encendidos que brillan en demasía porque el llanto está allí, insinuado, contenido y al final no aflorará, pero eso no significa que el oriundo de Michoacán no se haya cimbrado.
Y es que son muchos los lujos que se puede permitir el Divo de Juárez, uno de ellos es hacer unos movimientos que en otros resultarían fuera de lugar, pero que él troca en picarescos. Sus brincos, en donde apenas se levanta del piso unos centímetros, provocan verdaderos alaridos.
Sí, puede atreverse a todo, incluso a dejar el micrófono a un lado y cantar un poco a capella; cuando lo desea, es el maestro que dirige el coro multitudinario. Vamos, puede hacer que cualquiera caiga a sus pies. Y es que no hay zona de la ciudad, clase económica, región del país, adulto, joven o niño que no haya cantado sus canciones.
Juan Gabriel se muestra entregado, simpático, con el carisma a tope. La voz ya no es la misma, pero a nadie le importa porque las canciones se sostienen solas; los arreglos las han actualizado, las han despojado de las arrugas y vuelto más vitales. Allí está de ejemplo “Cuando quieras, déjame”, un tema que en su paso por Bellas Artes fue un tour de force y que ahora se escucha con acentos de cumbia villera, motivo suficiente para que abandone el escenario y baje a convivir con sus fanáticos entre las butacas. 
Es tan diverso el songbook del compositor (“Pueden venir todas las noches, porque voy a cantar canciones que nunca he cantado”) que hay instantes en los que uno se siente inmerso en una gran revista musical, en donde no hay geografía sin visitar: ahora estamos en la canción vernácula y el mariachi brilla intensamente y luego se brinca al pasodoble, a las reminiscencias flamencas, a la presentación de un joven cantor llamado Luciano Pereyra; eso, sin dejar de lado un paseo por el son jarocho o incluso viajes por el pop romántico, todo ello adornado por una sección de metales, nueve coristas y mariachis quienes, además de hacer su trabajo, también bailan y hacen coreografías que no serán muy espectaculares, pero aumentan la calidad del show.

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
¿Hay un final? Hay una despedida, pero cómo puede uno decirle adiós a aquello que está impregnado en uno, que ya es parte de nuestro mismo cuerpo. Eso pasa con las canciones de este gran compositor. Han estado allí, en cada vuelta de esquina, en una terminal de autobuses, en un consultorio médico, en la radio, en los trayectos de la vida cotidiana que es difícil desprenderse de ellas, como difícil será desprender de la memoria esta noche en donde Juanga vino, con toda la humildad posible, a confirmar que, efectivamente, es un divo.

A imagen y semejanza
Juan Gabriel es un cantante que prácticamente se hizo a sí mismo. No obstante, al momento de hablar de referentes, uno muy importante en su trayectoria fue José Alfredo Jiménez, no sólo porque lo tomó como uno de sus ídolos a seguir, sino también porque éste, al comenzar su propia carrera, le habría de dar el espaldarazo.
De José Alfredo, Juan Gabriel recogió esa capacidad para trazar historias en sus canciones, para cantarle al amor sin recurrir a expresiones trilladas y explotar la vena popular, pero con la idea de transformar ese lenguaje en poesía.
También en su música podemos encontrar una vena de la balada pop italiana, que es de donde adquirió esos elementos suaves, sutiles y elegantes, tan distintivos en su canciones. Y está, por supuesto, una veta norteña muy emparentada con el country y que proviene de sus raíces, de su vida en una ciudad fronteriza como Ciudad Juárez. Pero ante todo está la vocación de ser él mismo, de tener su propia voz, una voz que ha llegado a cuatro décadas con el orgullo de ser distintiva. (D.C.)

Programa
Intro / Qué no diera yo / No tengo dinero/ Nunca es tarde / Ojos mexicanos lindos / Inocente pobre amigo / Tenías que ser tan cruel / Yo creo que es tiempo / Cuando quieras, déjame / He venido a pedirte perdón / El Noa Noa / Le pido al tiempo que vuelva / Por mi orgullo / Estás tan adentro de mí / Jamás me cansaré de ti / Amor de un rato / Luciano Pereyra: Déjame / Se me olvidó otra vez / No discutamos / Yo me voy / Querida - Me nace del corazón / Así fue / Hasta que te conocí / Amor eterno / Por qué me haces llorar.




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