sábado, 29 de junio de 2013

Andrés Calamaro: Por la puerta grande

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Gira Bohemio / 29 de junio, 2013 / Función única / 
2:22 hrs. de duración / Promotor: OCESA Promotora S.A. de C.V.

David Cortés
No hay nada seguro en un concierto de Andrés Calamaro. Si bien es cierto que sus affaires con el escándalo parecen haber quedado atrás, su presencia en un escenario es impredecible; sin embargo, hoy su actitud desde el comienzo es de entrega irrestricta y la primera señal es que habrá mucho rock and roll.
Acompañado de un quinteto de polendas (Julián Kanevsky y Baltasar Comotto, guitarras; Mariano Domínguez, bajo; Sergio Verdinelli, batería; y Germán Weidemer, teclados), el cantante, también conocido como El Salmón, habla de que esta es una noche de homenajes, de fechas memorables: veintisiete años de la coronación de Argentina en el campeonato mundial de futbol en 1986 (celebrado en México), veinte años de la salida al mercado del primer álbum de Los Rodríguez, su homenaje a la fiesta brava (“aplaudan, que un torero se juega la vida”, dice), el adiós de Mariano Mores a la música, el aniversario del fallecimiento de Héctor Lavoe, entre otros.

También, a lo largo del show, las obsesiones del sudamericano se harán presentes: la tauromaquia, Diego Armando Maradona, el tango. Son temas que lo persiguen y él se encarga de mitificar aún más. Cuando llega el momento de interpretar “Maradona”, imágenes del futbolista se suceden en la pantalla; al sonar “Días distintos” el turno es de los toreros. Eso y su constante necesidad de citar, en medio o al final de sus canciones a los grandes iconos del rock (hoy el desfile incluye a Led Zeppelin, Joe Cocker, “sir Alex Lora”), definen la vocación de un hombre que ha dedicado toda su vida a la bohemia, la noche y la francachela, y ha logrado salir airoso a pesar de muchas complicaciones.
A lo largo de su carrera, el compositor ha visitado diferentes vertientes: el tango, los ritmos afroantillanos, el flamenco, pero hoy los deja olvidados en el clóset. Si bien hay momentos en lo cuales estas inflexiones emergen, las más de las veces lo que fluye por los altavoces es rock puro, muy directo, comandado por un par de guitarristas que hincan el diente a los solos con una energía que, inevitablemente, contagia a una comunidad que ha venido para prodigarle su amor al argentino: los gritos de oeee, oeeee, oeeee, oeeeee, Andrés, Andres, lo único que consiguen es conmover a un Calamaro que casi al final, en un gesto no exento de dramatismo, se tira al suelo para besar el suelo del Auditorio Nacional.

Varias ocasiones ha pisado este foro, pero esta noche se le siente más a gusto, se explaya en sus comentarios, toca temas que no se encuentran en el programa (incluso un fragmento de una canción de Álex Lora), cuenta anécdotas alrededor de sus composiciones, evoca a los amigos que lo han dejado en el camino, menciona a sus héroes taurinos, hace apología de la ciudad de México.
Y esa exultante alegría se transmite a cada una de sus interpretaciones, porque no es sólo él, sino toda la banda la que se entrega sin cortapisas (Comotto hace unos solos en la guitarra de alarido, Kanevsky es afilado con el slide, Domínguez toca el bajo con una fuerza que da gusto, Weidemer imprime toques de elegancia y de jazz en los teclados, mientras Verdinelli propulsa el ritmo), y con un apoyo semejante, más el hecho de ser el concierto que cierra la gira Bohemio, a Calamaro no le queda más que ser él mismo y encarnar el personaje creado por Rubén Blades en “El Cantante”: Y nadie pregunta si sufro, si lloro / si tengo una pena que hiere muy hondo. / Yo soy el cantante, porque lo mío es cantar / el público paga, paga para poderme escuchar.

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
Cuando menos se da uno cuenta, el final ha llegado y evidentemente nadie quiere irse. Casi se diría que ni el mismo Andrés y compañía desean hacerlo, pero a pesar de que el show debe continuar, también hay un cierre y éste llega con la misma o más fuerza con la cual abrió las hostilidades. El colofón es preciso, contundente. Emulando a sus ídolos, los toreros, Andrés Calamaro culmina la noche cortando orejas y rabo.
Oe, oeee, oeeee, oeeee, Andrés, Andrés.

Devociones e influencias
Andrés Calamaro es de esos músicos que crecen con el rock and roll, pero lo hacen en un momento en donde también abrazan su propia tradición. Él pertenece a una camada de cantantes que se formó con la música de Charly García, Pappo y Luis Alberto Spinetta, y en sus canciones se advierte el apego a la tradición instaurada por estos compositores; pero también abreva de la magia anglosajona y uno de sus principales referentes en este sentido es Bob Dylan, a quien, guardando las distancias, con frecuencia se le ha comparado.
Sin embargo, en sus conciertos la recurrencia a prodigar homenajes a manera de paráfrasis forma un abanico muy grande en donde lo mismo están Led Zeppelin y Rolling Stones que Bob Marley, The Beatles o Carlos Santana.
Tampoco, en su libro de filias, puede faltar la mención a su vena tanguera y su devoción por algunos de sus exponentes como Mariano Mores o Carlos Gardel. Por esas arterias fluye la sangre que alimenta la obra de uno de los cantantes-compositores más importantes de los últimos veinte años en la escena del rock latino. (D.C.)


Programa
Mi enfermedad / ¿Quién asó la manteca? / A los ojos / El día de la mujer mundial / Crímenes perfectos / Los aviones / Me arde / Mi gin tonic / Tres Marías / Maradona / Días distintos / El tercio de los sueños / Para no olvidar / Tuyo siempre / Estadio Azteca / Jugar con fuego / Loco / Out Put-In Put / Carnaval de Brasil / Te quiero igual / El salmón / Sin documentos / Volver / Flaca / Paloma / Alta suciedad / Los chicos.


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