sábado, 27 de abril de 2013

Julio César: Conquistador del mundo con voz aflautada

Foto: The Metropolitan Opera

Ópera en vivo desde el Met de Nueva York / 27 de abril, 2013 / Función única /
 4:55 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C.

Fernando Figueroa
Cuando aparece Julio César por vez primera, el público ve a un imponente hombre barbado (David Daniels) que desembarca victorioso en Alejandría. Sin embargo, en cuanto él inicia su primer recitativo, se escucha entre las butacas un murmullo de asombro porque su voz es la típica de un contratenor, el más agudo registro vocal masculino.
Para los enterados —incluyendo a los asistentes a la charla previa del maestro Sergio Vela, en el Lunario— no es una sorpresa que el gran emperador romano tenga esa voz aflautada, porque en el siglo XVIII los papeles heroicos solían asignarse a los castrati. Cuando ese antinatural tipo de cantantes desapareció, el Julio César creado por Georg Friedrich Händel fue interpretado por mezzosopranos o contraltos, sin importar que la verosimilitud del personaje se fuera a pique.
Con un contratenor ese problema se reduce considerablemente, pero no deja de ser paradójico que el conquistador tenga “voz de pito”, tal como comenta una espectadora de la tercera edad, en la zona de luneta del Auditorio Nacional. Conforme avanza la trama, ese aspecto pierde importancia porque el público se zabulle en el mundo fantástico del virtuosismo vocal, sin importar que el rey Tolomeo también sea un contratenor (Christophe Dumaux), y el enfurecido Sesto una mezzosoprano (Alice Coote).
Hasta aquí no hemos mencionado a la diva que se roba de calle la atención en el Met neoyorquino y seguramente en cientos de salas alrededor del mundo: la mezzosoprano Natalie Dessay, quien encarna a una Cleopatra muy singular. La gracia y el talento de la artista francesa son tan arrasadores que nadie en su sano juicio quisiera ver en el escenario a una gran beldad que empatara con el estereotipo de belleza de esa reina egipcia, algo así como el equivalente operístico de lo que consiguió Liz Taylor en el cine.
El arte de Dessay está a años luz de ese tipo de convenciones. Su presencia en esta producción de David McVicar es un parteaguas en la historia de la ópera; el nivel que muestra como cantante y actriz roza en ambos casos la perfección y eso provoca locura colectiva en un público tan exigente como el de la Gran Manzana, que se rinde a sus pies de manera incondicional. Y que nadie se extrañe si en el Auditorio Nacional también se le tributan aplausos después de sus siete arias inolvidables.
Por momentos, Dessay parece una gran estrella de Broadway que ejecuta con gracia alegres coreografías, aunque en este caso con el plus de una voz que hace magia con la coloratura, elemento sustancial en una ópera barroca de altísimo nivel (y larga duración).
Es justo señalar que dos prestigiados críticos ―Antony Tommasini (The New York Times) y James Jorden (The New York Post)― se vuelcan en elogios para esta Cleopatra, pero coinciden en señalar pequeñas fallas técnicas, sobre todo en los fragmentos que se cantan a gran velocidad. Para ambos, el intérprete más natural y convincente es Christophe Dumaux, un Tolomeo realmente encantador (aunque no al punto de opacar a Dessay, ni mucho menos).
El libreto en italiano de Nicola Francesco Haym refiere el encuentro de Julio César y Cleopatra en Egipto, luego de que el militar romano vence a su rival Pompeyo. Dentro de una visión eurocentrista, los latinos conquistan a un país bárbaro donde literalmente se sirven cabezas en bandeja de plata.
Los estudiosos de la ópera consideran que, inicialmente, Händel ayudó a definir las reglas de la ópera seria y luego, con Julio César, rompió el marco restrictivo dramático, dando paso a un formato en el que es posible examinar los sentimientos a través de una música embriagadora.
Aunque la historia se desarrolla en los años 48-47 antes de Cristo, la producción de David McVicar muestra un ambiente que por momentos remite al imperio británico del siglo XIX ―sobre todo en algunas vestimentas militares―, y se permite audacias como la aparición fugaz de zeppelines en el cielo o la imaginaria transformación de un paraguas en palo de golf, esto último gracias a la deliciosa mímica de una Cleopatra que también es capaz de pedirle con gestos a Julio César que le eche un telefonazo.
Julio César es una obra maestra del Met, con la mezcla justa de respeto e irreverencia”, ha resumido atinadamente The New York Post.

Miscelánea de una obra inmortal
• En las entrevistas de los intermedios, Natalie Dessay comenta que la intensiva práctica del yoga le sirvió para mejorar su nivel de concentración en una ópera tan demandante como ésta.
• Dessay utiliza ocho indumentarias diferentes al interpretar a Cleopatra como tal y disfrazada de Lidia.
• Harry Bicket dirige la orquesta y también toca el clavecín en esta ópera. Al ser entrevistado, dice que los músicos del Met son tan dúctiles “que pueden tocar a Shostakovich o sonar como una buena banda de rock”.
• Varios cantantes coinciden en señalar que la continua repetición de frases en esta obra les permite mostrar lo que escribió Händel y, al mismo tiempo, imprimir a sus frases un sello personal.
• El concertino David Chan aparece momentáneamente en escena con su violín para dialogar musicalmente con el personaje central.
• Georg Friedrich Händel (1865-1759) nació en Alemania, estudió música en Italia y vivió gran parte de su etapa productiva en Londres.
Julio César fue estrenada en el King’s Theatre de Londres, el 20 de febrero de 1724. (F.F.)
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