viernes, 2 de noviembre de 2012

Here Comes the Kraken: Bestias marinas, aguas salvajes

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


2 de noviembre, 2012 / Función única / 
3:40 hrs. de duración / Promotor: José Tajonar

Alejandro González Castillo

Aún se escucha la leyenda entre los marineros que sobrevivieron a sus ataques en los océanos; “sus tentáculos eran sólidos como el acero, estaban capacitados para destruir al barco más resistente en cuestión de segundos, apenas con un abrazo”. Y ni hablar de su descomunal tamaño, pues cuando emergía de las oscuras profundidades del mar, el sol desparecía tras su silueta. Su nombre: Kraken, el calamar gigante. La bestia marina que Alexa, TT’s, Deivis, Tore y Álex decidieron adoptar como emblema al momento de tomar sus instrumentos.

Uno de apelativo homónimo, The Omen y Hate, Greed and Death son los títulos de los álbumes que el grupo ha editado a la fecha; el más reciente, mezclado por Ulrich Wild, reconocido por su labor en Pantera ―“definitivamente nuestra mayor inspiración”, según el propio quinteto― y masterizado por Ted Jensen, viejo conocido de Slipknot y Marilyn Manson. Así que quienes aplauden las evoluciones de los músicos ya se han estimulado lo suficiente en casa frente al reproductor de audio.
Ahora, los originarios de Aguascalientes, quienes han pisado escenarios lo mismo en Austria, Italia y Alemania que en México (festival Vive Latino), deben demostrarles que no son un puñado de novatos bajo los reflectores. 
Así, basta un gesto iracundo de TT’s para orillar al público a entrelazar cuerpos en un baile que admite codazos y patadas al aire como parte del reglamento; se trata de una danza caótica denominada slam al ritmo de “Confessions” que finaliza una vez que el cantante choca sonriente sus nudillos con los de los dueños de los lugares frente al escenario.
Para ellos, quienes integran ese malhumorado mosh pit, no ha sido una jornada relajada. Antes de los hidrocálidos pasaron lista Lack of Remorse, Joliette, Everyone Likes Cathleen, Symbiosis y, muy especialmente, Thell Barrio; seis sujetos cuyos rostros se encontraban ocultos tras paliacates que calentaron la musculatura de una audiencia que, sin reserva, sacudió el cráneo ante toda muestra de rabia proveniente del escenario. En ese rol, “Aguascalientes (dead home city)” se anuncia como la tonada ideal para hacer headbanging como los Dioses del metal indican: sin miedo a las contracturas.
Los fundamentalistas seguramente arrugarán el gesto, pero, efectivamente, el metal puede llevarse al extremo; es capaz de prolongar la resistencia de los cartílagos que lo componen hasta alcanzar la elasticidad de HCTK. Por eso, rendidos ante la metralla del doble bombo del baterista sincronizada con ese bajo afilado como hacha, las siete cuerdas de cada guitarrista y aquella voz que parece emerger del arrecife más hondo, los presentes en determinado momento deciden partirse en dos bandos.
De este modo, las aguas del Lunario se abren a la espera de un aviso del dueño del micrófono. De pronto, éste arranca de su garganta su grito más grave, la clase de lamento que un calamar hambriento arrojaría una vez que cualquier presa se asomase ante sus fauces, para que así las aguas se unan de nuevo. 

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Tras una batalla épica, aún se escucha la leyenda entre los marineros que asistieron a su cita con la bestia marina, ya en las afueras del Lunario: “milagrosamente nos permitió escapar vivos; no sin antes dejarnos como herencia unos cuantos moretones, un puñado de sonrisas y un zumbido en los oídos”.



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