jueves, 22 de noviembre de 2012

Carlos Cuevas: Mucho más que boleros



22 de noviembre, 2012 / Función única / 2:40 hrs. de duración /
 Promotor: FUAAN Financiera S.N.C.


Alejandro González Castillo
Rodrigo y Diego abren sus brazos y dan un par de pasos atrás para presentar “al Rey del bolero: Carlos Cuevas”. Los hijos de Aída Cuevas pasaron cerca de quince minutos en el escenario, calentando las gargantas de los presentes para que finalmente su tío les extienda un abrazo y, con trago en mano, entone el clásico “que esto que lo otro” para que el público termine la frase con un efusivo ¡salud!; así, sin protocolos acartonados, como si la de hoy fuese una cita más con los amigos de toda la vida. 
Cada año, sin falta, Cuevas se presenta un par de veces en el Lunario; él mismo se encarga de presumirlo orgulloso acompañado de Los Académicos, el combo de músicos que consigue que el cancionero del cantante no se limite a la dotación instrumental que solía caracterizar a las rimas amorosas que antaño se interpretaban bajo balcones. Porque si bien esta vez un par de guitarras acústicas y unas maracas sostienen las confesiones de pasión, un bajo eléctrico, una batería, un saxofón y un sintetizador recubren un temario desgarrado de tan confesional que hoy todos cantan a aquellos que dicen que la distancia es el olvido.
En su paseo por las mesas, Cuevas recibe besos y servilletas con solicitudes, abrazos y piropos. A cambio, él comparte el micrófono ―tal como en más de treinta años de carrera lo ha hecho con Plácido Domingo, Armando Manzanero y Julio Iglesias―, entona “Las mañanitas” a los que celebran su cumpleaños y reparte complicidad con aquellos que, como él, saben que Toluca cuenta con el mejor equipo de futbol. Por si fuese poco, ofrece muestras de generosidad al cederle el escenario a Azucena, David Cavazos y su hermana, Aída. 
Sin ofrecer descanso, hilando tema tras tema con la urgencia de quien cuenta con un repertorio de lo más prolijo, y luego de homenajear a “los verdaderos gruperos de los años setenta y ochenta”, recordar a Rocío Dúrcal, El Pirulí, Gualberto Castro, Juan Gabriel y Joan Sebastian, el bolerista decide cerrar la noche con el repertorio de Perfume de gardenias, su disco más reciente. Entonces las notas de “Amor de cabaret” inauguran un baile tímido que en la oscuridad se advierte como la evolución natural que debe mostrar una cita que ha arrancado con un cortejo candoroso.
Como bien dice el dueño del micrófono, las canciones podrían no detenerse hasta el amanecer; sin embargo, la hora de despedirse llega y las mesas extravían a sus habitantes mientras el escenario se despeja de instrumentos. Quedan por ahí algunas parejas que entre risas llaman a los hombres de chaleco oscuro para hacerles una última solicitud: señor tabernero, sírvame otra copa que quiero olvidar.
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