sábado, 29 de septiembre de 2012

Los Tigres del Norte: Miles de jefes

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional

29 y 30 de septiembre, 2012 / Dos funciones / 4:00 hrs. de duración /
 Promotor: OCESA Promotora S.A. de C.V.

Alejandro González Castillo

Debido a que se criaron entre matorrales, jamás han tenido miedo de las culebras que se arrastran en la sierra, uno de sus lugares favoritos para estar; sin embargo, esto no significa que carezcan de valor para levantar avionetas a trecientos metros, bien lejos del mugir de su ganado y de la sombra que dan los pinos de su rancho. Son Los Tigres del Norte. Y ahí están, con todo y sus instrumentos forrados con pellejo de felino, aunque sus ojos se humedezcan ante el más diminuto desdén amoroso.

Fuera del recinto de Paseo de la Reforma, distante de gritos y aplausos, de rugidos y zarpazos, una fila de tráilers colorados con el nombre del grupo en sus portezuelas y cajas ―unidades listas para cargar con el equipo de los músicos apenas éstos concluyan su cita con sus paisanos para así dirigirse a Sudamérica― opera como prueba de la cantidad de equipo que poseen; una mastodóntica hebra de cables, focos y bocinas que provoca que muchos arruguen el gesto cada vez que los corridos y sus respectivas ráfagas de plomo hacen acto de presencia en el interior de la sala, donde una voz anónima argumenta “a mí me gustan los corridos porque en ellos se canta la pura verdad”, antes de que “Jefe de jefes” defina la postura de los gallos a los que no se les raja la pechuga.
Sin talento no busques grandeza, porque nunca la vas a tener, advierte el tema, y con él miles de sombreros se alzan cómplices porque ya se está pasando lista en “La granja” y ninguna cresta quiere que le pongan falta. 
Las parejas de baile se entrelazan sin importar que la dimensión de los pasillos estreche sus pasos, pues entre vueltas se animan a gritos (“¡zapatéyele!”, se escucha por ahí). Y aunque la música norteña es, paradójicamente, “La reina del sur” de esta noche, igualmente la cumbia (“La yaquecita”) y la quebradita (“La manzanita”) provocan sonados taconazos. “Un millón de gracias por permitirnos trabajar en vivo frente a ustedes”, comenta el líder Jorge Hernández; “porque el público es nuestro jefe, así que siéntanse en la libertad de pedirnos las que quieran”.
Y porque las del acordeonista no son palabras al aire, apenas anuncia su disponibilidad comienzan a llegar papeles con peticiones a sus pies, y todas ellas, sin excepción, son leídas frente al micrófono para luego ser ejecutadas como una orden. Eso sí, siempre “con mucho cariño”.
Conforme decenas de canciones pasan lista, una escena titulada “La tumba falsa” se vuelve recurrente: los de Sinaloa se toman las manos y ofrecen una reverencia con las luces apagadas, insinuando el adiós, pero de inmediato son orillados por la audiencia a no soltar sus instrumentos. Es Hernán quien define la duración del show, “si ustedes no se van, aquí nos estamos”, hasta que en determinado momento Jorge se pregunta cuál ha sido el concierto más prolongado en la historia del Auditorio Nacional. La respuesta proviene, urgente, de los ocupantes de los asientos: “La mesera”, “Gallo giro”, “Los tres amigos”, “El celular”, “Nos estorbó la ropa”… más y más solicitudes que son atendidas ante la certeza de que no hay razones para preocuparse por el reloj, pues mañana nadie tiene que ir a trabajar. 
Acompañados de la Orquesta de la Universidad Autónoma de Puebla y una decena de discos de variados metales otorgada por su sello disquero debido al éxito comercial de su álbum más reciente, Unplugged, el quinteto se despide tras cuatro horas de música ininterrumpida. Después de todo, ya recordó efusivamente cuando cantaba “en restoranes por cinco centavos”, presumió su amistad con Ry Cooder, Paulina Rubio y José Narro Robles.

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional

Humildad, empeño, resistencia; muchas enseñanzas deja un espectáculo como el de Los Tigres, sin embargo, en la mente del público queda impregnado el par de aforismos más célebre de los norteños, dos lecciones que por generaciones han heredado millones y que vale la pena apuntar de nuevo, por si algún despistado las ignora: primero, una puerta oscura y remachada no es suficiente para detener a un amante fervoroso; y segundo, la traición y el contrabando, si de hembras de corazón herido se trata, “son cosas incompartidas”. 


Entrevista con Jorge Hernández


¿Existe alguna canción en especial no escrita por los Tigres del Norte que te traiga buenos recuerdos?
Hay una en especial de José Alfredo Jiménez, “El hijo del pueblo”, con la que rememoro mi tierra y mi niñez. Pero qué te puedo decir de “El Rey”; ¿qué mexicano no se sabe esa canción? Temas como esos no sólo abarcan sentimientos que calan en los mexicanos; hemos tenido la oportunidad de estar en Europa y Asia y hemos sido testigos de cómo baila y grita la gente de allá al escucharlos. 

¿Y cómo se ven los orientales bailando polkas?
Fíjate que allá imitan los pasos de los latinos que nos acompañan en los shows, pero los “imitadores” lo hacen bastante bien, porque los japoneses conocen perfectamente el folclor mexicano, toda nuestra música. 

Jorge, tú que cuentas con un premio así, ¿dónde se guarda un Grammy?
Algunos los tenemos ahí, en la sala de la casa, y otros los tenemos guardados.

¿Cómo te gustaría que Los Tigres del Norte fueran recordados?
Como un grupo que tuvo una lucha intensa, con causas fuertes, como las de los migrantes. Porque somos gente luchadora y trabajadora a la que le gusta caerle bien a los demás. (A.G.C.)

Programa

La banda del carro rojo / La mesa del rincón / Pedro y Pablo / Ayúdame a creer / Pacas de a kilo / Me regalo contigo / Ni parientes somos / La jaula de oro / Golpes en corazón / La manzanita / La camioneta gris / Quiero volar contigo / Jefe de jefes / La puerta negra / El contagio / El rengo del gallo giro / Somos más americanos / La yaquecita / Mi buena suerte / Contrabando y traición.



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