jueves, 21 de junio de 2012

Caifanes: Remedio contra el olvido

Foto: Fernando Moguel / Colección Auditorio Nacional


21 y 22 de junio, 2012 / Dos funciones / 2:50 hrs. de duración / 
Promotor: OCESA Promotora S.A. de C.V.

Alejandro González Castillo
Ninguno se ha erizado el cabello como antaño ni se ha colgado un Sagrado Corazón de la solapa, sin embargo todos recuerdan con fervor aquella época de sus vidas una vez que se proyectan en las pantallas del recinto imágenes de Rockotitlán y el Tutti Frutti; desde esas tarimas los Caifanes se hicieron de un nombre que los llevaría a tocar las puertas de diversos sellos disqueros que, al escuchar la música del combo, argumentaban vender discos, no ataúdes.
Es Saúl Hernández quien ejercita su memoria mientras toca “Te estoy mirando” y “Cuéntame tu vida”: “Estas canciones se grabaron hace mucho tiempo y nos permitieron tocar en el Auditorio Nacional hace veinticuatro años. Fuimos el primer grupo de rock que tocó aquí, pero eso no es lo más sorprendente, sino que aún seguimos”.
Saúl tiene razón. A su alrededor se puede ver a Alfonso André, Diego Herrera, Sabo Romo y Alejandro Marcovich. Los tres primeros se encontraron con él en diversas giras bajo el nombre de Jaguares, pero reunirse con Marcovich parecía imposible hasta que la salud de éste se tambaleó. Entonces vino la reconciliación acompañada de una gira y las palmadas, bromas y guiños que el quinteto sostiene hoy sobre el escenario.
La camaradería difícilmente se actúa con eficacia, así que aquí no hay mentiras. Una vez que Sabo se recarga en el hombro de Saúl se murmuran algo que los lleva a dirigirse hacia Diego y Alejandro bajo la aprobación de Alfonso, así anuncian que han perdido su ojo de venado y que prefieren que los maten (porque se mueren). Pero igualmente solicitan que nadie se alarme, porque esta vez el “Viento” está a su favor.
Tras revisar su álbum debut (1988), el quinteto explora su segundo volumen, conocido popularmente como El diablito (1990), el disco donde un nuevo guitarrista haría acto de presencia para desde entonces ganar cada vez más volumen en el temario del grupo. “El elefante” y “De noche todos los gatos son pardos” son buenos ejemplos del desquiciado estilo de Marcovich, poseedor de un sello que mutaría con el arribo de El silencio (1992), una obra que, según el cantante, “nos llevó a entrar a una etapa de confrontación emocional”. De esta forma, “Para que no digas que no pienso en ti” y “Hasta morir” cuentan con un pulso renovado producto de las seis cuerdas del guitarrista argentino, las cuales confrontan los intentos de la agrupación por unificar esfuerzos en “Nos vamos juntos” y “Estás dormida”.
“Nuestra última etapa fue luminosa pero, también, internamente dolorosa”. El autor de “Aviéntame” se refiere a El nervio del volcán (1994), donde, ya sin la presencia del tecladista y el bajista, el trío restante sobrevoló tonadas andinas (“Aquí no es así”) y percusiones precolombinas (“Afuera”) con el mismo ánimo que buscó reflejos en diversos espejos, como en “Quisiera ser alcohol”, esta noche ejecutada con fineza a cargo del hombre de las gafas y el encargado del saxofón. Por su parte, el público se comporta a la altura de las circunstancias, porque si el imaginario caifán está plagado de altares y dioses hay que celebrar cada tonada con veladoras y rezos, con lágrimas y devoción.
Fue al comienzo de la cita que Hernández se hincó después de ofrecer la bienvenida: “Caifanes está a tus pies”. Y se dirigió a “la raza”, ese ente conformado por decenas de miles de escuchas que regularmente se trata con el mayor de los respetos, pero al que hoy se le habla de tú sin dejar de obedecerle cuando pide una, y otra, y luego una más. 

Foto: Fernando Moguel / Colección Auditorio Nacional

Después de una huida en falso ―“nos encanta hacerle a la jalada”, argumentó Romo―, “¿Será por eso?”, “No dejes qué…”, “La célula que explota” y “Nubes” extienden el encuentro con los fans de ése, el puñado de exiliados de cierta agencia funeraria que hace más de dos décadas pisó este foro por primera vez. Así, sin más cabelleras rebeldes, mientras algunos despiden a los músicos con gritos, otros hurgan en sus bolsillos para sacar a la luz el instrumento que usan para peinarse el alma, porque alaciarse es su actividad preferida desde que el olvido se volvió una amenaza en sus vidas. Es con canciones y dientes de plástico que se desenredan fuera de este mundo.


Músicos en solitario
Tras la disolución de Caifanes, Sabo Romo lanzó SSS, su álbum debut como solista, y se dedicó a tocar con personajes como Aleks Syntek, Benny y Tania Libertad; mientras tanto, Saúl Hernández y Alfonso André continuaron juntos bajo el nombre de Jaguares. De esta dupla, sería el primero quien se animaría a producir un disco con su nombre en la tapa, Remando; el segundo haría lo propio poco después, con Cerro del aire.
Respecto a Alejandro Marcovich, además de producir discos para Santa Sabina, Los Lagartos, Ultrasónicas y otros grupos más, Nocturnal marcó su arranque discográfico a solas. Finalmente, Diego Herrera se dedicó a la producción de grupos como Pastilla y Romántico Desliz, pero también creó una obra en solitario, El sendero del lobo. (A.G.C.)



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