lunes, 14 de mayo de 2012

Faust / Z’EV: Saldar una deuda

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


28 Festival de México. Aural / 14 de mayo, 2012 / Función única / 
2:50 hrs. de duración / Promotor: Festival de México en el Centro Histórico A.C.


David Cortés
Hay conciertos que hablan desde el silencio. Hoy, una revolvedora de cemento colocada en el extremo derecho del escenario, un enorme tambo con huellas de haber recibido miles de golpes y un enorme tom colocado al centro anuncian una noche inusual, experimental.
El tom es para Stefan Joel Weisser, mejor conocido como Z’EV, quien a lo largo de la noche lo percutirá y frotará para extraerle monótonos ritmos de carácter ritual, de fuerte carga hipnótica, solamente rotos por sus gongs, campanas y demás artilugios. No es un set corto y funciona como la entrada a otro mundo, la puerta al universo esperado por la mayoría de los asistentes.
Faust, una leyenda del krautrock (nombre con el que se conoció en la prensa inglesa el rock producido en Alemania a principios de los setenta) es ahora una banda dividida: en integrantes e historia. El grupo, entonces un quinteto, forjó su historia en la primera mitad de los setenta y luego desapareció; en los noventa, ya con otros impulsos, nuevas intenciones y sólo tres de sus integrantes originales, renació y desde entonces ha mantenido la continuidad. En la década pasada, sufrió una partición y uno de sus miembros (Joachim Imler) formó su propia versión de la banda, mientras el ala conformada por Werner Zappi Diermaier (batería) y Jean-Hervé Perón (guitarra, trompeta, voz), más Amaury Cambuzat (guitarra) se convirtió en otra célula y es la que hoy arriba al Lunario.
La revolvedora arranca, el tambo es golpeado, el grupo recoge piedras y tierra y la esparcen por el piso, la barren, la palean al interior de la revolvedora. Es un comienzo extraño que habla de la atmósfera de libertad que flota en el lugar y que marcará el decurso del concierto; pero si bien la vocación experimental de Faust es innegable, también ahora es más contenida.
En los años setenta, los pocos conciertos que ofrecieron fueron caóticos; hoy la música transita de lo estructurado a la improvisación y esa frontera se cruza constantemente. Cuando se atraviesa la zona limítrofe que divide lo normal y anuncia lo insano, la sombra del caos es amenazadora. Afortunadamente, cuando los tres músicos conectan ―la mayoría de las veces― se crean momentos de verdadero krautrock: monótonos, espaciales, cargados de una ácida sicodelia y en donde las guitarras de Cambuzat y Perón forman una pared sonora dominada por la intensidad y tan entrelazada que nada parece penetrarla. Es como si Sonic Youth tocara a más decibeles luego de ingerir una abundante dosis de estupefacientes.
En los instantes de reposo, Perón toca una guitarra acústica, rasga sus cuerdas y recita, mientras Cambuzat le arroja atmósferas, ruidos, mientras Zappi baja de su enorme batería para ejecutar un set de percusiones más pequeñas. Para no olvidar los sonidos de los alientos, Daniel Zlotnick (Los Dorados) sube a palomear en un par de temas; pero la conjunción no se logra del todo.

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Como su historia, la música de Faust esta noche es cambiante, habla de ese monstruo camaleónico en el cual se ha convertido en los últimos veinte años. Lo más cercano a su leyenda, a esa imagen setentera alimentada en gran medida por el mito, llega con el encore; una pálida interpretación de “It’s a Rainy Day, Sunshine Girl” es elegida como colofón, pero no agrega nada a lo vivido, aunque tampoco lo empaña. Hoy, una deuda con la historia musical de vanguardia, finalmente ha quedado saldada para el público mexicano.



 

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