viernes, 20 de abril de 2012

Les Luthiers: Psicoanálisis y libertinaje

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


Lutherapia / 20 al 22 de abril, 2012 / Tres funciones / 
1:50 hrs. de duración / Promotor: Erreele Producciones, S.A. de C.V. 


Alejandro González Castillo
El viejo cliché visual se materializa sobre el escenario: un tipo se recuesta sobre un diván rojo con cara de aflicción mientras alguien más lo observa, meditabundo, con una libreta entre manos y las piernas cruzadas. El primero es Ramírez, el paciente; Murena es el segundo, y es su psicoanalista. “Lo más importante es lograr que el paciente desembuche”, explica el que toma las notas, y el compungido desata los nudos de sus labios para hacer saber su larga lista de males. Según el terapeuta, la cosa no es tan grave; nada que no pueda arreglarse con unas cuantas canciones de Les Luthiers. Así que, ¿qué tal una opereta medieval llamada “El cruzado, el arcángel y la harpía” para iniciar la cura? 

Además de Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich (el sanador y el maltrecho, respectivamente), Carlos López Puccio, Jorge Maronna y Carlos Núñez Cortés completan las piezas que se mueven holgadamente en un tablero llamado Lutherapia, una puesta en escena regida por dados cuyas caras anuncian diálogos delirantes y tonadas de la misma calaña. Y lo de la holgura va en serio, porque si bien es cierto que no hay que confundir libertad con libertinaje, el quinteto jamás ha extraviado la brújula: prefiere, por mucho, el libertinaje. 
¿Qué significa eso? Deshacerse de las ataduras de la formalidad; intercambiar, por ejemplo, la posición de las tildes en las palabras y divagar en la ausencia de sentido para así reírse de la cotidianeidad, tal como le ocurre al par de ancianas que se encuentran en “Pasión bucólica”, por cierto, acompañada rítmicamente por una percusilla, un tamburete y un percuchero. 
Porque el conjunto argentino no sólo armoniza voces impecablemente y ejecuta sintetizador, guitarra y contrabajo de modo correcto, sino que ha creado en su taller una serie de instrumentos de desparpajada facha que van de la lira de asiento y una tapa de inodoro con cuerdas, al cellato, un cello cuya caja de resonancia es una lata para líquido limpiador, y al tubófono silicónico cromático, un puñado de tubos de ensayo cuyas tonalidades se asemejan a las de una zampoña colombiana. 
Sin embargo, el invento que se lleva el primer premio es el bolarmonio, un armatoste conformado por una serie de pelotas que, al ser exprimidas por Maronna, despiden notas que durante “Rhapsody in Ball” se baten en hilarante duelo con un piano ejecutado por Cortés. Y aunque dicha pieza resulta ser un blues, no hay limitaciones para los músicos, pues lo mismo ejecutan un rock áspero (“Paz en la campiña”), que temas que ellos mismos califican como “orratorios” (“El flautista y las ratas”) o “marchas prenupciales” (“Las bodas del rey Pólipo”). 
Si de instaurar ritmos se trata, la cumbia epistemológica titulada “Dilema de amor” es la mejor recibida por la audiencia, seguida de “Aria agraria”, un “tarareo conceptual” donde verbos, sustantivos y adjetivos se enredan en una maraña de lalaleos y pomporompompeos que finalmente llevan a Rabinovich a una terrible revelación: sufre complejo de hipo a consecuencia de consumir cantidades industriales de una bebida llamada Scotish Hooligan. Que su psicoanalista confunda sublimes efectos etílicos con un vulgar delirium tremens ya es otro asunto; un acto digno de roedores que el combo señala certeramente como “la fe más sagrada: la fe de ratas”. 

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Risotadas de toda clase conviven entre asientos hasta que, con toda formalidad, Mundstock anuncia que “la venerable Guadalupe Luján” se encuentra lista para interpretar “Ya no te amo Raúl”, como un acto fuera de los planes de la noche. Desafortunadamente, la cantante jamás aparece y es Daniel quien tiene que improvisar sus líneas, tropezándose al cambiar de género toda la historia del tema. Así, las carcajadas se vuelven tan estrepitosas como el diagnóstico otorgado al ocupante del diván, quien se va a casa con su “intrayección depresiva superyoica” y las palmas cómplices de quienes se han visto reflejados en su jocosa desgracia. 


Mastropiero, un músico estrambótico 
Lutherapia arranca con la causa de todos los males de Ramírez (Daniel Rabinovich): la preparación de una tesis sobre Johann Sebastian Mastropiero, un compositor inventado hace décadas por Marcos Mundstock y el fundador del grupo, Gerardo Masana. Frecuentemente aludida a lo largo de la obra de Les Luthiers y centro de discusión entre sesudos musicólogos, la obra de Mastropiero comenzó a divulgarse en 1968, a la par de menudencias de su vida privada, todas de lo más estrambóticas (incluso se conoce el nombre de su nodriza). 
Se sabe que el músico nació un 7 de febrero, aunque se desconoce el año, así como su nacionalidad. Poseedor de diversos seudónimos (Wolfgang Amadeus y Peter Illich, por ejemplo) y de una vida amorosa bastante ajetreada, cuenta la leyenda que se trató de un compositor orillado a componer música regularmente mediocre por encargo; aunque cuando le daba por obedecer a su inspiración la cosa cambiaba, pues jamás escribía una sola nota. Resulta curioso que al final de Lutherapia se revele un detalle más de su vida, quizás el más escandaloso: Ramírez, el maltrecho psicoanalizado, es nada menos que su hijo. (A.G.C.)

Programa
El Cruzado. El arcángel y la Harpía (opereta medieval) / Dolores de mi vida (galopa psicosomática) / Pasión bucólica (vals geriátrico) / Paz en la campiña (balada mugida y relinchada) / Las bodas del rey Pólipo (marcha prenupcial) / Rhapsody in balls (handball blues) / El flautista y las ratas (orratorio) / Dilema de amor (cumbia epistemológica) / Aria agraria (tarareo conceptual) / El día del final (exorcismo sin fónico-coral).

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buena reseña... faltaron algunas obras como... Dolores de mi vida... que cuenta las penas de Rabinovich... y El dia del final... que anuncia como sucedio la llegada del anticristo...

todo fabulosamente armado en una sesion terapeutica que elimino el mal humor y las penas por dos horas que duro esta fabulosa presentacion...

Bitácora del Auditorio Nacional dijo...

¡Nos da mucho gusto que lo hayas disfrutado!

Gracias por tu visita y el comentario.

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