viernes, 16 de marzo de 2012

Travelling Light: Carta de amor al cine mudo

Foto: National Theatre de Londres

National Theatre de Londres. Del escenario a la pantalla / 16 de marzo, 2012 / Función única / 
2:30 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. – Embajada Británica 

Fernando Figueroa
En los albores del siglo XX, en una comunidad rural de Europa del Este, un joven (Motl) se enamora literalmente de una cámara de cine ―que ha heredado de su fallecido padre― y de una mujer hermosa (Anna) a la que convierte en primitiva estrella del celuloide. Un comerciante maderero (Jacob) es el patrocinador de las películas de Motl, quien inicialmente recrea la vida cotidiana del pueblo y paulatinamente incursiona en la ficción. 
Los analistas británicos se han referido a Travelling Light como “una historia alternativa del cine mudo” y “una carta de amor al séptimo arte”. Habría que añadir que tal misiva está firmada metafóricamente por el teatro, aunque los principales créditos sean para el dramaturgo Nicholas Wright y el director Nicholas Hytner. 
La obra remite de inmediato a la cinta El artista (Jean Dujardin, 2011), pero también al musical Violinista en el tejado, pues Jacob está inspirado en el Tevie de Sholom Aleichem, sin que ello signifique que también cante, ni mucho menos. Las similitudes tienen que ver con el origen judío de ambos personajes y con una filosofía de la vida basada en la sencillez y el amor por la comunidad. 
Al principio, Jacob (Antony Sher) parece un hombre burdo, incapaz de expresarse verbalmente con fluidez, pero termina por conquistar al público con su gracia y perspicacia. A tal grado llega la empatía con el espectador, que éste último puede aceptar que el anciano productor de las películas se involucre con la diva, sin importar que eso le rompa el corazón al guapo y joven director. 
Michael Billington, crítico de The Guardian, ha mencionado atinadamente que la escenografía (Bob Crowley) está inspirada en los techos de Chagall. Las imágenes cinematográficas ―que en realidad son videos― fueron creadas por Jon Driscoll, quien ha sido capaz de recrear un creíble pueblo en blanco y negro. 
Los habitantes de la comunidad se convierten no sólo en los primeros actores de cine en su región, sino también en espectadores que pagan por verse a sí mismos en una pared, transformada mágicamente en pantalla. Algo así como un Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), en el que también hay un hombre que regresa a su pueblo para revivir el pasado; en Travelling Light se trata de un director de Hollywood que recuerda sus pinitos artísticos y amorosos en un shtetl judío, de donde salió huyendo para supuestamente liberarse de la tiranía de los productores y contadores. 
La musa (Anna) es interpretada por Lauren O’Neil, quien se observa atractiva a color como una habitante más del pueblo, pero excepcionalmente bella al transformarse en protagonista de las cintas mudas que realizan sus enamorados. Damien Molony es un convincente y apasionado Motl, mientras que Karl Theobald (Itzak) es el típico cuentachiles que se hace odiar por todo mundo. 
En realidad, todos los pobladores encajan a la perfección porque el director ha creado un microcosmos perfecto y entrañable.
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