sábado, 24 de marzo de 2012

Chano Domínguez: Flamenco y jazz en ocho sílabas

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


Flamenco Sketches / 24 de marzo, 2012 / Función única / 
1:45 hrs. de duración / Promotor: Met Productions S. A. de C.V. 


Julio Alejandro Quijano
Unos ocho metros separan al jazz del flamenco. Chano Domínguez, con su piano, empieza a llenar esta distancia tocando “Blue in Green”. Lento, ortodoxo ante la obra de Miles Davis, el gaditano envuelve al público del Lunario con esa sensación de estar a punto de morir o de llegar al cielo, según el ánimo de cada quien. 
Desde el otro extremo, el cantaor flamenco Blas Córdoba responde con un quejío, que intranquiliza sobre todo a los que ya se sentían a las puertas del panteón. Córdoba convierte “Canción 51” de Rafael Alberti en cante jondo: “En un verso de ocho sílabas…” 
Jazz y flamenco se miran de frente. Piano y cajón se tutean. El teclado se convierte en eco del quejío, y el cajón busca eso que tanto obsesionó a Davis en vida: la nota importante, la fundamental. 
El público acude al encuentro como quien mira a dos desconocidos que, de pronto, descubren que son hermanos. La emoción es evidente porque a veces uno de ellos parece dudar: es el piano de Chano Domínguez, cuya tendencia a improvisar lo desvía del sendero. Pero para eso están el contrabajo de Ben Street y la batería de Dafnis Prieto. De la mano, guían al jazz y al flamenco para borrar los ocho metros que hay en el escenario entre Córdoba y Domínguez, pianista que desde hace quince años sueña con unir ambos géneros y que ahora estrena el álbum Flamenco Sketches, en el que reinterpreta y (a ratos) pone letra a “Kind of Blue”, considerada obra cumbre de Miles Davis. 
“No tengo tiempo para tocar ‘Kind of Blue’. Se acabó. Está grabado”, dijo Davis a Jazz Magazine en 1987. Por el contrario, Chano Domínguez ha encontrado tiempo no sólo para tocarlo sino para agregarle poemas de Alberti, una sesión de batería especialmente violenta y lamentos flamencos. 
Enemigo de “la profesionalización” del jazz ―que recuerda la virulencia con que Davis decía cada cierto tiempo que el jazz estaba en punto muerto―, Domínguez comienza la sesión del Lunario con una incertidumbre: ¿se reunirán esta noche el jazz y el flamenco? ¿Desaparecerán los ocho metros entre el jazzista y el cantaor o se convertirán en abismo? 

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Con paciencia, los músicos se tantean: nunca dejan de mirarse porque la improvisación es regla entre ellos y a cada uno le toca iluminar un pedazo de distancia. Si Alberti en su “Canción 51” mete al mar en una sílaba, Domínguez y su banda hacen caber, por lo menos hoy, al jazz y al flamenco en ocho metros.





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