miércoles, 22 de febrero de 2012

Casilda Madrazo / Marién Luévano: Pasión sangrienta

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


Con-cierta Independencia / 22 de febrero, 2012 / Función única / 
2:05 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C.

David Cortés
La noche va más allá del concierto, del espectáculo y el entretenimiento; hoy los asistentes han sido convocados para presenciar un ritual, un acto que se ha transformado con el tiempo pero que mantiene su esencia. Hay en el flamenco dramatismo, arrojo, violencia contenida, dolor, tristeza, alegría, pero al final es como una profesión de fe, se cree en él sin cortapisas. 
Casilda Madrazo, la primera bailaora de la velada, mueve sus dedos, los contrae; con la punta de los mismos parece dirigir el cuerpo. Cada uno de sus gestos comunica, dice, habla de sus sentimientos. Atrás, con su vestimenta de negro, el guitarrista trata de pasar desapercibido, pero la musicalidad de ese instrumento es un halo de luz, un faro en medio de las sombras que marca el ritmo y las rutas que la esbelta figura de Casilda ha de transitar. 
Cuando el violín se une, el canto, en un segundo plano, se troca en lamento; entonces, ella se coloca una mantilla sobre los hombros, su cuerpo enmudece y atestigua el diálogo entre el violín y la guitarra y, los tres, conforman una imagen casi pastoral. 
En su turno, Marién Luévano muestra por qué se le considera una de las bailaoras más brillantes de su generación. La nacida en Torreón comenzó su carrera a los dieciséis años y tres después viajó a Sevilla, donde se percató que tenía que reiniciar su formación. La práctica constante la llevó a ganar becas del FONCA y hoy destila ese aprendizaje para beneplácito de los asistentes. 
Guitarra, violín y un par de cantaores forman el acompañamiento. Su cuerpo, maleable, se antoja mecido por el estremecimiento de las cuerdas; sus movimientos son firmes, precisos, pero jamás mecánicos. 
Ella imprime ardor y pasión a su arte. Su baile es, por instantes, tosco, preñado de una violencia inmemorial¸ pero las más de las veces su perfil se yergue con garbo, con la arrogancia propia de quien se sabe capaz de embelesar y expresar esa cauda de sentimientos tan grande como la cola de su vestido. 

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Principalmente hay un despliegue de bulerías y alegrías, y Marién Luévano aprovecha ese soporte sonoro ―por momentos de atmósferas experimentales― para entregar un baile energético, de trazos casi perfectos. Sabe contenerse a tiempo para no derivar en la brusquedad o en una sobreactuación que, además de grosera, frustraría cualquier posibilidad de entendimiento con un público que alcanza momentos de gran excitación cuando ella consigue, como el torero, cuajar la faena. En el fin de fiesta (encore) la intensidad no decae, ésta se redobla y consigue llevar a los asistentes al clímax.




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