jueves, 8 de diciembre de 2011

Julio Preciado: Los machos también lloran

Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional
25 años / 8 de diciembre, 2011 / Función única / 
2:00 horas de duración / Promotor: Claudia Gabriel Mondragón 

Alejandro González Castillo
A Julio Preciado le duele su natal Sinaloa; lo repite cada vez que las estrofas de sus canciones se lo permiten, pero lo que verdaderamente lo trae herido de muerte es el amor. “¡Ay, amorcito!”, grita antes de que el clarinete tome la voz principal en “¿Qué puedo hacer por ti?”. Soplidos lacerados cuya meta luce lejana: “que se oiga de aquí hasta Mazatlán”. 

No es sencillo aguantar el ritmo de Preciado. Pese a que el público celebra con silbidos y porras cada movimiento que tiene lugar en el escenario, resulta inevitable respingar ante las punzadas que en el pecho provoca tanto sufrimiento. Y es que el cancionero que hoy se desgrana tiene en el desprecio y la congoja a dos compinches de juerga que no planean separarse, al menos hasta que los tragos se extingan con el amanecer. 
Entre tumbos, quien se siente “La basurita” que con frecuencia pide a su pareja “Échame la culpa” y que además celebra públicamente que la felicidad se produzca “Aunque no sea conmigo”, definitivamente lleva tiempo cavando un hoyo como hogar emocional… “Seis metros bajo tierra”. Extrañamente, el intérprete de tanta desgracia no considera que traiga la mala suerte y la melancolía pegadas en la piel como “Tatuajes” malditos; de hecho, acepta con resignación que se trata de “cosas de la vida que han llegado para quedarse”. 
Luego de que personajes como Maribel Guardia, Omar Chaparro y Alan Tacher, entre muchos otros, envían abrazos como felicitación ante los veinticinco años de carrera artística que Julio Preciado celebra, pareciera que el otrora cantante de Banda El Recodo toma coraje para levantarse del suelo y arremeter contra la decepción. 
“No vale la pena” y “A mí no me hundes” pasan lista con acompañamiento de mariachi y anteceden la llegada de Pancho Barraza, un viejo camarada del sinaloense que en cierta velada bohemia prometió escribirle un tema. El resultado, “Quiéreme como soy”, el cual es interpretado a dúo entre abrazos y besos para cederle terreno a un robusto cuerpo coreográfico que parece celebrar la llegada del optimismo. Bufones acróbatas y damas esbeltas instauran un colorido carnaval cuyo himno resulta ser “La culebra”. 
Orgulloso de haber sido el último que completó un dueto con Rocío Dúrcal, el de Mazatlán derrumba “Esa pared” para luego recordar su encuentro con la española repitiendo un anhelo muy conocido: si nos dejan, haremos con las nubes terciopelo. Ya antes tomó la personalidad de “El palomito”, así que no causa sorpresa que cante unas cuantas rancheras y que, incluso, mezcle el guitarrón y los violines del mariachi con el acordeón del conjunto norteño, sin hacer de lado a su banda, la cual, además de su clásica dotación de vientos y percusiones, incluye a un bajista y a un guitarrista que le ponen acento rocker a ciertos temas. 


Foto: José Jorge Carreón / Colección Auditorio Nacional


“Acábame de matar”, parece solicitar el público con sus palmas, y el denominado Gigante de la banda responde sin chistar. Con un popurrí integrado por temas de Juan Gabriel, los dolores cardiacos se despiden definitivamente y el carnaval y su zapateado regresan al ritmo de “El sinaloense”. Me dicen enamorado, pero de eso nada tengo, advierte el cantante mientras los hombres aprietan la cintura de sus parejas entre asientos. Los machos sensibles ya soportaron el trote adolorido; ahora sólo les resta bailar y hacerse los occisos cuando alguien les pregunte por qué tienen los párpados hinchados. “¿Quién dijo que ando llorando?”, contestarán con gesto retador para luego sobar su hebilla y escupir al suelo con indiferencia.

Su pasado con El Recodo 
Antes de que su nombre fuera reconocido a nivel masivo, Julio César Preciado Quevedo se encargaba de otorgarle personalidad vocal a La Banda El Recodo. En realidad, se trató del segundo cantante que tal agrupación admitió en su filas (fue sucesor de Conrado Calderón) y con el que se presentaría varias veces en el Teatro de la Ciudad ―escenario hasta entonces un tanto ajeno para los ataviados con botas y sombrero― y viajaría por el continente europeo ofreciendo conciertos. 
Como homenaje a Don Cruz Lizárraga, fundador de la banda cuyo fallecimiento tuvo lugar en 1995, Desde el cielo y para siempre pasaría a la historia como uno de los discos más emblemáticos para el combo, al lado de Tributo a Juan Gabriel y el directo Histórico. Tras la serie de éxitos hilados en compañía, Julio decidió emprender una carrera como solista. Sin embargo, dejó un espacio suficientemente complicado de llenar como para que fueran dos los intérpretes que lo reemplazaran: Antonio López y Carlos Sarabia. (A.G.C.)




  

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