jueves, 10 de noviembre de 2011

Siddhartha y Niña: Sobriedad vs. robots punks

Siddhartha. Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


10 de noviembre, 2011 / Función única / 
2:50 hrs. de duración / Promotor: Armando Valencia Torres 


Alejandro González Castillo
Los músicos suelen tener de su lado un argumento cada vez que cierto experto en el tema osa relacionarlos con otros creadores: para los críticos, todo suena a algo hecho previamente. Y la respuesta sería, ¿qué de malo hay en realzar lazos sonoros? Para la cita de hoy, al par de grupos que se anuncia en marquesina le resultaría tan complicado ocultar sus influencias musicales como apaciguar los aplausos que cada una de éstas genera cada vez que se manifiesta. 


Enfundado en mezclilla y con un sombrero carcomido por el sol coronando su cabeza, Siddhartha repasa los temas más sólidos del par de discos que ha puesto a la venta ―Why You? (2008) y Náufrago (2011)― en donde es fácil percibir ecos de Cut Copy y The Whitest Boy Alive, aunque quien se anuncia como el tótem más adorado por el de Guadalajara resulta ser Gustavo Cerati. 

Apenas arranca su set de temas con “La verdad”, el cantautor desnuda una deuda con el argentino que alcanza su clímax en “Sacúdeme”, aunque también existen paralelismos con los cancioneros de Chetes y Zoé, igualmente dueños de letras que abrazan la reflexión emotiva. Y precisamente dos integrantes del grupo que el creador de “Extraños” anuncia como “el más importante de México” suben al escenario: Chucho y Ángel, encargados de los teclados y el bajo, respectivamente. No es casualidad que ambos compartan notas y abrazos con Siddhartha; alguna vez éste fue baterista de Zoé, así como de Azul Violeta y Sara Valenzuela, tiempo antes de que decidiera que su futuro sería mejor si emprendía el viaje a solas. 
Muy lejos de la sobriedad del acto proveniente de Guadalajara, Niña fundamenta su sonido en el amasiato de mundos que a primera instancia podrían lucir opuestos ―los de The Flaming Lips y Hombres G, por ejemplo― pero cuya ceremonia religiosa tiene lugar en algún videojuego de los ochenta. Aldo, Chajoe y Gino hablan de androides y dinosaurios, de computadoras y amores arruinados a patadas por Willie Nelson, y lo mismo recuerdan con afecto los años más ruidosos de The Smashing Pumpkins (“Ella es mi vicio”) que los viejos berrinches de Pixies (“Punk robot”). 
Creadores del sello Happy Fi ―referencia inmediata para entender la escena indie tal y como se conoce actualmente y descifrar el futuro de los sellos independientes mexicanos―, el trío de Monterrey luce con orgullo sus camisetas de Star Wars y Pac Man, pues la atemporalidad de esos iconos gráficos es similar a las canciones que ha creado desde mediados de los noventa en múltiples EP’s, recopilaciones y álbumes, entre los que destaca Laredo love, R.O.C.K. y Willie Nelson vs. Ralph Macchio

Niña. Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Poco parece existir en común entre el par de grupos que hoy comparten escenario, excepto la claridad con la que cada cual anuncia a sus héroes musicales. Y que quede claro: que estos músicos lleven al escenario los discos que escuchan con atención todas las tardes funciona de maravilla para un público joven que, cuando se arme de dichos álbumes, aplaudirá doblemente el detonante generado en ésta, la noche en que descubrieron que en el mundo del rock prácticamente todo ha sido escrito (y no precisamente por los críticos).



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