sábado, 12 de noviembre de 2011

Relatos extraordinarios de Edgar Allan Poe: La hora macabra

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

12 de noviembre, 2011 / Función única / 
1:40 hrs. de duración / Promotor: Juan Ignacio González 

Alejandro González Castillo
Bajo los cráneos de los lectores que durante siglos se han atrevido a repasar el imaginario de Edgar Allan Poe, se han forjado cualquier cantidad de bestias amorfas y sentimientos oscuros cuya materialización resulta, aparentemente, imposible. En primera instancia, podría declararse categóricamente que no existen actores capacitados para proyectar sentimientos tan oscuros como la opresión, la violencia y el horror, sin embargo, esta noche algunos valientes han preparado algo para los incrédulos. 

Para abrir cuello, Los asesinatos de la Rue Morgue son relatados con mórbida fineza por un par de detectives que, de golpe, tienen que superar sus miedos más primitivos con tal de esclarecer el par de muertes ―madre e hija― que tuvo lugar en una casa parisina. Acompañado de revólveres y lámparas de mano, el dúo investigador camina cauteloso por las calles francesas hasta toparse con el lugar de los hechos, donde, por sorpresa, será confrontado por las respuestas que buscaba. Tres actores en escena bastan para erizar la cabellera de los presentes, quienes sólo requieren de un proyector de sombras manipulado con precisión al fondo del escenario para sorprenderse ante el sadismo con el cual el delincuente aniquiló los respiros de sus víctimas. 
Acto seguido, la historia de El gato negro es representada bajo los reflectores. Un alcohólico sin remedio zarandea a su mujer hasta dejarla tibia; sin embargo, ese no es el acto por el cual su corazón se agita cuando recapacita sobre su miseria; sino cada vez que escucha los maullidos lastimeros de la que solía ser su mascota favorita, esa que estranguló en medio del delirio etílico. De nueva cuenta, la intervención policiaca pretenderá darle cauce a la sangre derramada, y otra vez los gritos de un ser humano atormentado ambientarán un final tan pavoroso como la mirada honda de ese felino agonizante. 
Cuando un bufón ebrio se pasea entre mesas, abriéndose camino con un quinqué, los ávidos lectores del autor estadounidense descubren que el último acto de la noche ha arrancado: El barril de amontillado. En éste, la hemoglobina se queda en su lugar, circulando entre venas, sin embargo el tinglado verbal que caracteriza al relato mantiene a los espectadores sin descansar la espalda en los respaldos de sus sillas. 

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Es hasta que Ignacio González, Luis Moya y Daniel Ledesma, directores de cada uno de las historias escenificadas, se inclinan al lado de sus actores para así agradecer los aplausos, que las luces se encienden del todo y con ellas sobreviene la calma. Ya relajados, mientras el desalojo del foro tiene lugar, los asistentes comparten risas, aunque es notable cierto nerviosismo; saben que al llegar a casa, sólo por si las dudas, revisarán bajo sus camas y en el interior del clóset antes de echarse plácidamente a dormir.




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