martes, 15 de noviembre de 2011

The Kitchen: Amor y odio a fuego lento

Foto: Marc Brenner / National Theatre


National Theatre de Londres. Del escenario a la pantalla / 15 de noviembre, 2011 / Función única / 
2: 15 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. y Embajada Británica 


Fernando Figueroa 

Antes de dedicarse a la escritura, Arnold Wesker (Londres, 1932) desarrolló varias actividades para ganarse la vida, entre ellas la de repostero en un restaurante. Buen observador por naturaleza, Wesker guardó en su mente todo lo que vio ahí, lo decantó y fue así que pudo crear una obra tan singular como The Kitchen (1957). 
La acción se desarrolla en una gran cocina del West End londinense, donde treinta actores hacen las veces de chefs, lavaplatos, ayudantes y meseras de diversas nacionalidades, quienes sobreviven a la explotación entre codazos, golpes bajos, y sueños sin realizar. El dueño es un anciano que, ocasionalmente, se pasea entre sus empleados para recordarles que están bien pagados y que en la calle hay muchas personas esperando una oportunidad. 
En el primer acto se aprecia la llegada de los trabajadores y la actividad que desarrolla cada uno de ellos; conforme se acerca la hora de la comida, la actividad adquiere un ritmo frenético, al tiempo que se multiplican roces e insultos. Lo que aparentemente era un cálido sitio de trabajo, se transforma en un infierno donde abundan muestras de xenofobia y misoginia. 
Resulta difícil destacar alguna actuación porque estamos ante una obra eminente colectiva; curiosamente, los críticos británicos han alabado en especial a Aline David por su trabajo coreográfico, que resulta deslumbrante. Sin embargo, buena parte de la trama se concentra en Tom Brooke, quien interpreta con brillantez a un tipo (Peter) que se da tiempo para preparar pescados, pelear con sus compañeros, flirtear con una mujer casada y explotar cuando se acumulan las frustraciones. 
El escenógrafo Giles Cadle ha creado un espacio circular que permite el tráfico escénico fluido; la iluminación (Mark Henderson) resulta fundamental para borrar el entorno y enfocar la trama en determinados sitios, mientras que la música (Dan Jones) enfatiza el drama que se esconde tras la cotidianidad. El director Bijan Sheibani se encarga de combinar todos estos ingredientes para crear un platillo que podría llamarse “Perros y gatos al curry”, chascarrillo que aparece en el texto para definir lo que sucede en la cocina. 
El equipo de producción decidió no utilizar ingredientes reales para la elaboración de la comida, aunque las ollas humean todo el tiempo y existen flamas producidas por gas butano. La ausencia de sopas, carnes y postres de verdad sirven de aliciente para la imaginación del espectador, aunque seguramente la aparición de líquidos y sólidos hubieran reforzado la intensidad de este drama naturalista. En el segundo acto queda atrás el frenesí y salen a flote las secreciones malsanas que genera determinado modelo de producción, al que tienen sin cuidado los anhelos del ser humano. Cuando se ha servido el último plato, hay un remanso que sirve para la reflexión entre hombres y mujeres que intuyen su calidad de carne de cañón; algunos tratan de tomar las cosas a la ligera y otros se hunden en el drama. Igual que en la vida real.
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