lunes, 10 de octubre de 2011

Un hombre y dos jefes: Sesión de risaterapia



Foto: National Theatre
One Man, Two Guvnors / National Theatre de Londres. Del escenario a la pantalla /
 10 de octubre, 2011 / Función única / 2:40 hrs. de duración / 
Promotor: Embajada Británica en México – FUAAN Financiera S.N.C. 


Fernando Figueroa
En charla con la revista Time Out de Australia, el escritor Richard Bean dijo respecto a Un hombre y dos jefes: “Quise escribir una comedia accesible, popular, para aumentar la audiencia en las salas y romper con la idea de que el teatro es aburrido, retrógado y sólo para gente que se portaba bien en la escuela”. Y vaya que lo ha logrado, pues al menos en el Lunario la gente no para de reír, y lo mismo sucede en el Adelphi Theatre de Londres, pues Mr. Bean ha creado una obra maestra al adaptar Arlequín, servidor de dos amos, de Carlo Goldoni (1707-1793). 

La obra de Goldoni transcurre en Venecia y cuenta la graciosa historia de un criado que tiene dos trabajos para poder sobrevivir, sin que sus patrones se enteren. Durante un tiempo todo va sobre ruedas, pero las cosas se complican cuando debe atenderlos de manera simultánea. 
Bean traslada la misma anécdota al ambiente gansteril de Brighton, Inglaterra, en los años sesenta del siglo XX, y lo que le agrega de su cosecha es una delicia: sensacionales chistes políticamente incorrectos y situaciones delirantes en las que brilla el elenco de manera inaudita. Sobre todo James Corden (Francis), quien interpreta al pobre diablo que dobletea laboralmente para satisfacer una gula insaciable. 
La glotonería de Francis encuentra su paraíso durante la frenética secuencia en que sirve la cena a sus jefes en dos apartados del mismo restaurante, ayudado por un anciano mesero con pulso de maraquero. Lo que en Goldoni se inscribe en la Comedia del Arte, en Bean se transforma en una comedia de situaciones verdaderamente insuperable. 
No es gratuito que The Guardian la calificara con cinco estrellas, y que su crítico Michael Billington haya dicho que se trata de “una de las más divertidas producciones en la historia del National Theatre”, atribuyendo el éxito a “una perfecta combinación de comedia verbal y visual”. 
La gracia de los diálogos crece enormidades en la boca y gestos no sólo de Corden sino también de Oliver Chirs (el maloso Stanley), Jemima Rooper (en el papel travesti de varón y luego como Rachel) y de todo el elenco, bajo la dirección de Nicholas Hytner. Una banda de skiffle sirve para ubicar los hechos a mediados de los años cincuenta del siglo XX, pero podría prescindirse de ella sin que el montaje perdiera algo fundamental. 
El sarcasmo de Richard Bean es un ácido que perfora a personajes como Margaret Tatcher y los Beatles, así como costumbres provincianas en varios países supuestamente desarrollados, incluido el Reino Unido. 
En resumen: La producción de Nicholas Hytner es el marco perfecto para que los aficionados al teatro de este lado del Atlántico descubran la punzante pluma de Richard Bean, así como el talento fuera de serie de James Corden, quien en Inglaterra es muy conocido por su participación en la teleserie Galvin & Stacey. 
Hytner, Bean y Corden forman una tercia de ases capaz de matar (de risa) a cualquier póker.
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