viernes, 7 de octubre de 2011

André Rieu: Música con risas en vivo

Foto: Nicolás Turchetto / Colección Auditorio Nacional


André Rieu and his Johann Strauss Orchestra: Una noche inolvidable / 7, 8, 9, 10, 11 de octubre, 2011 / 
Cinco funciones / 2:15 hrs. de duración / Promotor: André Rieu Productions, B.V.

Julio Alejandro Quijano
La música ya se escucha pero los músicos no se ven. La alegría de “Seventy-Six Trombones” entra por los oídos y de inmediato se siente el espíritu ligero de los años cincuenta estadounidenses. Pero, ¿dónde están los músicos? La tribuna del escenario sólo está ocupada por André Rieu, así que la reacción natural es voltear al cielo para buscar la posible fuente de esta canción que escribió Meredith Wilson como parte central de la obra de Broadway, The Music Man
Todos apuntan sus miradas a lo alto, hasta que, de pronto, algunos sienten una mano en el hombro. Voltean y encuentran, junto a ellos, el origen de la música: la orquesta Johann Strauss que avanza por el pasillo y saluda. Parecen, sin duda, la boy’s band que toca “Seventy-Six Trombones” para erradicar el pecado de River City, imaginaria ciudad donde transcurre el musical que Wilson escribió en 1957. 
La entrada triunfal de Rieu y sus músicos es, al mismo tiempo, una advertencia: aquí la música se escucha, se ve y se siente. 
Entonces es natural que comience a nevar a mitad de “Snow Waltz”, el vals que popularizó el veneciano Thomas Koschat. Los primeros copos sorprenden y provocan reacciones diversas. Muy pronto se nota que es una escarcha proveniente del paso de gato del Auditorio, pero aún así hay quien saca la lengua para probarlos, otros abren los brazos con la intención de juntar nieve suficiente para hacer un muñeco, e incluso alguno se pone el abrigo para evitar el frío. 
A medio vals, la nieve arrecia hasta convertirse casi en tormenta. Las pantallas gigantes del Auditorio evidencian los malabares de quienes la reciben estoicos en sus butacas: se sacuden los copos de la cabeza y limpian sus empañados lentes. Rieu, divertido, se olvida de tocar su violín Stradivarius de un millón de euros. La música es seguida por su orquesta, la nieve arrecia y el final de “Snow Waltz” coincide con una carcajada multitudinaria. 
André remata: “¡Ya ven que la música puede hacernos sonreír!” Luego cambia la atmósfera con una anécdota: “La música también puede hacernos sentir románticos. Les voy a contar una historia: hace muchos años, cuando yo y mi esposa éramos muy, muy jóvenes, viajábamos por un camino de Holanda a bordo de mi automóvil, que era muy, muy chiquito. Entonces teníamos que estar muy, muy juntos en los asientos. Y en ese viaje, en la radio escuchamos una canción que, desde entonces, ha sido nuestra canción de amor”. 
En labores de cómico especialista en stand up comedy, Rieu no sólo hace pantomima mientras platica ―casi es posible verlo con su rubia y ensortijada cabellera juvenil, al lado de su angustiada esposa, quien tenía que sacar los brazos por la ventanilla del auto compacto― sino que también interactúa con el público al pedir que tomen la mano de su acompañante. 
Se dirige a un hombre en particular: “¿Esa mujer a tu lado es tu esposa, verdad? Tómala de la mano. ¿No es tu esposa? Parece que lo fuera. Pero si no lo es, pues... bueno, no queremos provocar problemas”. El aludido, efectivamente, parece estar metido en un brete romántico porque durante toda la interpretación de “Balada para Adelina” no hace sino sudar copiosamente. 
Lo que sigue es la comprobación de todos los adjetivos que Rieu ha acumulado a lo largo de su carrera: “es un showman infernal”, ha publicado The Guardian; “nunca antes había existido un músico como él”, coincidió la prensa canadiense durante sus presentaciones en ese país, el mes pasado. 
Cierto. Nunca antes se había visto a un director que llama a su lado a un herrero para ocupar el lugar que corresponde al primer violín. Y que en lugar de violín, haya un yunque. Y en vez de atril, dos mazos. Lo infernal viene después: el herrero se despoja de la camisa en un striptease musicalizado por la orquesta, y luego muestra unos músculos que seguramente pactó con el mismísimo diablo. 
La rutina tiene, sin embargo, un sentido: el herrero es en realidad el percusionista de la orquesta, disfrazado como instructor de gimnasio con exceso de anabólicos, e interpreta en el yunque las percusiones de una de las polkas más populares de Strauss: “Feast of Fire”. 
El resto ―una lucha entre el herrero corpulento y un trompetista debilucho, la lujuria de éste último que guarda un corno francés debajo de la crinolina de una violinista― es la filosofía de vida de Rieu, según explica él mismo: “Es muy importante expresar mi positivismo, darle humor al mundo”.

Foto: Nicolás Turchetto / Colección Auditorio Nacional

Tras salir del escenario, luego de un emotivo popurrí que incluye “Time to Say Goodbye” y “Memory”, las luces del Auditorio se encienden de nuevo. El público supone que la orquesta Strauss saldrá otra vez con sus atuendos de gala vieneses del siglo XVII. Pues… no. Sale un mariachi que interpreta “Cielito lindo” y el “Jarabe tapatío”. Igual que con la rutina del herrero y la entrada triunfal, la teatralidad es central en este “homenaje musical a México”. La Orquesta Johann Strauss es, en realidad, la que hace las veces de un mariachi virtuoso y singular: vestido de gala, ellas con crinolinas y ellos de frac, pero con sombreros de charro y corbatines. 
Al comienzo del concierto, el líder había dicho que venía a traer alegría a nuestro país. Con la bandera de México proyectada en la pantalla gigante al centro del escenario, Rieu se despide con el placer del haber cumplido su misión. 

Un Stradivarius femenino 
André Rieu posee el segundo violín que construyó Antonio Stradivari. Pagó por él un millón de euros, pero cada vez que se le pregunta asegura: “El violín no es mío. Siento una gran responsabilidad porque estos instrumentos en realidad pertenecen a la historia de la música; yo lo tengo sólo por un breve periodo”. 
Durante su visita a México, el violín fue un protagonista constante. Durante las entrevistas de prensa realizadas en su suite, Rieu lo mantenía cerca. “Hace un rato, mientras me bañaba, sentí necesidad de tocarlo; me salí de la ducha y lo hice”, confesó en una conferencia. 
Luego, durante el ensayo en el Auditorio Nacional, la tarde del 7 de octubre, el Stradivarius volvió a escena. Junto al atril de Rieu, en su estuche, el instrumento era cuidado por un guardaespaldas. En un momento de receso, el músico confío a su asistente personal: “No quisiera olvidarlo en algún lado. Un violín es como una mujer. Es único. Hay muchas mujeres, pero sólo una es la que amas. Con un violín es lo mismo”. (J.A.Q.



Programa 
Seventy-Six Trombones / Voices of Spring / Blaze Hawai / Heut’ist Der Schönste / Nessun Dorma / Snow Waltz / Ballad for Adeline / Song of Olympia / Amigos para siempre / Feast of Fire / Vilja’s Song / Viennese Blood / Mama / Chianti Song / Second Waltz / Time to Say Goodbye / Memory / The Beautiful Blue Danube / Cielito lindo / Jarabe tapatío

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