jueves, 1 de septiembre de 2011

Monocordio - El Hombre Mosca: Música de altura

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Cine-bar BandaSonoras / 1 de septiembre, 2011 / Función única /
1:17 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. y Cineteca Nacional

David Cortés
Harold Lloyd fue un maestro del humor y en El hombre mosca (Safety Last), considerada una de sus obras maestras, dejó constancia de su arte de hacer reír. La comedia, filmada en 1923, cuenta la historia de un vendedor de almacén que dice a su novia tener un excelente empleo y los engaños que lleva a cabo para no ser descubierto. Verdaderamente hilarante por momentos, el filme incluye una de las imágenes más celebradas del cine silente cuando Lloyd cuelga de las manecillas de un reloj ubicado en un gran edificio mientras abajo se ve circular a los automóviles.



Más allá de que los trucos de filmación impidieron que el actor pusiera en riesgo su vida, lo cierto es que Harold Lloyd (1893-1971) fue un prodigio, pues en agosto de 1919 sufrió un accidente que lo dejó sin los dedos pulgar e índice de su mano derecha; ese hecho no impidió que el actor rodara siempre todas sus escenas de acción y disfrazara las consecuencias de aquel incidente con una guante de goma, adaptado a su piel.
Monocordio, el grupo liderado por Fernando Rivera Calderón y que es más conocido por sus canciones que por sus afanes por crear composiciones instrumentales, hoy pone la música a esta cinta muda. La alienación del grupo es María Emilia Martínez, flauta, kazoo y voces; Adrián López, guitarra; Julio Ordóñez, batería y juguetes; Alonso López, contrabajo; Ángel Leal, trompeta, y Rivera Calderón, piano, sintetizador y voces.
Como introducción escuchamos un tema rápido, sincopado, para los créditos iniciales. Así, la tónica se marca desde ese instante: nada más apropiado para musicalizar las persecuciones acontecidas en la pantalla que una música rápida, vertiginosa, vital y en la cual se advierte el humor.
Rivera Calderón y compañía ilustran las aventuras de Lloyd con pinceladas de jazz, algunos matices de blues, ciertos tintes dramáticos (especialmente en las escenas románticas) y generan leit motiv para algunos de los personajes (el chico, el cómplice), mismos que encontramos en diferentes momentos de la historia. “Sólo traté de montarme en el ritmo trepidante de la historia tratando de traducir en ritmos y atmósferas lo que Lloyd nos dice con gestos y acciones”, dice el compositor.
El recurso, además de prodigarnos con un hilo conductor, funciona también porque los sonidos elegidos son jocosos y chispeantes. Si a ello añadimos el uso de la voz para remarcar ciertos efectos, concretamente diálogos inentendibles de algunos personajes (la abuela, el borracho), y la utilización de algunos juguetes, la resultante es una banda sonora muy dinámica, idónea para acompañar a Lloyd en uno de sus mejores momentos.
La trompeta con sordina, el contrabajo tocado con arco y los teclados que hacen figuras de boogie, sirven de marco a la escalada del edificio, ese momento climático de la cinta que sin duda sirvió de modelo para posteriores rutinas humorísticas; a la flauta y la trompeta les corresponde subrayar las escenas amorosas.

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Al final, el equilibrio y la compenetración de la banda redundan en un soundtrack ameno, divertido y, lo mejor, ideal para las aventuras de un Lloyd que con este trabajo se convirtió en uno de los tres principales comediantes —junto a Charles Chaplin y Buster Keaton— del cine silente.
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