viernes, 23 de septiembre de 2011

Moenia: Tecno pop altruista

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

23 de septiembre, 2011 / Función única / 
1:15 hrs. de duración / Promotor: Fundación Donavida A. C



Alejandro González Castillo
Un hombre cuenta su terrible historia en las pantallas del Lunario mientras, sobre el escenario, un robusto cuerpo de asistentes deshebra la madeja de cables que da vida a los instrumentos de Moenia. Ante la excitación de ver a sus ídolos, algunos asistentes atienden el mensaje del tipo anónimo, quien explica que una extraña enfermedad lo orilla a hacerse una transfusión sanguínea cada quince días con tal de mantenerse vivo. Argumenta que sin la bondad de los donantes, él, como muchas otras personas enfermas, moriría. Una vez que Alfonso Pichardo, Alejandro Midi Ortega y Jorge Soto saltan al escenario, lo gritos eufóricos que provocan son aprovechados para ahondar en el mensaje previo: “Donar sangre toma apenas una hora, el tiempo suficiente para salvar unas cuantas vidas”. 

Fue a mediados de los años noventa del siglo pasado que Soto, Pichardo y Juan Carlos Lozano decidieron juntarse para hacer música, hasta que Alfonso decidió separarse de sus compañeros para continuar con sus estudios. Tras su partida, Ortega se integró al grupo y Lozano tomó el lugar vacante de vocalista. Con esta formación, el grupo tomaría por asalto las estaciones radiales del momento con un disco de título homónimo cuyo sonido se encuentra emparentado con Erasure. Sin embargo, justo cuando el éxito le tendía la mano, Juan Carlos renunció a su puesto para que el cantante original se integrase de nueva cuenta. Desde entonces, el combo ha mantenido su posición en el gusto masivo gracias a una consistente discografía (Adicción, Le Modulor, Televisor, Stereohits, Solar y En eléctrico) y a sus conciertos, muy cuidados a nivel visual recientemente.
Para hoy, el trío no ha escatimado en recursos. Una atractiva pantalla al fondo del escenario y un par de estructuras que emiten luz redondean un espectáculo donde un baterista, una corista y un guitarrista le otorgan cierta personalidad rocker al repertorio de un grupo mucho más cerca de Pet Shop Boys que de Kraftwerk, cuyo panorama lírico gira con insistencia en torno al amor en pareja. Sin embargo, en su afán por otorgarle al público algo más que tecno pop, el conjunto improvisa un breve set acústico donde los suspiros alcanzan su punto climático, aunque siempre regresa a esas historias que encuentran su hábitat natural en la pista de baile. 
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Pese a que el grupo ofrece una versión “sintetizada” del espectáculo ofrecido en el Auditorio Nacional en 2010, las características de un foro pequeño le permite jugar con sus herramientas sonoras y en el punto álgido del show enfrascarse en una improvisación musical orquestada por cada uno de sus miembros desde sus tabletas personales. Aunque, más allá de presenciar la mutación de una computadora personal en un sintetizador, la sorpresa más grande de la noche arriba cuando ese hombre que ofreció su testimonio de vida se acerca a la orilla del escenario para aplaudir entusiasmado las evoluciones de Midi y los suyos. Entonces, las palabras finales del cantante alcanzan proporciones mágicas: “Gracias por estar con nosotros. Lo que sigue es vivir y disfrutar”.
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