martes, 27 de septiembre de 2011

Los Dorados: Sangre fresca para el vampiro

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Cine-bar Bandas Sonoras Presenta: Nosferatu, una sinfonía de horror / 27 de septiembre, 2011 / 
Función única / 1:36 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. y Cineteca Nacional


David Cortés
El Conde Orlock (Max Schrek) se muestra en la pantalla con esos ojos desorbitados que parecen no cerrarse nunca, las cejas pobladas y un gorro de noche. Tal vez, en otro momento, esta escena de Nosferatu, una sinfonía del horror, el filme silente de Walter Murnau de 1922 (una adaptación libre a Drácula de Bram Stoker), mueva a risa; pero hoy la aparición del actor, subrayada por una música tétrica, densa, rayana en el free jazz, hace del instante algo imponente, sobrecogedor.




Los Dorados (Carlos Maldonado, contrabajo; Demián Gálvez, guitarra eléctrica; Daniel Zlotnik, saxofones; Rodrigo Barbosa, batería) le ponen música a la cinta y el reto es hacernos olvidar el score original escrito por Hans Erdmann; no hay que culparlos del atrevimiento, a esta historia del vampiro también le han puesto música Peter Schirmann, Richard Marriott y James Bernard, entre otros.
El grupo convoca a un numeroso público, el mismo que durante una trayectoria de cuatro discos se ha encargado de seguirlos. Esta noche, el inicio va cargado de sonoridades cercanas al bebop; es un acercamiento al jazz más convencional, un movimiento poco usual en la biografía de la banda. Y es que a lo largo de hora y media, la música habrá de bifurcarse en dos tendencias claras.
Cuando en las escenas se perfilan instantes de amor, pasión y romanticismo, el cuarteto opta por un sonido sin complejidades aparentes. Al momento de ambientar las escenas en que impera el horror, lo tétrico y el suspenso, la banda elige una música plagada de texturas y atmósferas, cercana al free jazz y a la improvisación, una dirección bien conocida para los músicos y que exploraran con mejores resultados.
La simiente de esta banda sonora se encuentra, dice el saxofonista, en las diferentes composiciones que han diseminado en su producción discográfica. No obstante, brilla la guitarra de Gálvez que entrega un sonido líquido, difícil de describir, pero muy atractivo al oído. Este instrumento dialoga continuamente con los saxofones y a veces ambos se repliegan para dejar al contrabajo y a la batería cierto protagonismo, el cual se da por la vía de los breves solos.



Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

La mayoría de las veces este enfoque funciona, pues acrecienta el suspenso durante el viaje del barco que lleva al Conde en su ataúd ―en donde mueren misteriosamente todos sus ocupantes― y cuando Hutter, uno de los personajes principales descubre que su anfitrión es un vampiro. El trágico destino de Ellen (la ansiada presa de Orlock) es subrayado por una cacofonía sonora amenazante, que los cuatro sobre el escenario llevan al clímax para cerrar la función y mostrar que, lejos de envejecer, la joya del expresionismo alemán se rejuvenece continuamente a partir de experimentos como el de hoy.
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