miércoles, 17 de agosto de 2011

Metrópolis: Volver al futuro

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
Musicalizada por la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México /
17 de agosto, 2011 / 2:40 hrs. de duración /
Promotor: Cineteca Nacional; Goethe-Institut Mexiko y FUUAN Financiera S.N.C.

Alejandro González Castillo
Ocurrió hace 84 años, en enero de 1927, en Berlín, Alemania. Gottfried Huppertz se plantó frente a la Orquesta Sinfónica de la UFA (Universum Film AG) y, batuta en mano, sincronizó por primera vez los oídos de los asistentes con las imágenes de Metrópolis. Aquella fue la premiere del filme, una cita extraordinaria. Quienes ocuparon las butacas atestiguaron cómo una chica con piel de acero y corazón deslumbrante hacía fluir electricidad por sus circuitos.




Habrían de pasar muchos años antes de que otros espectadores apreciaran la obra maestra de Fritz Lang tal y como fue proyectada ese día, porque tras su presentación en sociedad una buena parte de su trama fue amputada.

Muchos son los señalados como responsables del crimen, el más famoso es Channing Pollock, quien, se dice, fue contratado por Paramount para cercenar la obra con la finalidad de hacerla “comercial”. La única certeza que se tiene al respecto es que el filme no obtuvo la respuesta que se esperaba por parte del público y, ante su inminente fracaso comercial —tan escandaloso como la inversión monetaria que significó su producción— hubo que recurrir al bisturí.
De este modo, durante décadas permaneció extraviada una cuarta parte de su contenido, es decir; el robot de mirada desafiante anduvo cojo, aunque jamás perdió el trote de su encanto.
Esta noche, esa mujer-máquina llamada María vigila los pasos de cada uno de los invitados que, emocionados, entregan su boleto a las entradas del Auditorio Nacional. Encapsulada en una vitrina, la silueta de metal soporta estoicamente los flashazos de la multitud que a codazos se hace de un lugar frente a ella. Ciertamente la Ciudad de México se transforma en el Berlín de hace más de ochenta años y la protagonista de la historia de ciencia ficción vuelve a ser la más querida de la noche.

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
Después de todo, durante años se le ha recordado en los posters, pero también homenajeado, como ocurre con las camisetas que afuera del recinto se venden con su imagen, tal como si de una pop star se tratase. De seguir viva, Brigitte Helm, la actriz encargada de articular los movimientos del ente cibernético, no creería el nivel de delirio que provoca, pero más se sorprendería al enterarse de que, al fin, los trozos de filme que parecían perdidos han sido encontrados para ser presentados de nueva cuenta.
Tras la tercera llamada, José Luis Castillo camina con la mirada hundida en el suelo hasta ocupar su lugar, justo a los pies de la pantalla. La Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México desempolva las partituras que Gottfried elaboró y aguarda las indicaciones de Castillo, tal como sucede con el encargado de hacer correr la cinta en las alturas de los palcos.
Juntos dan arranque a una experiencia que por décadas permaneció hundida en las catacumbas de una ciudad que Thea von Harbou, la esposa del director alemán, ubicó en 2026. Hoy, a sólo quince años de alcanzar la fecha que alguna vez pareció lejana, las luces de los hoteles que flanquean Paseo de la Reforma, las estructuras del segundo piso del periférico, el zumbido eléctrico del Metro y las líneas de humo que dejan a su paso los aviones que surcan el cielo parecieran gritar que el futuro ya está aquí.
Prácticamente todos los asistentes conocen al dedillo la trama de la película, saben el cruel peregrinar que Thea y Lang confeccionaron para los habitantes de una ciudad como la nuestra, de proporciones titánicas. Pero nadie parece inmutarse, mucho menos María, el único robot a la redonda, quien a lo lejos parece bajar sus párpados de metal una vez que las líneas iniciales de la película aparecen: “el mediador entre la cabeza y las máquinas debe ser el corazón”. Mientras tanto, un despistado llega tarde a la función y entre tropezones apenas puede creer lo que ha presenciado de reojo. ¡Juro que la vi sonreír, allá afuera; a la mujer-robot!, exclama cuando a tientas encuentra su lugar en medio de la oscuridad. “¡Shhhh!” Le responde serenamente su vecino de asiento, “respete la proyección de esta obra maestra”.

El tesoro recuperado
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
Como si de una historia de ficción se tratase, repentinamente, cuando todos creían que los fragmentos perdidos de Metrópolis (primera película inscrita en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO) jamás serían recuperados, éstos fueron encontrados bien lejos de Alemania; en Buenos Aires, Argentina.
El filme fue estrenado en el país sudamericano en 1927 por la distribuidora cinematográfica Terr para después formar parte de la colección del crítico y coleccionista Manuel Peña Rodríguez, quien en medio de una crisis monetaria vendió su patrimonio fílmico al Fondo Nacional de las Artes, donde las cintas de la obra de Lang fueron reducidas a una copia negativa de 16 milímetros para luego ser archivadas. Oro puro. Porque aquellas latas embodegadas eran las únicas en el mundo que contenían las escenas faltantes.
Tiempo después, el Fondo Nacional de las Artes donó dicho material al Museo del Cine Porteño y en 2008, Paula Félix Didier, directora del organismo, ordenó que los filmes fueran revisados para comprobar la longitud del metraje; sin embargo, lo que se encontró fue el tesoro que por décadas permaneció extraviado.
La Fundación Friedrich Wilhelm Murnau y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires unieron esfuerzos entonces y decidieron trasladar la cinta a Wiesbaden, para que fuese cuidadosamente restaurada. Fue así como se anexaron 26 minutos inéditos a la trama. La nueva versión de Metrópolis se estrenó en la Berlinale, en febrero de 2010, con bombo y platillo; nada menos que con una pantalla gigante colocada en la puerta de Brandeburgo. (A.G.C.)

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