martes, 24 de mayo de 2011

Sax Son - Berlín, Sinfonía de una gran ciudad: El trote salvaje de la modernidad

Cine-bar BandaSonoras / 24 de mayo, 2011 / 1:05 hrs. de duración /
Función única / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C / Cineteca Nacional

Alejandro González Castillo
El oficio de Walter Ruttman (Frankfurt, Alemania, 1887-1941), además de situarse en el mundo cinematográfico, se localizó también en la pintura y la música; sin embargo, fue su legado fílmico el que le otorgó la inmortalidad, particularmente gracias a una cinta, Berlin: Die Sinfonie Der Grosstadt.


Más de mil escenas —cada una de ellas con una duración promedio de tres segundos y medio— conforman la obra en la cual Ruttman retrata un día común en la vida de la capital alemana, a fines de los años veinte del siglo pasado. Se trata de un análisis minucioso de cada esquina de la ciudad, de cada uno de sus habitantes y sus múltiples estilos de vida, hora tras hora; todo en poco más de 60 minutos.

Una tarea nada simple que requirió de la labor de un equipo de trabajo conformado por Carl Mayer —de quien surgió la idea original del filme tras haber sido guionista del clásico El Gabinete del Dr. Caligari— y Karl Freund —director de fotografía de Metropolis, otra obra de proporciones épicas— y el propio Walter, quienes registraron una cantidad apabullante de imágenes para luego amasarlas en un montaje que, aún hoy, a más de ochenta años de su estreno público, provoca en los espectadores asombro y vértigo.
Trenes, caballos, automóviles arcanos y bicicletas conviven con ancianos, niños, adultos y perros en un vaivén frenético que arranca por la madrugada, cuando la ciudad aún duerme, y continúa con el arribo de los obreros a las fábricas y los periódicos a las calles; sigue con la hora de la comida y la siesta y encuentra su fin con la llegada de la noche, acompañada del deseo carnal y el desenfreno. No hay respiro; de ahí que el trabajo de Sax Son, el grupo encargado de musicalizar el ritmo de los ciudadanos alemanes, parezca simple en primera instancia: acentuar esa velocidad con escalas trepidantes y un pulso eufórico.
Afortunadamente, Gino Soriano, Helios Valdés, Edgar Revilla y Pavel Loaria, quienes soplan el saxofón soprano, alto, tenor y barítono, respectivamente, manipulan de manera tal sus compases que aletargan y aceleran el ritmo de las imágenes con eficiencia, logrando así momentos climáticos; como cuando un vendaval azota la ciudad y el caos es acompañado de un oscilante coro, porque los músicos no se ciñen exclusivamente a pegar las comisuras los labios a las boquillas de sus instrumentos.
Tras los cinco actos que engloba el filme de Walter, la jornada berlinesa exige aplausos para sus miles de actores anónimos, quienes, sin cobrar un quinto, protagonizaron una de las historias más melodramáticas de las que se tenga memoria: la de la cotidianeidad citadina en un momento en que Berlín era un nido de libertad artística y de pensamiento, mismo que el nazismo a partir de 1933 aplastaría.
Por su parte, los espectadores reservan palmas para el cuarteto de músicos que sobre el escenario sonríe mientras guarda sus instrumentos en los respectivos estuches. Unos minutos más tarde, todos se extraviarán en las venas de una ciudad que, como la capital alemana hace décadas, jamás descansa; si acaso dormita por unos segundos para de inmediato retomar el viejo trote salvaje de eso que se sigue denominando modernidad.
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