martes, 3 de mayo de 2011

Melvins / Descartes a Kant: Esto no es grunge, sino rock de hombres


Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional




3 de mayo 2011 / Función única /
1:20 hrs. de duración / Promotor: Festival de México

Alejandro González Castillo
A diario puede escucharse la advertencia en los comerciales televisivos que aseguran vender la cura milagrosa contra los achaques de la edad: después de los treinta, nada es igual. Quienes hoy pagaron su boleto, hace tiempo rebasaron esa edad, así que se supone que sus huesos se debilitan cada día más; sin embargo, ahí están, jaloneándose en medio del slam, esquivando codazos y patadas, recibiendo los baladros de la guitarra de Buzz Osborne directamente, sin preocuparse por el zumbido que éstos van a heredarles.

¿A quién le importa que mañana se sientan los estragos de la tunda? Lo que hay que atender es la actitud de Osborne, quien reta a su público a soportar cada uno de sus rasgueos. El guitarrista sacude su cabeza tal como una cabra hace cuando amedrenta con sus cuernos, sólo que él agita una inmensa cabellera rizada que, ahora puede comprobarse frente a frente, está plagada de canas; fieles testigos de la historia de un grupo que nació en 1983, en Aberdeen, Washington —el pesebre del grunge, el mismo lugar que crió a ese adolescente respondón llamado Kurt Cobain— desde donde propagaría un culto a su alrededor gracias a una consistente y poco complaciente discografía aderezada con las actividades de interesantes proyectos alternos, como Fantômas, PORN y Tomahawk.
Al lado de de Buzz, Jared Warren también afila sus dedos con las cuerdas, pero son Dale Crover y Coady Willis quienes se ejercitan en forma desde los bancos de sus respectivas baterías. El primero lleva hombreras de peluche, cual si fuese un vikingo; el segundo, usa las baquetas como chacos pues su vestimenta es la propia de un estudiante de artes marciales. Uno zurdo, el otro diestro; ambos en perfecta sincronía, desquiciando el equilibrio de los presentes con una metralla rítmica inclemente. Por su parte, la audiencia recibe estoicamente los azotes, algunos definiendo sesudamente cada uno de los compases porque ¿eso que escuchan es metal, proto-grunge, doom o alternativo? El resto prefiere voltear a su alrededor y encontrar coincidencias en los rostros de los demás, en sus camisetas, en su calzado. Después de todo, esta noche una generación extraviada se reúne por vez primera.
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

El cuarteto no pierde tiempo en intercambiar saludos con su público. Trae prisa, pues cuenta con un poco más de una hora para repasar decenas de discos, décadas de ausencia. Pese a lo breve de su presentación, Descartes a Kant, el acto abridor, sufrió la urgencia de la cita al recibir uno que otro grito recriminatorio por parte de la denominada “vieja guardia”, quien encontró en el conjunto de Guadalajara a un puñado de adolescentes jugando a hacer rock. Apenas terminaron de tocar, las coquetas notas de “Rock Around the Clock”, de Bill Halley, pusieron de buenas a un público que observa incrédulamente esos comerciales que anticipan el fin de la plenitud con la llegada de los treinta. Porque aquí, en el Lunario, esta noche no caben adultos contemporáneos, sino tipos duros que saben bien cuál es la diferencia entre el rock inofensivo y el otro rock, ese que orgullosamente denominan como “de hombres”.

Programa

Glass / Evil New War God / Anaconda / Hooch / Honey Bucket / Revolve / Lizzy / At the Stake / Joan of Arc / Night Goat / Sacrifice / With Teeth / The Bit / The Talking Horse / Gimme Pizza / Goodnite, Sweetheart, Goodnite / The Spaniels cover
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