lunes, 11 de abril de 2011

National Theatre de Londres: Los motivos de la Criatura

Foto: National Theatre


Frankenstein, Del escenario a la pantalla / 11 y 12 de abril, 2011 / Dos funciones / 
2:15 horas de duración / Promotor: FUAAN Financiera, S.N.C.


Fernando Figueroa
Algunos días antes del estreno de Frankenstein, el libretista Nick Dear advirtió: “Lo que verán en el escenario y lo que está escrito en el libro (de Mary Shelley) son dos cosas totalmente diferentes”. Frase un tanto excesiva porque la esencia de la novela está presente en el montaje dirigido por Danny Boyle, pero verdadera respecto al punto de vista sobre la historia por parte del adaptador.
Lo que básicamente ha hecho Nick Dear es quitarle la pelota al doctor Frankenstein y dársela a la Criatura; el crítico Michael Billington, de The Guardian, lo ha dicho con perspicacia: “Es como ver La tempestad escrita de nuevo desde el punto de vista de Calibán”. Tal transformación la explica Dear de esta manera: “El reto era integrar todas las piezas sin que el personaje central perdiera protagonismo”.
Desde la primera escena, la mirada de la dupla Boyle-Dear se centra en el singular nacimiento del monstruo —irremediablemente ligado a look cinematográfico de De Niro—, quien surge de una gigantesca placenta artificial; ése será apenas el principio de un largo y tortuoso peregrinar por un mundo ingrato, injusto y corrompido. Si el lector de Shelley conoce los hechos a través del discurso del científico, el espectador del montaje se enfrenta directamente a las consecuencias del experimento.
Director y adaptador consiguen que el público perciba a la Criatura con la misma ternura y comprensión que el anciano y ciego De Lacey, y casi logran justificar sus crímenes, pues siempre llegan precedidos de actos bochornosos cometidos por seres normales; en el peor de los casos, las facturas morales son endosadas de inmediato a Víctor Frankenstein, el hombre que quiso ser Dios.
En la puesta de Boyle (Trainspoting, ¿Quién quiere ser millonario?), la Criatura deambula por territorios inhóspitos que parecen reales: una noche roba comida en el campo y recibe una paliza de tipos que viajan en un tren que realmente irrumpe en el escenario; la lluvia cae en otro sitio donde crece el pasto; aparece fuego al incendiarse la casa del ciego; el secuestro del pequeño hermano de Víctor se produce en el muelle de un lago casi oculto por la neblina, y la última escena se lleva a cabo en el helado Ártico.
El mayor logro es la creación de una permanente atmósfera de pesadilla, agudizada por la música de Underworld. Un gran candil de tres mil focos, que pende sobre el escenario y las butacas, se enciende de manera intermitente, provocando la impresión de que Boyle interroga al público acerca sus actos discriminatorios en la vida real.
El final sí es totalmente diferente al de Shelley, pues en la novela muere Víctor Frankenstein y la Criatura anuncia que muy pronto se suicidará. Nick Dear, por el contrario, permite que ambos sobrevivan para que el doctor se convierta en esclavo del monstruo. Esa inversión va más allá del libreto, pues durante la temporada londinense los actores Benedict Cumberbatch y Jonny Lee Miller encarnan alternadamente los papeles principales.
Nadie crea un monstruo sin dejar de convertirse en uno de ellos.
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