sábado, 23 de abril de 2011

Capriccio: Sublime y trivial testamento

Foto: The Metropolitan Opera.




En vivo desde el Met de Nueva York / 23 de abril, 2011 / Función única /
2:30 horas de duración /
Promotor: FUAAN Financiera, S.N.C.

Fernando Figueroa
Cuando Renée Fleming estudiaba ópera en Alemania, asistió tres veces a ver Capriccio, de Richard Strauss (1864-1949), y se dijo a sí misma que en el futuro ella tenía que interpretar el papel de la condesa, sobre todo por la mítica escena final, en la que ese personaje aparece a solas durante casi 20 minutos. Como espectadora, la soprano estadounidense solía llorar a mares durante todo ese fragmento, y ahora que su sueño se ha hecho realidad al protagonizarlo, debe contenerse para no derramar lágrimas en el escenario.


Esto lo dice ella misma afuera de su camerino ante la cámara de video, en exclusiva para quienes ven la transmisión en vivo, vía satélite. A la reina del Met le parece extraordinario que Strauss haya hecho una ópera ligera, “trivial”, en medio de la Segunda Guerra Mundial, cuando el régimen alemán hubiera deseado de él una obra patriótica y nacionalista.


Lo que hizo Strauss, con ayuda del libretista Clemens Krauss, fue un divertimento, una ópera sobre la ópera, una reflexión acerca de qué es más importante dentro de ese arte: la música o la palabra. La anécdota gira en torno a la disputa entre el poeta Olivier (Russell Braun, barítono) y el compositor Flamand (Joseph Kaiser, tenor), quienes argumentan a favor de sus respectivas disciplinas para conquistar a la bella condesa (Fleming).

La historia se desarrolla en un solo acto, dentro de un mismo espacio: la casa veraniega —a las afueras de París— de la condesa y su hermano el conde (Morten Frank Larsen, barítono), donde están reunidos los suspirantes, la veterana actriz Clairon (Sara Connolly, mezzosorpano), el productor La Roche (Peter Ross, bajo) y los dueños de la finca. Todo sucede la víspera del cumpleaños de la muy admirada mujer, quien al día siguiente sería agasajada con un espectáculo organizado por La Roche.

Los invitados, testigos de la competencia amorosa que ahí se lleva a cabo, también externan sus opiniones acerca de cómo debería ser una ópera ideal. El productor se burla de los larguísimos dramas que, según él, sólo sirven para que las clases altas se reúnan a platicar antes y después de las funciones, y para que cabeceen en sus butacas; por el contrario, elogia las obras cómicas, que realmente divierten a toda clase de público. El conde, por su lado, defiende el teatro porque él es un actor, además de que está enamorado de la gran diva Clairon, a quien ve como el prototipo de la realización profesional.

Olivier lee en público un poema amoroso dedicado a la condesa, quien se emociona pero con ciertas reservas; Flamand musicaliza esos versos y los canta sentado ante un clavecín que él mismo toca. El compositor opina que la métrica es una cárcel, y el escritor dice lo mismo acerca del ritmo. La dama en disputa funge como mediadora al comentar que “las palabras cantan y la música habla, el arte tiene una sola patria, la ópera es un espejo mágico que nos refleja a todos”.

El productor solicita que hagan acto de presencia un par de bailarines clásicos, quienes ofrecen una pequeña muestra de sus habilidades, al tiempo que el conde afirma que esa disciplina es capaz de retar a las leyes de la gravedad. La Roche también llama a un par de cantantes de la escuela italiana, para demostrar que el bel canto es superior a los “aburridos recitativos”.

En esta producción de John Cox, todos los intérpretes encajan a la perfección en sus personajes, logrando así un microcosmos enteramente creíble, sin importar que la historia se desarrolle en Francia, se cante en alemán, que el elenco provenga de varios continentes y que el vestuario no corresponda exactamente a la época indicada. La escenografía, esa sí, recrea con eficacia un château del siglo dieciocho, espacio elegido por Strauss para que el público de su época olvidara la amarga realidad.

Al acercarse el final, dos escenas alcanzan la cumbre; la primera de ellas, cuando ocho personajes cantan diferentes parlamentos a la vez, y la segunda, en el momento en que los sirvientes se pitorrean de los gustos musicales de sus amos. Entonces todo queda listo para que Renée Fleming se apodere del mundo y exponga que las palabras ansían entrelazarse con la música para alcanzar una redención única y total.


Un compositor progresista y conservador

* En la charla introductoria, Sergio Vela definió a Richard Strauss como un compositor progresista y conservador al mismo tiempo, y Capriccio una mezcla perfecta de trivialidad y lo sublime.

* Vela recordó que Clemens Krauss murió en el Distrito Federal. Krauss no sólo era libretista sino un reconocido director de orquesta, que estuvo al frente de la Filarmónica de Viena entre 1944 y 1945. El 16 de mayo de 1954, a los 61 años de edad, dirigió a la Orquesta Sinfónica Nacional en Bellas Artes y horas después falleció en un hotel de la Zona Rosa, víctima de un paro cardiaco.

* Renée Fleming comentó que Strauss no abandonó Alemania durante la guerra porque se quedó a proteger a su nuera (Alice von Grab, hija de un acaudalado industrial judío) y dos nietos.

* Andrew Davis, quien estuvo al frente de la orquesta del Met en este Capriccio, ha dirigido casi cien funciones en el recinto, desde su debut en 1981. La ópera inicia con un delicado e inusual sexteto de cuerdas, y en el transcurso de la misma surgen alusiones musicales a obras del propio Strauss y de otros compositores.

* Capriccio se estrenó el 28 de octubre de 1942, en el Teatro Nacional de Munich; fue como un testamento operístico de Richard Strauss, pues no volvió a incursionar en el género. (F.F.)

Reparto
Renée Fleming: La Condesa
Sarah Connolly: Clairon
Joseph Kaiser: Flamand
Russell Braun: Olivier
Morten Frank Larsen: El Conde
Andrew Davis: Director musical



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