domingo, 27 de marzo de 2011

Don Quijote: Dulcinea gitana

Grandes Ballets del Mundo / 27 de marzo, 2011 /
2:30 hrs. de duración / Función única / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C.
Fernando Figueroa
En la más grande pantalla de alta definición de la ciudad de México se han visto fastuosas óperas en vivo del Met de Nueva York, conciertos legendarios de figuras de la música popular y películas de gran manufactura. Ahora toca el turno a los Grandes Ballets del Mundo, y el primer ciclo inicia de forma prominente con Don Quijote, del Ballet Bolshoi.
Basada en la obra homónima de Miguel de Cervantes, esta coreografía en tres actos fue creada en 1869 por Marius Petipa, con música de Ludwig Minkus. Alexander Gorsky la reconstruyó en 1900 y ahora la compañía rusa ofrece una nueva versión de Alexei Fadeyechev, dirigida por Alexander Kopylov, con escenografía de Sergei Barchin que va de lo sublime a lo convencional.
El prólogo comienza no con esbeltos bailarines, como pudiera pensarse, sino con dos artistas que encajan a la perfección en los papeles de Alonso Quijano (Alexei Loparevitch) y Sancho Panza (Alexander Petukhov); el primero, muy alto y delgado, atiborra su mente con novelas de caballería, pierde el juicio y le da por recorrer el mundo —ya como Don Quijote— para desfacer entuertos y salvar doncellas, acompañado de su escudero, un vecino gordo y chaparro, labrador para más señas.
El cuerpo de baile y los solistas aparecen en una plaza de Barcelona, con un bellísimo mural impresionista a manera de paisaje porteño. El ambiente es de fiesta flamenca, con gitanos garbosos que se desplazan en un espacio amplio; Natalia Osipova muestra de inmediato su virtuosismo, al igual que Ivan Vassiliev, quienes interpretan a Kitri y Basilio, cuya relación amorosa enfrenta la oposición de Lorenzo (Egor Simachev), padre de ella. La pareja estelar se regodea en saltos y giros de alto grado de dificultad, aunque el primer acto está hecho para que luzca más el personaje femenino.
Cuando aparecen Don Quijote y Sancho Panza, el ingenioso hidalgo confunde a Kitri con Dulcinea, y al papá con un noble de gran alcurnia. La verbena popular continúa con la aparición del torero Espada (Andrei Merkuriev), quien realiza espectaculares maniobras con el capote, sutilmente relacionadas con suertes de la fiesta brava como los faroles y las zapopinas.
La acción se traslada a la posada de Lorenzo, quien desea casar a su hija con el acaudalado Gamache (Denis Savin). La taberna es un espacio cálido y creíble, donde Kristina Karasyova y Anna Antropova se muestran como un par de gitanas que dominan a la perfección los cambrés (arqueos del cuerpo al límite), que provocan aplausos.
Más tarde, la imagen en penumbra del campo resulta bucólica, poética. El caballero andante y su compañero son testigos de una escenificación de teatro guiñol, que al primero le parece real; se inmiscuye y destroza el escenario, para luego arremeter contra los molinos de viento y salir gravemente herido. Mientras convalece, Don Quijote sueña a Dulcinea entre 40 ninfas; es la hora de los tutús y el clasicismo, cuando se muestra al máximo la experiencia de una institución dancística más que bicentenaria.
La historia finaliza en el castillo de unos duques que han dado posada a Don Quijote y su escudero. En este momento, la escenografía no es tan imaginativa como en otros pasajes, pero sirve bien como marco para el reencuentro ente Basilio y Kitri, quienes se casarán gracias a la intercesión del caballero de la triste figura. Ella es confundida nuevamente por el hidalgo; Sancho, haciendo uso de su proverbial sentido común, le hace ver que se trata de la hija de Lorenzo.
La fiesta concluye con un pas de deux con variaciones y coda que muestran a Vasilyev y Osipova en el cenit de sus carreras, sobre todo ella, quien en los frenéticos giros logra ser Kitri y Dulcinea de manera alternada, en un efecto óptico inolvidable.
A la hora de los saludos finales, Osipova se ve exhausta, sin ganas de regalar una pirueta extra; entonces entra al quite Vasilyev, quien en el aire toca las puntas de sus pies con las manos y rubrica así una función exquisita.

Dos siglos os contemplan
La prehistoria del Ballet Bolshoi se remonta a 1773, cuando un grupo de entusiastas inicia clases de danza folclórica en un orfanato de Moscú. En 1776 comienzan actividades profesionales en una propiedad particular y varios años más tarde se trasladan al teatro Petrovsky. En 1825, bajo la dirección de Adam Gluszkovsky —fundador del ballet clásico ruso—, se mudan al Teatro Bolshoi, donde comparten casa con la compañía de ópera.
Grandes coreógrafos como el propio Gluszkovsky, Carlo Blasis, Marius Petipa y Alexander Gorsky le han dado lustre a la institución; Gorsky asume la dirección en 1878, donde permanece hasta su muerte, incluso en el periodo de la Revolución. Durante la segunda mitad del siglo veinte, el Ballet se consolida al ser transferidos a Moscú bailarines de varias compañías de la Unión Soviética, proceso que se detiene a finales de los ochenta, con la implementación de la llamada Perestroika.
A pesar de toda clase de vaivenes, su prestigio permanece incólume. Desde julio de 2005 se presentan en un espacio alterno porque el Teatro Bolshoi está en reparación desde entonces, aunque ya se avizora una espectacular reinauguración en octubre de 2011, luego de que se han invertido ahí alrededor de mil millones de dólares. (F.F.)

Elenco
Alexei Loparevitch: Alonso Quijano / Don Quijote
Alexander Petukhov: Sancho Panza
Natalia Osipova: Kitri / Dulcinea
Ivan Vassiliev: Basilio
Egor Simachev: Lorenzo
Alexander Kopylov: Dirección
Alexei Fadeyechev: Coreografía
Alexander Kopylov: Director musical
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