viernes, 4 de marzo de 2011

DLD: Una noche subliminal

Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional
4 y 5 de marzo, 2011 / 2 funciones / 1:40 hrs de duración / 
Promotora: Sinai Pantoja
Alejandro González Castillo

De manera oficial, quien se anuncia hoy en concierto es DLD; sin embargo, Paco Familiar ya saludó a la asistencia con un “buenas noches, nosotros somos Dildo”, echando así por la borda los esfuerzos del grupo por cambiar su nombre hace algunos años, cuando unos cuantos consideraron que el viejo apelativo resultaba un tanto ofensivo.
Acompañado del bajo de PJ Hansen, la batería de Rodrigo Vieira y la guitarra de Erick Neville, el cantante interpreta un cover de “No estoy triste”, una cumbia popularizada por Internacional Carro Show y que llevó al conjunto que comanda Familiar a ser finalista de un concurso radiofónico en 2003, cuyo segundo premio consistió en grabar un disco del cual se desprendió “Dixie”, sencillo que rotó de manera insistente en algunas estaciones de radio del país y que hoy se distingue por hace cimbrar el suelo del foro.
Acompañado de un tecladista anónimo, el cuarteto aparece sonriente, bebiendo whisky para brindar con un público cuyo mayor porcentaje se encuentra dominado por chicas que suben a los hombros de sus acompañantes, desde donde muestran sus encantos. Y no podía ser para menos; ésta es su “noche subliminal”, donde acatan la orden que se lanza desde el escenario: “Vuela libre, / ahora tu mente lo pide”.
El sonido es áspero y admite pocos matices —en algún momento se permite la intromisión de un poco de funk, pero no más— debido a que Paco y los suyos crecieron escuchando grunge, por allá en 1998, en Ciudad Satélite. De este modo aprovecharon la energía del sonido de Seattle para luego diluirlo con el azúcar proveniente de un contenido lírico comprometido con la añoranza celeste y la seducción femenina. A su debut homónimo agregaron Modjo (2005), Ventura (2007) y Por encima (2009), todos poseedores de una química sonora que hace pensar en una especie de Soundgarden enamoradizo y ensoñador. 
Foto: Chino Lemus / Colección Auditorio Nacional
Mientras PJ coquetea con su fans en las esquinas del escenario, Neville lucha por solucionar un problema eléctrico que se prolonga lo suficiente para que Vieira y el cantante mantengan al público ocupado con una versión emergente de “20 minutos”. Cuando al fin la normalidad se reestablece, “Suicidio número 3” aviva el fuego. Los segundos ya corren en cuenta regresiva con el arribo de “Un vicio caro”, en cuyos compases yace el último suspiro antes de la explosión final. “Por siempre” —con su claro homenaje a The Who— significa la hecatombe. Luego de ella, los músicos escapan de los reflectores con el sudor enfriándoles la piel. “Esta es la patada de la buena suerte”, comentaron respecto a su debut en el Lunario antes de quitarse los instrumentos de encima, una sentencia que sus invitados escucharon mientras ellas se acicalaban y ellos bebían un sorbo de cerveza, ya con los hombros libres de peso.
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