martes, 29 de marzo de 2011

Carla Borghetti / José Miguel Moreno: Dos frutos, una raíz


Con-cierta Independencia / 29 de marzo, 2011 / Función única /
2:31 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N C.

David Cortés
Antes de que la tecnología oficializara un mundo globalizado, ya la música había estrechado las distancias. Hoy, en una especie de iluminación, las imágenes del cantaor y de la exponente del tango parecen encontrarse, tocarse, hacerse una… aunque jamás estuvieron juntas sobre el escenario.
El milagro opera porque entre el arte de José Miguel Moreno y el canto de Carla Borghetti son más las simetrías —el tango entre ellas— que las diferencias. Ambos hurgan en sus raíces, pero están imposibilitados, por sus vivencias, experiencias y contextos, a reproducirlas límpidamente; en vez de eso, escuchamos una música híbrida, una música que, lejos de la celosa observación de los puristas, ha logrado mantenerse vigente y viva.
Por la sangre de José Miguel habla el flamenco saludablemente contaminado, abierto al mundo. Apoyado en el grupo Metal y Madera, Moreno abre con un tema interpretado según los cánones de la ortodoxia. Después esta expresión se desdobla hacia la fusión con tintes de jazz, son cubano, tango, flamenco rock. El cantaor invoca a figuras como el grupo andaluz Pata Negra y el pianista gaditano Chano Domínguez, y mientras palmotea observa como una bailora interpreta con movimiento aquello que él canta, aún a sabiendas de la imposibilidad de igualar el uno con el otro.
Carla Borghetti y su Compañía de Tango Nómada exploran el dolor. Van de composiciones de Astor Piazzola, a temas de películas, poemas de Julio Cortázar y canciones del alemán Kurt Weill. Ella también recurre al baile, a una pareja que ancla la letra de sus canciones, impide los equívocos y dramatiza las escenas, las realza y las acerca al teatro, al cabaret.
Desenvuelta y expresiva, la fémina no duda en utilizar recursos para atrapar y atraer a los asistentes. Ora baja del escenario para acrecentar la intimidad, ora acomete una canción de Boris Vian mientras sus bailarines subrayan plásticamente lo que en las letras se reduce a efímeros signos. Las más de las veces, como a José Miguel Moreno, le domina la tristeza y cuando uno cree que el mundo se le hará añicos allá arriba, encuentra un asidero de esperanza en una ligera inflexión de alivio que tiñe sus canciones con otra faceta.
Imposible no dejarse subyugar por un par de cantantes que han encontrado puntos de contacto a pesar de haber crecido en distintas geografías, de artistas para quienes la voz, no obstante sus variados matices, está al servicio de un mismo fin: rascarle a la vida hasta desmenuzarla.
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