viernes, 30 de abril de 2010

Sound of the Blue Heart: Johnny, de todos modos Juan te llamas


Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

30 de abril, 2010 / Función única / 3:15 horas de duración / 
Promotor: Edwin Albert Koehm Serrano 

David Cortés
Se acerca el final y Johnny Indovina anuncia unas canciones “para los hardcore fans”. Es su manera de afirmar que sí, algún día fundó, perteneció y dio alma al grupo Human Drama, pero eso forma parte del pasado y hoy es la noche de Sound of the Blue Heart, proyecto con el cual visita por segunda ocasión el Lunario.
El comienzo es dubitativo, sobre todo en la respuesta del público, una legión muy fiel de fanáticos que, sin embargo, aún no acaba de abrazar y aceptar en su totalidad a la nueva banda del vocalista. Cierto, él es un personaje extraño en su look, como salido de una historia de Edward Gorey, de apariencia victoriana. Seguramente en su país de origen, Estados Unidos, es un músico local que apenas alcanza el culto; sin embargo, en México la historia de Indovina es diferente.
El sonido gótico, oscuro, denso, no ha quedado de lado, pero ahora es arropado en una instrumentación convencional (Michael Mallory, bajo; Gregg Burns, guitarra y teclados; Timothy Grove, guitarra; y Peter Straw, batería), con menos colorido, sin flautas ni violines; las composiciones son más directas y espontáneas, y la voz suena crepuscular. Indovina inicia con un susurro y jamás termina en el paroxismo; sin embargo, en el camino sabe cómo ser expresivo y transmitir un caudal de emociones. 
A veces es tan intenso que uno no necesita entender inglés para saber que algo, una cicatriz, una llaga, es lo que habla e interpela a los presentes, una audiencia variopinta que, como pocas, apapacha a su intérprete. Él está nuevamente entregado pero le cuesta trabajo conducirlos al clímax. Tal vez por eso la concesión, la breve visita a Human Drama, aunque en realidad fue la manera con la cual Indovina y compañía clausuraron una etapa sin por ello sepultarla definitivamente.

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

El encore no es apoteósico, pero sí intenso. Aquí, el cantante aprovecha para dar las gracias a Drei, el grupo abridor, y luego se despoja de cualquier posible atadura, deja el preciosismo a un lado y canta con el estómago, con las heridas de su alma. No es un milagro, al final encuentra el punto de comunión, el equilibrio entre él, su banda y los asistentes. Y no importa que la consumación tardara tanto y durara tan poco, sino que se lograra. No fue una celebración exultante, pero sí una fiesta interior, casi mística.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Se ha producido un error en este gadget.