viernes, 26 de noviembre de 2010

Juan Carlos Rodarte: El prestidigitador y sus demonios



Déjà Vu / 25 de noviembre, 2010 / 2:00 horas de duración /
Promotor: Imagic Group: Ilusionismo y Entretenimiento S.A. DE C.V.

Alejandro González Castillo
Un hombre de mirada retadora aparece detrás de una sábana satinada cuando un par de chicas escapa de un ropero que previamente lucía vacío. Hay bailes provocadores por parte de ellas y ráfagas centelleantes escapando de las manos de él, quien se deshace de su capa para recordar cómo solía ser su vida antes de enfrascarse en un hechizo del cual le resulta imposible escapar.


Y es que el sujeto se encuentra “atrapado en la trampa del tiempo, en un instante que se repite hasta el amanecer”. ¿La causa? Alguna vez fue lo suficientemente arrogante como para creer que con sus actos de magia podría ganarle una partida de póker al mismísimo diablo; apostó su libertad y por eso hoy se presenta ante el público así: ansioso por recuperar su viejo estilo de vida, como un mago común y corriente.

Para conseguir su objetivo, tiene que superar las tres pruebas que Lucio –la encarnación de Satanás– le ha preparado. En primer lugar, necesita provocar los aplausos del público con un acto sorprendente, algo de lo más simple si se considera que Juan Carlos Rodarte es el único mago mexicano que ha obtenido un premio en el Campeonato Mundial de la Federación Internacional de Sociedades Mágicas.
Es así que, a ritmo de swing, una mujer se deshace de su anillo de compromiso para que éste aparezca ante los ojos de todos dentro de una máquina expendedora de golosinas. Un gran movimiento, sin embargo, el ente infernal tiene preparada una segunda prueba mucho más complicada. Aunque finalmente no consigue atravesar al prestidigitador con cincuenta afilados cuchillos, el retador propone al cautivo doblar un objeto con el poder de su mente, una orden obedecida de inmediato con la ayuda de una copa rebosante de vino tinto. La ovación no se hace esperar, pero el diablo la aplaca al recordar cuando dobló las torres gemelas, hace ya algunos ayeres.
El tercer reto resulta ser el más complicado de todos: predecir el futuro. El ilusionista se ve forzado entonces a adivinar las respuestas de tres preguntas que aún no han sido formuladas a personas que serán elegidas al azar. Asunto complicado, sin embargo el mago consigue su objetivo. Así que Lucifer lo reta a un juego final de cartas donde las mañas del maléfico se confrontan con el arma más poderosa de Rodarte: la posibilidad de hablar consigo mismo. “Si le presto atención a mi voz interior, lograré librarme del diablo”, medita el desvalido. Y justo eso sucede; entre relámpagos cegadores, el hombre escapa de las redes que no le permitían gozar de su oficio mágico en el Lunario para volver al presente que alguna vez abandonó debido a su soberbia.
Para desgracia de quienes acaban de pedir un trago más, el ilusionista desaparece del escenario en un chasquido. Volverá, ya sonriente y abrazando a su otrora enemigo, pero eso sí, las cuentas de los comensales permanecerán intactas. Porque un hombre y sus demonios pueden darse la mano, pero los monederos y la magia jamás serán buenos amigos.
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