viernes, 4 de febrero de 2011

Joan Manuel Serrat: Miguel, Tarrés y el psicoanálisis



Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
Gira Hijo de la luz y de la sombra / 4 de febrero, 2011 / 2:10 hrs. de duración /
Función única / Promotor: Erreele Producciones S.A. de C.V.


Alejandro González Castillo
Joan Manuel Serrat toma el micrófono y recita a solas: Me llamo barro aunque Miguel me llame. / Barro es mi profesión y mi destino / que mancha con su lengua cuanto lame. / Soy un triste instrumento del camino... Sus músicos miran hacia el suelo y el público escucha atento. Luego agrega de su cosecha: “Venimos con un manojo de poemas de Miguel Hernández, quien falleció a los 31 años de edad a manos del franquismo”; es así como se cierra el trato, como se entiende que la palabra es primero. Por ahí alguien grita a todo pulmón “¡Viva la República!”; sin embargo, Serrat ya está ordenando a sus compañeros que ejecuten “La palmera levantina”. 
Y no es que desconozca aquel grito de batalla; al hombre qué le cuentan de contracorrientes políticas y de incorrección poética. Ya antes se colgó el apellido de exiliado y hoy día tiene más claro que nunca eso que dicta “Disculpe señor”: Carlos Marx está muerto y enterrado. Para utopías, el cantautor ha preferido quedarse con la poesía.
El catalán viene a repasar a conciencia Hijo de la luz y de la sombra, su reciente homenaje discográfico al poeta de Orihuela, y la audiencia se lo permite sin un solo pero. A cambio, arroja piropos —“hermoso” y “bárbaro”, son los adjetivos más invocados— y ovaciones de pie a un intérprete que, ceremonioso, desabotona su saco, toma asiento y abraza la guitarra para recordar las palabras que Charles Chaplin puso en los labios de Monsieur Verdoux: el número enaltece el crimen, “porque matar a un hombre es asesinato, pero asesinar a millones significa patriotismo”. De ese modo, apenas apoyado por seis cuerdas de nylon, se descubre que, en realidad, la presencia del sexteto de músicos que le hace compañía podría pasar desapercibida, y no porque el ropaje instrumental sea penoso; lo que ocurre es que Joan Manuel tiene todos los oídos puestos en su boca, ahí, donde nacen los verbos que se repiten minuciosamente al llegar a casa, donde a su vez se convierten en mandamientos. Bien pudo pisar el escenario con una pandereta como único recurso y la respuesta hubiese sido similar. Así, tras despreciar a todas las tristes guerras / si no es amor la empresa, ofrece un tratado filosófico sobre el tiempo y la profundidad con “Menos tu vientre”, claro, bien anclado al ombligo femenino. 
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
Luego aparece ese tal Tarrés, que camina p’atrás (su alter ego creado en 2000). Y con él viene la tanda de temas que el intérprete desmenuza mirando hacia el pasado, con sumo cuidado debido a que “al retomar temas viejos uno corre el riesgo de hacer el ridículo”. “Mediterráneo” y “Cantares” son visitadas una vez más y obtienen un recibimiento que hace dudar aquello de que su interpretación resulta peligrosa. Más cuando aparecen con anécdotas de antaño, como la primera visita a América, específicamente a Brasil, con el tecladista que hoy lo acompaña, Ricardo Miralles. Y como el público también quiere recordar a punta de tonadas, no cesa de gritar. Piden una por ahí, otra por allá; todos quieren que su canción pase lista. Por su parte, el catalán recibe las peticiones sorprendido, pues vienen con regalos que aparecen a sus pies: flores, libros e incluso recados cuyo contenido le provocan sonrojo. “Exprésense, exprésense. Así lo recomiendan los psicoanalistas. Es lo más saludable”, ironiza. 
El cambio de trote ha pasado prácticamente desapercibido. Tarrés ha tomado la estafeta del show con limpieza. Y pese a que dice aburrirse ahora que vive “en la salud y el celibato”, entre canciones presume no requerir de un psicoanalista debido a que se desahoga en los conciertos; “tengo un amigo que se echa en un diván para que su terapeuta le diga: ‘habla, habla, tú sigue hablando’. Mientras tanto, yo hago lo mismo en mis conciertos, sólo que a mí no me cuesta plata, de hecho ¡yo soy el que cobra!”. Con “La fiesta” instaurada y las reflexiones solemnes a años luz, miles de personas abandonan el inmenso consultorio en que se ha transformado el Auditorio con una nueva profesión sobre la espalda. El diagnóstico es positivo, pues el paciente se ha desahogado por más de dos horas, así que se merece un nutrido aplauso como recompensa.

De poetas, obras y canciones 
Miguel Hernández (1910-1942), no ha sido el único poeta al cual ha recurrido Joan Manuel Serrat para musicalizar su obra, pero sí el único que ha llenado un par de álbumes del catalán con sus palabras. El primer encuentro entre ellos ocurrió en 1972, en Miguel Hernández, un disco que aloja una decena de poemas del oriolano, de entre los cuales sobresalen “Nanas de la cebolla” (musicalizado por Alberto Cortés) y el emblemático “Para la libertad”. 
El segundo acercamiento tuvo que esperar 38 años, su título: Hijo de la luz y de la sombra. Ante los ojos de los lectores, durante esos años la obra publicada de Hernández creció considerablemente; pasó de mil a dos mil quinientas páginas con la aparición de Obras completas, en 1992. Todo un logro si se toma en cuenta que al momento de su fallecimiento, el legado impreso del autor no alcanzaba las quinientas páginas, un número que el franquismo y sus medios represores se encargaron de reducir a alrededor de doscientas. 
Serrat también ha recurrido a la obra de Joan Salvat Papasseit, Mario Benedetti, Federico García Lorca, Eduardo Galeano, Jaime Sabines y, por supuesto, Antonio Machado. (A.G.C.

Programa 

Tres heridas / La palmera levantina / Las abarcas desiertas / Dale que dale / Elegía / Si me matan, bueno / Menos tu vientre / El hambre / Nanas de la cebolla / Hijo de la luz y de la sombra / Para la libertad / Tarres / Sinceramente tuyo / La bella y el metro / Princesa / Mediterráneo / Los recuerdos / Disculpe el señor / Pueblo blanco / Hoy puede ser un gran día.
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