sábado, 26 de febrero de 2011

Ifigenia en Táuride: Susan y Plácido contra las Furias

En vivo, vía satélite desde el Met de Nueva York / 26 de febrero, 2011 /
2:35 hrs. de duración /  Función única / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C.


Fernando Figueroa
Antes de que se levante el telón, Peter Gelb, director general del Met, tiene algo que anunciar al público reunido en el Lincoln Center (y en los recintos donde se recibe la señal vía satélite). Tiene una mala noticia: algunos miembros del elenco sufren gripe severa. Antes de que haya tiempo para pensar en lo peor, agrega que todos cantarán, incluidos Plácido Domingo y Susan Graham, quienes encabezan la lista de enfermos. Y se da el lujo de hacer una broma: “Posiblemente, las toses de ustedes serán hoy replicadas de este lado”.


Si el señor Gelb no hubiese hecho tal aclaración, muy pocos se habrían dado cuenta de que el tenor español y la mezzosoprano estadounidense cargan con el molesto virus, pues sus interpretaciones son casi perfectas. En las entrevistas del intermedio, con mucha gracia, Graham saca del pecho un pañuelo negro, que hace juego con su vestido, y señala que afortunadamente no se ha visto obligada a usarlo en escena. Ella y Domingo bromean al respecto con la entrevistadora, que en esta ocasión es Natalie Dessay.
La cámara sigue a los divos hasta sus respectivos camerinos, donde, ya relajados, se dan el lujo de mostrar su malestar físico con ligeras carrasperas, las que mágicamente desaparecen durante la representación. Lo que inicialmente parecía una función malograda se convierte en un éxito más de la intérprete nacida en Nuevo México y del tenor que recién festejó su cumpleaños 70, quien además se da tiempo para enviar un saludo especial a México, que es recibido con algarabía en el Auditorio Nacional.
Coqueto, Plácido Domingo afirma que quisiera ser el amante de Susan Graham y no el hermano, como en este caso. Él es Orestes; ella, Ifigenia. Ambos son hijos de Agamenón y Clitemnestra, fallecidos en circunstancias trágicas. Clitemnestra había asesinado a su esposo porque él, a su vez, sacrificó a su hija como requisito para que la diosa Diana permitiera el viaje de las tropas griegas a Troya; Orestes mata a su progenitora para vengar al padre. Y en medio de tal carnicería, nadie se entera de que Ifigenia realmente no murió, sino que fue llevada por Diana a Táuride. Todo esto, sólo como necesario antecedente a la historia de Iphigénie en Tauride.
El destino quiere que Ifigenia sea la encargada de matar a Orestes y Pílades cuando éstos arriban a la isla. Ella decide perdonarle la vida a uno y opta por beneficiar a Orestes, ignorando que se trata de su hermano. Sin embargo, él rechaza el indulto porque lo atormenta el parricidio que ha cometido y, además, no quiere ser culpable de la muerte de su amigo. Finalmente, Ifigenia descubre la identidad de Orestes y lo perdona.
La producción de Stephen Wadsworth es redonda, pues cuenta con el apoyo de tres mosqueteros que realizan su trabajo con elegancia y exquisitez. Thomas Lynch (escenografía), Martin Pakledinaz (vestuario) y Neil Peter Jampois (iluminación), consiguen plasmar un cuadro en movimiento que remite a la plástica de Caravaggio. Más la colaboración de Patrick Summers como director de una orquesta que siempre está a la altura de las circunstancias.
Susan Graham se dice feliz de portar el nombre que da título a una ópera tan importante, pues en su calidad de mezzosoprano suele ser la antagonista. Ella aprovecha la oportunidad y brilla al máximo de principio a fin, especialmente en “Ô malheureuse Iphigénie”, que le hace ganar una ovación estruendosa al cierre del segundo acto. Un elogio apenas justo para Paul Groves (Pílades) consiste en decir que está a la altura de Plácido Domingo, quien jamás desafina a pesar de la gripe, aunque tal vez sí haya perdido un pequeño porcentaje de potencia. La labor del coro resalta el dramatismo de una historia que inicia con gran intensidad y nunca decae.
Los aplausos del final resultan conmovedores, especialmente para los héroes que vencieron no sólo a las Furias de la mitología griega sino también a las molestias del resfriado.

La reforma de Gluck
En la madurez de su carrera artística, el compositor alemán Christoph Willibald Gluck (1714-1787) se planteó la necesidad de reformar la ópera. En el prefacio de Alceste (1767) escribió: “Me he propuesto evitar todos los excesos que una malentendida vanidad de los cantantes y la excesiva complacencia de los compositores habían introducido en la ópera italiana, transformando el espectáculo más solemne y más bello en el más pesado y ridículo; intenté reducir la música a su verdadera función, que es la de secundar la poesía para reforzar la expresión de los sentimientos”.
Algunos excesos a los que se refería Gluck tenían que ver con los caprichos de los intérpretes, quienes eran capaces de interrumpir el desarrollo de una obra para cantar fragmentos de otras óperas, en las que luciera más su voz; asimismo, los compositores dejaban abiertos algunos finales de arias importantes para que los divos improvisaran sobre el escenario.
En 1762, Gluck ya había iniciado en Viena su reforma con Orfeo y Eurídice, apoyado por el libretista Raniero di Calzabigi, con quien también trabajó en Alceste y en Paris y Helena. Ya instalado en París, compone Ifigenia en Áulide (1774), Armida (1777) e Ifigenia en Táuride (1779), esta última con libreto de Nicolas-François Guilliard, a partir de las obras homónimas de Claude Guymond de la Touche y Eurípides. (F.F.)

Elenco
Susan Graham: Iphigénie
Plácido Domingo: Oreste
Paul Groves: Pylade
Gordon Hawkins: Thoas
Patrick Summers: Director musical
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