viernes, 27 de agosto de 2010

Héctor Infanzón Quartet: Oda al Centro Histórico

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional



Citadino / 27 de agosto, 2010 / Función única /
1:45 horas de duración / Promotor: Héctor René Infanzón

Julio Alejandro Quijano

“¿Apagué la estufa?”, se pregunta en silencio la mujer con portafolio que espera la luz verde del semáforo en la esquina de Madero y Eje Central. “Ejecutan a 72 migrantes en Tamaulipas”, dice la primera plana de los periódicos que se venden en un puesto frente al Banco de México. “El Windows o el Linux, ¿qué buscas amigo? Tenemos el iPhone y el iPad para el regalo bonito”, grita un adolescente que carga una mica con imágenes fotocopiadas de los productos.
“La siguiente canción se llama ‘El vago’ y es una confesión de mi parte”, anuncia Héctor Infanzón, sentado al piano a mitad de la calle, inmune a los automóviles que cruzan frente a Bellas Artes, acompañado por Luis Gómez, quien toca las percusiones en la esquina de la Torre Latinoamericana; Adrián Infanzón pulsa el bajo en la acera de Venustiano Carranza, y Mario García le tunde a la batería desde una vecindad donde cuelga el anuncio: “Disculpe las molestias que esta obra le ocasiona”.
“El vago” se sincroniza con la ciudad: tiene notas festivas cuando los agentes de tránsito soplan su silbato; suaves y tristes cuando la camioneta de la policía levanta a los vendedores ambulantes; veloces para acompañar el paso de los oficinistas que, de tanta prisa, ya no saben si la estufa de su casa está bajo control.
El semáforo de peatones se pone en verde. Infanzón y su cuarteto se mueven hacia el sur de lo que antes era San Juan de Letrán. “Corredor cero emisiones”, presumen los trolebuses que van a Taxqueña. “La siguiente –anuncia Infanzón, que ha puesto su piano ahora en una azotea de la calle López– se llama “Como en feria”, aunque creo que no a todos nos ha ido tan mal en esta ciudad, ¿cierto?”. La ropa de los tendedores a veces le estorba a Luis Gómez para tocar los timbales y obstaculiza la visión de los transeúntes que miran y escuchan a los músicos mientras esperan el camión, compran un libro o esperan su quesadilla de maíz mortajado.
Los jazzistas entran luego a un restaurante. El líder anuncia el título de la siguiente canción: “No, porque me acuerdo”. Explica: “Es una paseo por la ciudad, sus edificios, bares, sastrerías, teatros, lugares que son parte de nuestra urbe y que muchos de ellos ya no existen”. La música se entromete en las conversaciones ajenas: “Allá –dice un anciano que toma café con su nieta– estaba el Superleche, se cayó con el terremoto del 85”.
Al salir del restaurante, los cuatro músicos se topan con los ambulantes que insisten en vender software y con los policías que controlan el tráfico como si los automóviles fueran una orquesta. “Estamos otra vez en San Juan de Letrán”, dice Infanzón, a quien lo traiciona la nostalgia e insiste en llamar al Eje Central por su viejo nombre, el que conoció en su niñez vivida en el edificio del Superleche. Mira a ambos lados de la esquina en Madero y se da cuenta de que hay dos ejércitos en espera del cambio de luz del semáforo para lanzarse sobre el enemigo: “Parece una batalla medieval cuerpo a cuerpo”, dice. El combate sucede: “Hazte pa’llá”, reclama una mujer de vestido corto a un cargador. El líder escucha música en ese cruce. Llama a sus amigos de Tambuco y se instalan en medio de la calle para interpretar “Hematofonía”, composición basada en el ruido que producen los golpes y empujones de estos ejércitos cuando cruzan el Eje. “Si los doctores le dicen hematomas a los golpes, yo le puse ‘Hematofonía’ a mi canción”, aclara.
Las notas no son partituras comunes, sino que en lugar de un do, hay un “chipi chipi de la lluvia”, y en vez de un re, “un aguacero”. Y no se tocan en el piano sino con los cachetes (el chipi chipi) y las nalgas (el aguacero). Los integrantes de Tambuco e Infanzón se golpean entre ellos para generar las notas: Alfredo pega en los muslos de Héctor y éste en el pecho de aquél. “Hematofonía” es todo un éxito y sólo se detiene cuando el semáforo de peatones se pone en rojo y cede el paso a los automóviles.
 
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
 
El concierto termina. El personal técnico sube al escenario para quitar el Eje Central, desarmar la vecindad y guardar los semáforos. Les lleva media hora desmontar este crucero, donde por un par de horas fue posible que el ruido de los motores se transformara en acompañamiento musical, y el estrés de la gente en una sinfonía. Infanzón, mientras mira cómo desmontan su Centro Histórico de juguete, explica a quienes se le acercan: “Una forma de escuchar a la ciudad es como si fuera una máquina de ruidos y escándalos; yo cierro los ojos y escucho música”. Sale del foro hacia la calle y lo primero que hace es, efectivamente, cerrar los ojos. Lo que se escucha es al chofer que ofrece servicio con taxímetro, vendedores que ofrecen cigarros sueltos, policías que en Paseo de la Reforma dicen por el altavoz: “Avance, siga avanzando, no se detenga”. Es decir, pura música.
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