domingo, 25 de abril de 2010

Fernando Delgadillo: Su única patria, la mar


Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


Desde la isla del olvido / 24 de abril, 2010 / Función única / 
2:40 horas de duración / Promotor: Ernesto Vargas Mancilla

Julio Alejandro Quijano
La nave viaja en calma durante una hora; entre canciones, Fernando Delgadillo mira su reloj insistente: sabe que ahí viene la ola. 
“Yo veo la vida como si fuera el mar”, suele decir cada vez que explica los ideales y principios de su música. No es casualidad entonces que su primera gran expedición en las aguas del éxito haya ocurrido con “Entre pairos y derivas” (1998), una tormentosa historia de amor narrada como si el novio fuera un barco de papel a mitad del océano. Y tampoco lo es que maneje sus conciertos con la autoridad de un capitán. 
“¡Canta ‘Julieta’, por favor!”, le piden desde los primeros minutos en que aparece en el escenario, sentado en un sillón y con una vela encendida a su lado. “Llamadas anónimas”, “Hoy en tu cumpleaños”, “Amor de voceador”, exigen a gritos los más ansiosos, los que apenas se echan al mar y ya quieren llegar al puerto de éxitos populares. En cierto momento, el ambiente se torna en amenaza de motín motivado por un líder que recrimina: “¡Vivimos en una democracia!” Fernando blande su guitarra y los aplaca: “Pero esto no es una democracia, es una presentación artística”.
Navega entonces en calma por las corrientes de su nuevo disco, cuyo título es, obviamente, una metáfora marítima: Desde la isla del olvido. “Elegí de nuevo el mar como inspiración –explica a manera de guía de turistas antes de zarpar por este océano de sesenta minutos denominado “La hora del autocantor”– por ser una de las venas recurrentes que nutren mi inspiración”. Se da tiempo incluso para narrar una tragedia personal: “El 8 de febrero pasado me habló por teléfono mi amigo Manolo para contarme que su novia Sofía, a quien le gusta el montañismo, murió en una expedición. Yo estaba leyendo El laberinto de la soledad, donde encontré que la muerte es la madre de la vida. Entonces compuse ‘Sofía’, una canción precisamente sobre la vida”.
El público no lo percibe, pero conforme avanza el reloj, el barco se mueve cada vez más rápido. Delgadillo se prepara para la ola. Revisa su libreta, busca el número de canción y luego la ubica en su archivo. “La compuse en 1998 y trata sobre las incertidumbres del amor”. Los pasajeros la reconocen: “Entre pairos y derivas”, que provoca la primera gran oleada de la noche. 
A partir de ese momento el concierto avanza a toda vela. Si hacemos caso a la idea de que el mar es como la vida, “Julieta” es un viento bonancible (acompañado por un coro que recuerda los amores infantiles); “Hoy hace un buen día” paradójicamente un temporal (con gritos exaltados que repiten los versos-neta: En esta tierra conocí la dignidad / del que trabaja para ver crecer los suyos), y “Hoy ten miedo de mí” un huracán (todos en estado de “suicidio amoroso colectivo”).
Después del concierto, los fans salen del Lunario como si regresaran de un viaje de veinte mil leguas. Y se les nota la ansiedad por pisar tierra para narrar las aventuras que vivieron guiados por la voz del capitán Delgadillo.
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