viernes, 15 de octubre de 2010

Christina Rosenvinge: La calamidad de un susurro

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

15 de octubre, 2010 / Función única / 1:30 horas de duración / 
Promotor: Operadora de Centros de Espectáculos, S.A. de C.V. 


Alejandro González Castillo
Sobran motivos para sentirse atraído por ella. Mirándola ahí, sobre el escenario, con una guitarra colgada de los hombros y cantándole a un hombre cuyos labios la llevaron a ser excomulgada. Observándola mientras maldice las crueles despedidas y declarándose lista para extraviarse a cambio de un ósculo clandestino, no resta más que preguntarse quién diablos ha sido capaz de ponerla en ese estado.
Porque si se atiende su canto, se deduce que la mujer se encuentra verdaderamente desesperada. Y después de la primera tanda de aplausos, su desgarro no hace más que acentuarse, esta vez gracias a un tema donde lamenta haberle permitido a cierto sujeto jugar con su falda, para luego esperar su llamada al amanecer en la solitaria recepción de un hotel. Apenas ha interpretado “Tu boca” y “La distancia adecuada”, temas incluidos en su sexto álbum como solista, y ya sobran motivos para no dejar de verla. 
Ataviada discretamente, con un vestido negro de terciopelo acompañado de medias y botines del mismo tono, hay que imaginarse la silueta detrás de esa guitarra que cubre su breve anatomía y escudriñar con cuidado cuando se pasa al piano, pues apenas deja ver su perfil mientras interpreta “Animales vertebrados”. Y es que su deslumbrante cabellera rubia y sus filosas facciones jamás fueron usadas como armas de ataque; tal como sucede hoy; ella siempre ha preferido recurrir al talento y las emociones que se alojan tras sus costillas. De ahí que, tras lamer el cielo en los años ochenta en su natal España al mando de proyectos como Alex y Christina, Ella y Los Neumáticos y Christina y Los Subterráneos, decidiera mudarse a Nueva York para codearse con una pandilla que contaba con integrantes del calibre de Lee Ranaldo y Steve Shelley (Sonic Youth), quienes en buena medida le otorgaron las herramientas para presentarse en festivales tan prestigiados como All Tomorrow Parties y South by Southwest; para entonces ya acompañada de un perfil sonoro experimental y oscuro, además de interpretado en inglés, en discos como Frozen Pool y Foreign Land. 
Sorprendida por el recibimiento de los mexicanos –“¡todos conocéis mis canciones!”, declara apenada–, la cantautora pasa del caos iracundo en “Eclipse” a la melancolía ingenua de “No lloro por ti”, y en ambos casos su tono vocal se mantiene intacto. Porque ella no canta; susurra. Poco le importa que esté declarando su infidelidad entre colillas y rastros de alcohol o su tristeza al mirar caer las hojas de los árboles.

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Lleva poco más de una docena de canciones interpretadas y nadie puede dejar de aplaudirle. Esta vez, en el Lunario, todos admiran a Christina Rosenvinge porque para hacerlo sólo tienen que abrir los ojos, sin embargo, pocos se han enterado de que para intimar con ella es necesario acercar bien los oídos a sus labios. Después de todo, las peores calamidades –y de eso pueden hablarnos las parejas que se besan en los parques– se hacen saber quedo, entre escalofriantes murmullos.
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