sábado, 12 de febrero de 2011

Carlos Cuevas: La vigencia del bolero

12 de febrero, 2011 / Función única / 2:15 horas de duración / 
Promotor: Jega Producciones Artísticas e Impresos
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Julio Alejandro Quijano

El vendedor se desconcierta. La mujer insiste en su petición. El vendedor pasea la mirada por su puesto: playeras de Luis Miguel, tazas de Luis Miguel, llaveros de Luis Miguel, fotos de Luis Miguel, labios de Luis Miguel. Luego responde con la cabeza que “no”. La mujer da media vuelta. Se nota molesta. Avanza rápido, dobla en Campo Marte y entra al Lunario donde, apenas a la tercera canción, su euforia la hace explotar en una porra: “Siete, catorce, veintiuno! / ¡siete, catorce, veintiuno! / ¡Como Carlos Cuevas, ninguno!” 

El trovador se acerca a ella. “No la escuché bien, otra vez por favor”, le dice mientras le acerca el micrófono. La mujer repite la porra. El público festeja con aplausos. Cuevas remata con una broma: “¡Muchas gracias a mi tía por venir a echarme porras!”, y le dedica “Un bolero”, con la que ganó el Festival OTI 1990 en Las Vegas, acompañado de Chamín Correa en la guitarra. Después de la primera frase, cuando entra el requinto y comienzan los versos –“Ven que esta noche mi voz va a romper el silencio / como la espuma rompe la roca del mar”–, el foro se llena de un murmullo que sólo admite un adjetivo: romántico. Los novios se cantan al oído, las manos se deslizan sobre la piel de los enamorados, las copas se vacían, el vino enrojece las mejillas. Es decir, ha comenzado la bohemia. 
Enseguida suenan las canciones de Víctor Yturbe El Pirulí y Álvaro Carrillo. El ambiente se convierte en una tentación para el lugar común: la nostalgia, el México de mis recuerdos, la ciudad que se nos fue. Pero Cuevas impide cualquier viaje al pasado con una frase: “La cosa es muy sencilla: mientras haya enamorados, seguirá existiendo el bolero”. Este enunciado es ley de vida, lo repite en cada uno de sus recitales y es la leyenda principal de su página de internet donde, por cierto, se le agrega un autoelogio: “Mientras exista una pareja de enamorados, existirá el bolero... y para cantarlo, Carlos Cuevas”.
La referencia a lo que está sucediendo en este mismo instante en el Auditorio Nacional parece obligada: mientras la bohemia íntima transcurre en el Lunario, Luis Miguel enloquece a diez mil seguidores a un costado de estas paredes. Cuevas, cobijado por su propio estilo, responde a las comparaciones desde el escenario, y justo después de interpretar un popurrí de Armando Manzanero, bromea: “Muchas gracias por decidir venir acá. Somos muchos y, en realidad, éramos más, pero le mandé a Luis Miguel unas diez mil personas que ya no cabían aquí”.
La respuesta es una carcajada. El cantante aprovecha el momento para introducir el motivo del concierto: presentar su disco en homenaje a la Sonora Santanera. Y lo hace con una anécdota que abona a la intimidad: “Mi madre siempre escuchaba ‘Perfume de gardenias’ en las mañanas. Mientras hacía la limpieza de la casa, ella ponía estas canciones que se me quedaron como una huella de mi infancia”. 
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional
Empieza con “Luces de Nueva York” y sigue con “Amor de cabaret”. El ambiente se torna melancólico y otra vez él impide que el polvo del tiempo caiga sobre los hombros: “Todos los que vengan enamorados, se pueden tomar de la mano”. Termina con “Perfume de gardenias”, donde hace un alarde de técnica: estira el brazo para alejar el micrófono, seguro de que tiene potencia suficiente en la voz. En ese instante es fácil convertirse en su fan. Y aunque es una lástima que los puestos en Reforma no vendan camisetas de Carlos Cuevas, llaveros de Carlos Cuevas o fotos de Carlos Cuevas, su público regresa a casa con un recuerdo imperecedero: besos y caricias con la voz de Carlos Cuevas de fondo.
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