miércoles, 20 de octubre de 2010

Caribou y The Field: Atletas en la pista… de baile

Caribou. Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


20 de octubre, 2010 / Función única / 
3 horas de duración / Promotor: Damián Romero 

Alejandro González Castillo
Ya una chica de aspecto freak se encargó de entibiar las extremidades de los presentes pinchando unos cuantos discos que, conforme fueron pasando por sus manos, trajeron consigo un oleaje de abucheos delatores. ¿Es que nadie le advirtió a esa mujer que para calentamiento muscular con quince minutos basta, que tomarse casi dos horas en dicha operación es demasiado?
Sin embargo, cuando Dan Snaith da las órdenes para arrancar su espectáculo, los presentes parecen recuperar el buen humor. Acompañado de un trío de músicos –guitarrista, bajista y baterista–, el canadiense se ocupa de teclados, percusiones y voz en composiciones diseñadas para llenar las pistas de baile, pero cuyo principal atractivo radica en que sus sonoridades provienen de instrumentos reales; lo que en la llamada música electrónica regularmente se dispara desde una computadora, en Caribou se ejecuta por músicos que tejen una propuesta de ánimo psicodélico, donde las armonías vocales y las bases rítmicas juegan un papel determinante.
Snaith solía anunciarse como Manitoba antes de enterarse de que otro personaje de la escena musical usaba ese apelativo mucho tiempo antes que él, así que se vio obligado a cambiar de nombre, pese a que en su natal Canadá y otras partes del mundo su antiguo alias ya era un referente. Afortunadamente, ya como Caribou, los aplausos lo persiguieron gracias a que reeditó su último par de discos con el nuevo denominativo. Su renacimiento formal ocurrió con The Milk of Human Kindness, en 2005, al que seguiría un par de años después Andorra y tres veranos más tarde Swim, el título con el que recibió las mejores críticas de su carrera en diversos medios especializados.
La música de Dan es como un trote firme donde el viento peina el cabello. Cerrar los ojos es válido, pero sólo durante un par de zancadas, a menos que la idea sea buscarse una caída catastrófica. En contraste, a lo que el segundo acto de la madrugada se asemeja es a una sucesión de abdominales sin fin. Y es que todas las piezas que Axel Willner dispara desde sus plataformas virtuales apuestan por la repetición como eje sónico, con loops interminables a los que agrega discretos arreglos armónicos con la ayuda de los tres músicos que, incluso, se dan tiempo para tomar algunas fotos a los asistentes que se niegan a partir. 

The Field. Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Tras reproducir los tracks que integran sus álbumes From Here Ee Go Sublime (2007) y Yesterday and Today (2009), el músico sueco apaga sus máquinas justo cuando el reloj está a punto de marcar las dos de la mañana. Entonces alza los brazos, como algunos deportistas hacen para inflar sus pulmones cuando han terminado una pesada carrera, y se despide sonriente. Pasó más de una hora con los dedos ocupados, sin embargo, luce entero; quienes bailaron, en cambio, arrastran penosamente los pies. Por fortuna, afuera del Lunario están obsequiando agua vitaminada, un acto que los atletas de la pista de baile agradecen como si les entregaran una medalla dorada y el himno de su nación.
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