viernes, 4 de junio de 2010

Botellita de Jerez: Elogio de lo naco

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


2 x 1, película y toquín / 4 y 9 de junio, 2010 / Dos funciones / 
3:20 horas de duración / Promotor: Sergio Arau 

David Cortés
Hoy hay toda una puesta en escena. Naco es chido, la película, es una obra, en palabras de su director Sergio Arau, “degenerada, que no tiene género”. Allí se cuenta, mediante pietaje de la época y tomas recientes, una historia, la del grupo de guacarock Botellita de Jerez, que se reúne para celebrar el hallazgo de su cuarto disco perdido (en la vida real, la formación original de la agrupación, la misma que hoy se presenta, grabó tres álbumes). Es una historia barroca, hiperbólica, en la cual abundan chistes, malentendidos, parodias, sarcasmo e ironía.
Terminado el filme, el peluche pasa de ser insinuación a protagonista. Es como si el tiempo se hubiera detenido y estuviéramos a mediados de los ochenta, cuando El Mastuerzo (Francisco Barrios), El Cucurrucucú (Armando Vega Gil) y El Uyuyuy (Sergio Arau), irrumpieron con su propuesta neta-filosófica en la cual reivindicaban la naquez y se exhibía el verdadero yo del mexicano.
No obstante los buenos deseos, el tiempo sí ha pasado, pero efectúa complicados pases para entretejerse. Arriba, el trío original revive sus viejos éxitos, aquellos que no sonaron mucho en la radio, pero sí lograron difundirse de boca en boca hasta convertirse en clásicos. También recirculan viejos chistes, pero como las dotes de la banda son más histriónicas y verbales que musicales, se actualizan por la vía del doble sentido (“a una señora se la soplaron tan fuerte que después ya no le cerró el abrigo”) y el albur, presente no sólo en las canciones sino también en su discurso (“por favor, que una chava suba para decir cuál es el piropo más guarro que le han dicho”).
Y los recursos se conservan. Si algo mantiene intacto a Botellita de Jerez es el humor, el desenfado. Al interpretar “Tlalocman”, el solo de batería se metamorfosea en ritmo tribal y los guacarockers, penacho de bisutería y coyoleras de por medio, se convierten en concheros, ofrendan guitarra y bajo a los cuatro puntos cardinales, toman sus caracoles y ofrecen un tributo al exponente del etno-rock Jorge Reyes, y danzan frenéticamente, un baile punk con saltito de hoyo fonqui y danza mexica.
Sin proponérselo, la banda funcionó como vaso comunicante entre las generaciones de rockeros aztecas y este destino se refrenda cuando Rubén Albarrán, vocalista de Café Tacvba, sube a cantar “Alármala de Tos” –editada en su versión original en 1984–, canción de la cual incluyeran una versión en su Avalancha de éxitos (1996). 

Foto: FErnando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Cae el telón, pero volverá a subir para una rola más, un encore sin sorpresas, pero en donde los tres entregan los últimos residuos de energía para culminar una epopeya en la cual, dirá uno de sus seguidores, se advierte que “no es lo mismo Un capitán de quince años que Veinte años después”.
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