jueves, 18 de noviembre de 2010

Armando Tell: Las sonrisas no son una ilusión

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


Noches de magia a la luz del Lunario / 18 de noviembre, 2010 /
2:00 hrs. de duración / Promotor: Imagic Group. Ilusionismo y Entretenimiento S.A. de C.V.

Alejandro González Castillo
Resulta curioso que, a la mitad de su espectáculo, Armando Tell invite al público a hacer “un poquito de magia con las cartas” cuando lleva más de una hora encantando a los presentes con esos actos que, él mismo sostiene, la gente se empeña en denominar peyorativamente “trucos”. Cosecha aplausos y sonrisas con sus manos, un juego de naipes y un discurso de lo más sólido como únicas herramientas, porque “la magia no existe para distraernos, sino para recordarnos que la realidad es mágica”.



Como estudiante de filosofía le faltaron motivaciones para terminar la carrera debido a que, desde los seis años, sabía que su futuro habitaba en los movimientos de la chistera. Cuando niño, soñaba que abría con sus poderes mentales las puertas automáticas de los supermercados y acudía a la escuela forzadamente, con tal de mantener satisfechos a sus padres, quienes no sabían que años más tarde su pequeño obtendría el galardón como Best Magic en la gala de la TAOM (Texas Association of Magicians) y se ganaría múltiples elogios por parte de Magic Magazine.

Sabedor de su carisma, Tell intercala sus actos de ilusión con anécdotas jocosas y uno que otro albur que le vienen como paloma al sombrero. Y los chistes no se quedan fuera de su repertorio de virtudes; por ejemplo, mientras fuma meditabundo, abre un libro para recitar las líneas que, argumenta, le han solucionado la vida: “Cuando nadie te quiera, cuando todos te den la espalda, recuerda que yo siempre estaré ahí, listo para cargarte. Atentamente: El Payaso”. Y qué decir de cuando desnuda intencionalmente los hilos que hay detrás de uno de sus números —como homenaje al gran Beto El Boticario— y finalmente consigue sorprender al más escéptico, dándole la vuelta a una escena que parecía definitivamente arruinada al provocar que salten cuatro ases en el aire.
Luego de pasearse por las mesas para así, entre cubiertos y tragos, hacer malabares con corazones, tréboles y reyes, el ilusionista hace que un diminuto muñeco vudú de bolsillo —anunciado como un espantapájaros de zancudos— se yerga sobre su palma. Después, sin ofrecer respiro, presume la sección de anuncios clasificados de uno de los diarios de mayor circulación nacional, donde, para sorpresa de la concurrencia, aparecen los nombres de todos los participantes que voluntaria y azarosamente participaron en los actos que hoy tuvieron lugar.


Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


Sin embargo, el movimiento más complicado aún esta por venir. Sin luces mañosas ni hielo seco de por medio; sin fanfarrias estrepitosas ni afilados sables como herramientas, Armando consigue que el más quisquilloso de sus incógnitos participantes termine rindiéndose ante sus gracias. Cierra la noche, con un movimiento magistral, cuando pega la sonrisa del otrora amargado sujeto en los rostros de todos los asistentes, todo con una historia hondamente aleccionadora: “soy mago, pero también estudié filosofía porque mis padres me inculcaron las letras a base de poetizas”. Ante tal despliegue de talento no queda más que despedirlo entre aplausos y vítores, porque ¡ah, vaya magazo!
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