viernes, 10 de septiembre de 2010

Adanowsky: Aire con luminosidad setentera

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Amador / 10 de septiembre, 2010 / 
Función única / 1:35 horas de duración / 

Gina Velázquez
Los versos de Oliverio Girondo: “Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades”, hacen pensar en Adanowsky. Luego de que su transgresor y canalla Ídolo fuese besado por la Muerte*, hoy asistimos al nacimiento de un personaje. El segundo ente de una trilogía que ha sido planeada por el que los encarna.
El público que asiste al alumbramiento está expectante por el recién nacido, por eso no es raro que, cuando Cristóbal Jodorowsky aparece y anuncia, a la manera de presentador circense, la llegada de Amador Adanowsky, los gritos sean desmedidos y prolongados. Sin embargo, la quietud se propicia cuando, al ritmo de tambores, un chamán danzante aparece para preparar el escenario.
En el centro se posa un rojo corazón gigante, relleno de lentejuelas y delineado con flores, mientras cuatro mujeres doradas envuelven al cantante, que poco a poco emerge al ritmo de los primeros acordes de su banda. Inicia un paradójico happening, en el que los querubines dorados bailarán y lanzarán pétalos rojos; un sonido místico y folk reinará esta noche, y un aire luminosamente setentero embestirá corazones.
La primera parte se centra en Amador (2010), un disco emocional, obsesionado con el amor, un tanto oscuro, espiritual. Fue grabado sólo con material vintage en París y mezclado en Los Ángeles por Noah Georgeson; producido por Adanowsky y Rob (integrante de Phoenix). Una creación fresca para el mercado mexicano, que indudablemente remite a las voces folk de Fionn Regan, Devendra Banhart o Micah P. Hinson.
El francomexicano alterna guitarra acústica y jarana, interpreta intensamente. Las historias de amores perdidos y de almas que intentan ser reconfortadas hipnotizan a los asistentes. En cierto momento pide silencio total, apela a que lo escuchen, lo complacen y él continúa su viaje. El mutis dura poco, es inevitable corear los versos liberadores: Sufrir, nunca jamás, confiar, aprender, amar, avanzar, sin esperar, crecer, saber, saber amar.
Para cerrar con el folk espiritual, llega “You are the one”, compuesto e interpretado en el disco junto a Devendra Banhart. Entonces aparece una pantalla blanca, en la que una sombra se transforma: El Ídolo regresa. Retoma su espíritu mordaz y cabaretero.
El desenfreno cesa con “Un sol con corazón” (compuesto por su padre, Alejandro Jodorowky); pero la locura regresa cuando el cantante se echa un clavado al público. Su versión libre del clásico himno disco “Shame Shame Shame” de Shirley & Company provoca que todos se vuelvan francófonos para cantar “J’aime tes genoux”.

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

La catártica “Estrella inmortal” enmarca una larga despedida, presenta a su impecable banda: Carlos Steinmann y Lari (guitarras eléctricas), Hernán Hecht (batería), Darío González (teclados) y Hugo Vega (bajo). Termina con un particular ritual: hace que todos los asistentes se hinquen y los invita a gritar desde el fondo. Ensordece un prolongado y unánime alarido.
Antes del encore “Me siento solo”, pide que todos se abracen y bailen. Ecléctica noche in crescendo, en la que ha imperado una plenitud psicodélica, azuzada por este polifacético performer.

* En diciembre del 2009, Adanowsky presentó en Lunario La muerte del ídolo.

Programa
Lonely Street / Así ya no me quiero / Basta del obscuro / Niña roja / Lo que siempre fui / Amor sin fin / Saber amar / You are the one / Estoy mal / El ídolo / Un sol con corazón / J’aime tes genoux / Étoile eternelle / Me siento solo.

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