sábado, 11 de diciembre de 2010

Paté de Fuá: La nueva orquesta de don Serafín

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional




Para todas las edades / 11 y 12 de diciembre, 2010 / Dos funciones /
2:10 horas de duración / Promotor: José Carlos González

Julio Alejandro Quijano
Ha sonado ya el último gemido del acordeón. Todos aquí saben que el final llegó. Fueron más de dos horas de ser “estúpidamente felices sin razón alguna”, como dice Yayo González, la voz de esta banda.



Cierra la noche con una frase que, de tanto pensarla, se le hubiera escapado al público de entre las mesas, una idea que resuena aún después del concierto: “Es increíble que a gente de nuestra edad nos guste esta música, quién sabe por qué, pero así sucede”.

Y sucede desde que las luces abren el escenario; la vestimenta de los músicos en esa penumbra tiene un efecto en la memoria colectiva: pantalones anchos, ajustado chaleco de tres botones, boinas estilo inglés.
Han abierto la noche con “Ojos brujos” y “Un brindis”. “Salud para todos, queridos amigos, hoy es el último concierto del año 2010, nos han pasado muchas cosas, pero lo más increíble siguen siendo ustedes. ¡Salud!”
Paulatinamente se suman temas de su segundo álbum como “Boquita pintada” (“esos labios que fueron la perdición, / el destino de un amor”). Algunos espectadores, ataviados a la misma moda de los músicos, brincan y bailan haciendo rebotar las anacrónicas boinas en sus cabezas. ¿Habrán dado un salto hacia atrás en el tiempo? Es cuando asoma la historia del “Valsecito de don Serafín”, la historia del primer músico de la familia del trompetista Guillermo, según cuenta el líder. “Un acordeón, guitarra y violín / era la orquesta de don Serafín / un sólo vals sabían tocar / y todo el pueblo salía a bailar / en esos bailes que había en Blaquier / ellos tocaban hasta el amanecer”.
Entonces surge una certeza: el llamado del acordeón toca el corazón de quienes lo escuchan y se unen como si en verdad se conocieran de tiempo atrás. En ese momento, los músicos parecen salidos de un cuadro costumbrista sin fecha ni lugar definidos. Cuando la canción narra que ese personaje casi vivió cien años y sólo un tema aprendió a tocar, parece seguro que estos músicos se han instalado por siempre en ese cuadro, que juntos han traspasado la cuarta pared para asistir a una fiesta permanente y que en el Lunario se oye de verdad a la orquesta de don Serafín.
Durante poco más de dos horas se escuchan géneros de tonos sepias, con nuevo lustre: vals, musette, fox-trot, tango, dixieland, tarantela… estilos de mediados del siglo XIX a mediados del XX. Eso sí, es música moderna, como dicen los integrantes de Paté de Fuá. El nombre del grupo corresponde a esa particular forma que tienen de ver la vida y, en específico, la música. “En Europa, paté de fuagrás es un producto muy fino que se hace con hígado de ganso; la versión argentina es el paté de fuá, una versión naca, chafa, por así decirlo, muy popular y lo comen tanto los albañiles como cualquier otra persona”, explica Yayo.


Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


Es fácil comprender que estética y estilísticamente estos seis músicos reescriben y reinterpretan el romanticismo de finales del siglo XIX, ese carácter revolucionario incuestionable que en su momento supuso una ruptura con la tradición, en nombre de una libertad auténtica.
Por eso, todos aquí festejan el bendito dolor que gime en el bandoneón, porque todos tienen algo de románticos, ingenuos y aventureros. Y no es casual que salgan a la calle entonando que linyeras son, que corren el mundo y no saben a dónde van.




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