jueves, 29 de julio de 2010

London Assurance: Una pluma que hace cosquillas

Foto: National Theatre of London

National Theatre de Londres / 29 de julio, 2010 / Función única / 
2:55 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera S.N.C. 

Fernando Figueroa
Si hay niños en casa y alguien pregunta de qué trata London Assurance, la respuesta sería ésta: Sir Harcourt Courtley es un maduro y decadente cortesano de la capital inglesa, que viaja al campo para conocer a su joven, hermosa, rústica y adinerada prometida; en el fondo, se trata de un intercambio de linaje por dinero. En el primer encuentro, a él le parece realmente atractiva Grace, pero ella no piensa lo mismo. Horas más tarde, Hartcourt conoce a la tía, Gay Spanker, y se enamora profundamente, al punto de poner en riesgo la operación financiera. 
Si no hay niños en casa, la historia es otra: El señor Courtley es un viudo amanerado que cae rendido ante los encantos de la cazadora de zorros y fumadora de puros porque literalmente ella lleva los pantalones en su matrimonio con Mr. Adolphus Spanker. Alrededor de la ambigüedad sexual de los personajes principales gira la deliciosa comedia del dublinés Dion Boucicault (1820-1890), quien la escribió cuando apenas tenía 21 años. 
La obra está confeccionada para hacer lucir a quien se ponga en los zapatos de Hartcourt, y Simon Russell Beale, pleno de gracia, aprovecha la oportunidad impecablemente, provocando elogios unánimes en los principales medios impresos de Londres. Fiona Shaw como Gay Spanker está casi a la misma altura, sin olvidar que ambos han sacado lo mejor de su histrionismo gracias a la inteligente dirección de Nicholas Hytner, también mandamás del National Theatre. El Daily Mail da en el clavo: “Las deliciosas interpretaciones vivirán por mucho tiempo en la memoria”. 
Tal nivel de actuación no sólo resulta indeleble sino que también eclipsa, digamos injustamente, la labor del resto del reparto. Michelle Terry, en el papel de Grace, luce espléndida como despabilada campirana, con una vis cómica casi tan potente como la de los dos monstruos que la acompañan en escena. Richard Briers, por su parte, es un simpatiquísimo Mr. Adolphus, un anciano que vive en la luna, feliz bajo la bota de su temperamental esposa. El resto cumple eficazmente roles complementarios. 
Pero aún hay más. Mientras Harcourt enfoca sus baterías hacia la tosca dama, su hijo, Charles Courtley, enamora a Grace, no tanto para que el ansiado dinero quede en familia sino porque realmente existe un amor correspondido. En esta historia paralela se asoma de cuerpo entero la farsa, pues resulta que Charles no quiere ser reconocido por su padre y sólo se le ocurre utilizar como disfraz unas gafas de intelectual; Harcourt apenas atina a decir que “hay un gran parecido”. Una idea tan descabellada sólo es factible cuando surge de una pluma tan genial como la de Boucicault, capaz de crear convenciones de tal calibre y que sean aceptadas de buena gana por cientos de espectadores que mueren de risa en el teatro Lawrence Olivier, al igual que miles a través del video en alta definición. 
“Una alegría de principio a fin”, dice el Daily Telegraph, y es una frase absolutamente cierta.
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