lunes, 10 de mayo de 2010

Segrel / El Azahar: Del huasteco al gitano

El Azahar. Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


Con-cierta independencia / 10 de mayo, 2010 / Función única / 


2:20 horas de duración / Promotor: FUAAN Financiera, S.N.C. 

Alejandro González Castillo
Solía llamarse “segrel” al juglar del medioevo que desempeñaba labores como compositor y poeta. Fue en honor a ese personaje que Carmen Elena Armijo decidió fundar un proyecto que recreara la lírica y la música de la época medieval. A catorce años de aquella iniciativa, Manuel Mejía Armijo, Vladimir Bendixen y José Pablo Jiménez ejecutan instrumentos que de entrada podrían parecer un violín, un violonchelo y una guitarra, pero que en realidad son una fídula, una viola da gamba y un laúd. 
Aunque no todo es extraño en ese tenor; hay además una jarana huasteca en las manos de Jorge Morenos, quien al igual que sus compañeros también canta. Sin embargo, sus tonadas están lejos de lucir solemnes, se trata de sones huastecos que se mezclan perfectamente con las poesías, coplas y pregones que sus compañeros interpretan. 
Los instrumentos que ejecuta Morenos son descendientes de los que abrazan Mejía, Bendixen y Jiménez. Así que la fusión no debe causar revuelo. De hecho, Segrel ha elegido un repertorio donde ambos mundos, el europeo y el de la costa mexicana, se funden significativamente gracias a “Chacona”, en cuya letra se ofrece una bienvenida tampiqueña a las costumbres sonoras del viejo continente. 
“Rodrigo Martines”, “Gentil caballero” y “Las canastas” abundan al respecto, y lo hacen gracias a un exhaustivo trabajo de investigación donde la filología y la musicología se ponen al servicio de los pies de Atzin Moreno, quien, serenamente, surca con su zapateo un escenario alfombrado con aplausos. 
Con la llegada de El Azahar cambian los músicos, los instrumentos y la bailarina. Esta vez aparece Casilda Madrazo, una bailaora de estampa agresiva y vestido provocador. La escoltan un par de guitarristas —Gabriel Elizondo y Kin Sánchez— para ponerle acordes a la voz de José Díaz, quien incita a Madrazo y a su acompañante, Armando Tovar, a que se enfrasquen en un duelo donde ninguna pantorrilla terminará ilesa. 


Segrel. Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Y porque el flamenco es un espectáculo escénico, el artista visual Erick Massé ha tomado los pinceles a la vista de todos, sobre un lienzo que se transforma con cada acorde. Su pintura está viva, puede vérsele latir, cambiar de forma al ritmo de las castañuelas mientras las palmas se enrojecen y las nucas se empapan de sudor. Quien prefiera atender los movimientos de las manos de los tocaores, encontrará que los pulgares de éstos requieren de un régimen de preparación tan severo como el de los talones de Casilda, quien se ha puesto un vestido nuevo que se recoge a cada vuelta para mostrar lo bien tonificadas que se encuentran sus pantorrillas. “¡Dios te guarde, guapa!” Así grita Díaz cuando se acerca el final de un viaje cuya ruta fue trazada desde su comienzo: “De España a México”. Del huasteco al gitano; del fandango al drama. De corazón a corazón.

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